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Planeta Futuro
Tribuna
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Las protestas de los agricultores y el precio justo

Tenemos enormes cantidades de productos agrícolas circulando a bajo precio. ¿Es malo? Es lo que ha permitido que las grandes cadenas ofrezcan comida barata. ¿Son malvados por comprar lo más barato posible? Si no lo hicieran, estarían fuera del negocio en dos días

Protestas de los agricultores
Protesta de agricultores, con sus tractores, en Genk (Bélgica) este 9 de febrero.DPA vía Europa Press (DPA vía Europa Press)

Antes del nacimiento de la agricultura, las manzanas crecían de forma natural en el paraíso y, además, te permitían sin coste adicional discernir el bien del mal. Hoy en día hay que cultivarlas con gran uso de recursos naturales y discernir el bien del mal está más lejos que nunca, al menos agronómicamente hablando.

Uno de los grandes problemas que padecen la mayor parte de las ONG —menos cada vez— que se dedican al desarrollo rural o la lucha contra el hambre es distinguir las causas de los problemas que enfrentan los agricultores pobres. Es una tendencia lógica, y también natural, pensar que si algo malo ocurre es culpa de alguien. Por eso se habla de justicia o soberanía alimentarias y se piden precios justos para los productores. Es importante entender por qué ocurren las cosas para poder ponerles remedio. Más importante todavía es reconocer que hay problemas que no tienen solución, y que lo único que se puede hacer con ellos es gestionarlos con soluciones imperfectas.

Volvamos a los culpables. Con frecuencia los hay: el cambio climático lo han producido los países ricos, y lo pagan los agricultores de los países pobres sufriendo sequías e inundaciones. En los países en los que el cumplimiento de la ley deja mucho que desear, los ricos roban la tierra a los pobres usando métodos que van desde la intimidación y el asesinato a los trucos legales o la expropiación por parte de gobiernos cómplices. Hay grandes empresarios que no cumplen los derechos laborales de los trabajadores del campo y los explotan sin que haya un gobierno que mueva un dedo para defenderlos.

Es importante entender por qué ocurren las cosas para poder ponerles remedio. Más importante todavía es reconocer que hay problemas que no tienen solución, y que lo único que se puede hacer con ellos es gestionarlos con soluciones imperfectas

Sin embargo, en otros temas hay que hilar más fino. Uno de los más polémicos es el precio justo. Podemos ver en Europa en estos días las protestas agrarias, en la que este es uno de los temas principales. Reconocer que no existe tal cosa, o que sólo existe en condiciones muy restrictivas, es necesario para gestionar las consecuencias.

Hasta los urbanitas más pertinaces tienen la intuición suficiente para entender que hay algo en el funcionamiento económico de la agricultura que la hace distinta de los otros sectores de la economía. La producción es variable, y depende de años buenos y malos, presencia de plagas o no. Los rendimientos varían según la calidad del suelo y los fertilizantes aplicados. Y, aunque no se reconozca, dependen de la destreza de quien maneja la finca en aplicar las buenas prácticas.

En años de cosechas abundantes, los precios bajan, pero no bajan proporcionalmente al excedente: bajan mucho más. Y lo contrario ocurre cuando hay escasez —basta ver el aceite de oliva—. Esto se sabe desde el siglo XVIII, gracias a los señores King y Davenant, pero parece que lo hemos olvidado. Si a esto le añadimos la globalización, tenemos enormes cantidades de productos agrícolas circulando a bajo precio, dependiendo de dónde las buenas condiciones se dieron. ¿Es esto malo? Es lo que ha permitido que las grandes cadenas ofrezcan comida barata. ¿Son malvados por comprar al precio más barato disponible? Si no lo hicieran estarían fuera del negocio en dos días. No se ha descubierto una alternativa mejor, y quien diga lo contrario que lo demuestre con hechos.

¿Cuáles son las excepciones a esta ley? Sólo hay dos, que yo sepa.

La primera es la cuota láctea de la Unión Europea, que estuvo en vigor entre 1984 y 2015. Podía controlar los precios porque controlaba la cantidad producida. Si los excedentes son menores, la variación de los precios es menor.

La segunda alternativa la forman el comercio justo y las compras locales directas a productores. Es la que los críticos de este artículo pueden esgrimir como “hay una solución para el problema, pero no la presentas como tal”. No lo es, al menos para todo el mundo. Lo que hacen estos dos es limitar las compras, no la producción. Es decir, aplican una cuota con condiciones favorables que limitan la variación de precios a un grupo concreto de productores. Pero quien esté fuera del grupo sufre de los mismos problemas de excedentes, por lo que no es una solución para todo el mundo. Al ser la producción variable en el tiempo y en el espacio, en algún momento tendrás demasiada comida o demasiado poca en este grupo, y tendrás que buscarla en otro sitio, o las variaciones de precio serán salvajes.

Lo que muestran las protestas agrarias —al menos en su parte del precio justo, otro día hablaremos de las demás, algunas muy justas—, es que la sociedad tolera mal los problemas sin solución. Ya lo dijo el gran economista Karl Polanyi hace 80 años: cuando la política ofrece pocas opciones y escasas perspectivas de resolver sus problemas, la gente busca soluciones extremas. Por esto da vergüenza ajena ver algunas de las pancartas en las tractoradas.

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