El doble reto en el sur de Irak: ser mujer y rastreadora de explosivos

Un grupo de jóvenes lucha contra los roles de género y limpia una zona repleta de armas de guerra sin detonar en la ciudad conservadora iraquí de Basora

El equipo de mujeres que trabaja detectando explosivos en el sur de Iraq.
El equipo de mujeres que trabaja detectando explosivos en el sur de Iraq.J. I. Mota

Un cartel grande justo en la entrada de Shalamjah, una zona desértica y remota cerca de la frontera de Irak con Irán, avisa en árabe del peligro: “¡Cuidado minas!”. El camino de tierra está deteriorado. A ambos lados del sendero se aprecian bombas terrestres y señales de advertencia entre una escasa vegetación que lucha por sobrevivir en esta zona árida. Hace algo más de 40 grados, una leve mejoría para los habitantes de la ciudad sureña iraquí de Basora, que en verano puede alcanzar más de los 50. Unos metros hacia adelante se aprecian vacas y cabras de los lugareños que pasean con parsimonia sin saber que en cualquier momento pueden saltar por los aires. En este lugar trabajan detectando explosivos cinco mujeres iraquíes que se juegan la vida cada día para limpiar las afueras de su ciudad y eliminar los peligros existentes desde la guerra entre Irán e Irak (1980-1988).

A primera hora de la mañana las cinco jóvenes se toman un descanso bajo una sombrilla de playa en el campamento improvisado por la empresa Al Khebra Al Fania, compañía privada iraquí fundada en 2010 y especializada en limpieza, descontaminación y explosión de municiones sin detonar. Fueron contratadas el pasado mes de junio y tras dos meses de entrenamiento práctico y teórico, con certificación del Ministerio de Salud y Medio Ambiente, comenzaron sus actividades en agosto. “Soy ingeniera eléctrica, pero no encontraba empleo en mi gremio. Me gusta trabajar aquí. Mi principal objetivo es ayudar a limpiar mi ciudad de explosivos”, asegura Dikra, de 23 años y miembro del equipo. El entrenamiento y el trabajo de campo lo supervisa el Servicio de Actividades Relativas a las Minas de las Naciones Unidas (UNMAS, por sus siglas en inglés), organismo que también apoya económicamente a la empresa.

Las jóvenes lucen trajes beiges, gorros pesqueros y descansan sobre una decena de utensilios indispensables para su tarea de rastrear explosivos. Llevan en planta desde las cinco de la mañana, hora a la que empieza su jornada, que termina a la una de la tarde. Al mes cobran entre 800 y 1.000 euros (1.000 y 1.200 dólares) y la empresa les proporciona aparte transporte y comida diaria. Solo unos metros a su derecha está su zona de entrenamiento, que utilizan siempre para comprobar que los detectores y demás herramientas que llevarán sobre el terreno funcionan correctamente. Cerca de ese lugar hay aparcada una ambulancia con dos sanitarios que no les quitan ojo hasta que terminan la faena. A su izquierda tienen una camilla de socorro por si ocurriera un accidente y un poco más hacia adelante se aprecian, como si fueran una parte normal del paisaje, dos granadas de mortero de 120 milímetros.

Rukhaia y Dikra trabajando sobre un terreno sospechoso de contener decenas de explosivos sin detonar. El proceso es lento y puede llevar muchas horas.
Rukhaia y Dikra trabajando sobre un terreno sospechoso de contener decenas de explosivos sin detonar. El proceso es lento y puede llevar muchas horas.J. I. Mota

Mohamed Abd Al Hasan, director de la empresa, explica, después de ahuyentar a varias vacas que querían colarse en el terreno, que el objetivo que tienen es limpiar 2.135.000 metros cuadrados, pero que el tiempo que tarden depende de muchos factores. “Este trabajo es lento. Pueden ser un par de años o más. En esta parte de Irak las condiciones climáticas son extremas, los animales nos estorban, estamos en un país inestable y la financiación también es algo indispensable para seguir trabajando”, afirma mientras sujeta su walkie talkie, necesario al no haber cobertura en la zona. Al Hasan asegura que han limpiado en 46 días 7.000 metros y han encontrado 1.194 morteros y 23 granadas gracias a las chicas. “Están haciendo un trabajo estupendo. Es un área peligrosa. Cada poco tiempo hay accidentes con animales o encontramos cadáveres de campesinos”, asegura mientras enseña varias fotografías que tomaron hace unos meses de un agricultor muerto.

El área calificada como “peligrosa” en Basora es de 1.261.047.822 metros cuadrados, según datos del Ministerio de Salud y Medio Ambiente. Esta zona del sur de Irak fue un lugar de fuertes enfrentamientos en los años 80 entre la Irak de Sadam Husein y la entonces recién fundada República Islámica de Irán de Ruhollah Jomeini. “De los 80, la Guerra del Golfo en 1991 y la posterior invasión de Estados Unidos al país quedaron millones de artefactos explosivos”, explica Nibras Fakhir, director regional del Centro de Acción contra las Minas, perteneciente al Gobierno iraquí. Otras provincias del sur como Muthana o Dhi Qar también están muy contaminadas, pero solo en Basora hay 36.548.098 bombas de racimo, 303.276.319 restos de explosivos de guerra y 843.197.188 minas de diferentes tipos, según los datos que presenta Fakhir. El funcionario confirma que solo en 2021 ha habido entre muertos y heridos 52 personas, muchos de ellos niños. “Basora es sin duda la ciudad más contaminada de artefactos explosivos del mundo”, asegura.

Esta zona del sur de Irak fue un lugar de fuertes enfrentamientos en los años 80 entre la Irak de Sadam Husein y la entonces recién fundada República Islámica de Irán de Ruhollah Jomeini

Las chicas comienzan su trabajo de manera mecánica. Dikra se coloca su traje protector junto a Rukhaia, que estudió química y tiene 36 años. Ambas cogen el detector de explosivos y se dirigen primero a la zona de entrenamiento, donde hay un pequeño agujero con una granada azul falsa. Cuando se aseguran de que el utensilio emite un pitido al posarlo encima de la supuesta munición se dirigen a la zona que toca rastrear ante la atenta mirada de las compañeras y los supervisores.

La joven Anwar, que tiene 27 años, estudió Filología Inglesa y luce unas gafas estilo Ray Ban, explica el siguiente paso mientras mira a sus compañeras. “Cuando pita el detector ponemos una señalización dependiendo del tipo de explosivo que sea. Como esta es una zona de morteros utilizamos siempre el color rojo, si fueran minas antipersona sería el color amarillo y las minas antitanque llevarían el color negro”, dice orgullosa mientras observa. La joven resalta las dificultades del trabajo. “Esto lleva mucho tiempo, hay que inspeccionar cada centímetro. Es duro. El calor en Basora es insoportable y nosotras empezamos en agosto. Muchas chicas incluso se desmayan. Eso sí, a mí me encanta”, afirma sonriendo.

Anwar, una de las jóvenes que detectan explosivos. Estudió Filología Inglesa en la Universidad de Basora y tiene 27 años. La pasión por este trabajo se la inculcó su padre, que trabajó en los años 90 detectando minas marinas.
Anwar, una de las jóvenes que detectan explosivos. Estudió Filología Inglesa en la Universidad de Basora y tiene 27 años. La pasión por este trabajo se la inculcó su padre, que trabajó en los años 90 detectando minas marinas.

Una vez terminado este proceso, el siguiente paso es para el segundo equipo, que se encarga de explotar y remover todos los posibles artefactos explosivos que las jóvenes han señalizado. Lo realizan con máquinas excavadoras blindadas que remueven el terreno y camiones especiales que recogen kilos de tierra. En caso de que la arena tenga explosivos, estos se quedan agarrados a la superficie del automóvil especial y la tierra vuelve sobre el terreno. “Este proceso lo hacemos más de dos y tres veces para estar seguros de que no ha quedado suelta ninguna munición y está todo limpio”, explica Al Hasan.

Ali Shouwkat, miembro experimentado del equipo Al Khebra Al Fania, concreta que el grupo específico de mujeres no es una elección al azar. “Para un trabajo que requiere tanta paciencia, exactitud y precaución ellas suelen estar mucho mejor preparadas que los hombres”, destaca. Shouwkat se deshace en elogios. “Honestamente, no esperábamos el gran trabajo que están haciendo. Reciben entrenamiento, pero es un período corto. Todas están demostrando ser muy hábiles, valientes, inteligentes y muy claras. No olvidemos también el contexto y la cultura de esta región tan conservadora donde no es normal que una mujer trabaje en este tipo de oficios. Estoy orgulloso y feliz por ellas”.

Barreras en una sociedad conservadora

Anwuar ha sido la que más fácil ha tenido aceptar el oficio en comparación con las demás chicas. Su padre trabajaba detectando minas marinas en Irak en los 90. Ha crecido escuchando sus batallas y la importancia de la limpieza de su país de explosivos. “Mi padre me empujó desde el principio a que me uniera al equipo. Mi madre estaba algo más preocupada, pero también me acabó apoyando”, afirma. Si Irak de por sí ya es un país conservador y tradicional, las ciudades del sur del país lo son aún más, ya que abundan las zonas tribales. Ahad, de 24 años y que combina sus estudios de finanzas con su empleo en Al Khebra al Fania, lo confirma. “No se imaginan lo difícil que es para una mujer conseguir un trabajo en Basora, un lugar tan tradicional. Quizás desde aquí podamos transmitir una visión distinta a nuestra sociedad. De todas formas, tampoco nos importa lo que digan”.

Rukhaia, que descansa bajo la sombrilla, ya sin su pesado traje protector, también cuenta los problemas que se encontró al principio con su familia. “Mis padres estaban súper confusos al principio, ¿cómo su hija va a trabajar en una zona repleta de explosivos? Luego han entendido que es una buena forma de ganarme la vida. Y bueno, aquí nos ves, somos unas guerreras”, destaca con una carcajada que contagia a las demás.

Mis padres estaban súper confusos al principio, ¿cómo su hija va a trabajar en una zona repleta de explosivos? Luego han entendido que es una buena forma de ganarme la vida
Rukhaia, ingeniera química de 36 años

Todas están licenciadas o en proceso de hacerlo y les encanta su oficio, aunque coinciden en que no les ha quedado elección. “Yo lo veo como un trabajo humanitario y me gusta, pero sinceramente, claro que me encantaría trabajar en mi gremio, el problema es que no encuentro empleo”, argumenta Dikra. Aliah, de 26 años y que estudió tecnología está de acuerdo con su compañera y le quita hierro a los obstáculos familiares y sociales que se encuentran al principio. “Sabemos que es peligroso, pero terminamos la universidad y lo que queremos es un trabajo, un salario, valernos por nosotras mismas. Es algo que sobre todo las familias tienen que entender”, zanja.

Los problemas de los lugareños

Al asentamiento Talibiyah solo se puede llegar en barca. Viven unas 600 personas y está a apenas un kilómetro de la zona donde trabaja el equipo de mujeres. El joven Nasr llega con su largo bote y pronto muestra su destreza navegando por el Shatt al Arab hasta llegar a este lugar donde vive con su familia, de 20 miembros. Aquí pasan su día a día entre suciedad y chabolas. Viven de sus cinco vacas, varios búfalos de agua de los que obtienen queso y guimar ―leche de búfalo, desayuno típico del sur de Irak― y de algunos gansos y gallinas que corretean alrededor de su casa. “Nuestra única fuente de ingresos son los animales. Llevamos muchos años teniendo problemas con las minas porque el ganado las pisa y tanto si mueren como si resultan heridos significa mucho para nosotros”, lamenta Hajji Fenjan, patriarca de la familia. Fenjan asegura que una vaca, después de criarla cinco años, la pueden vender por unos 800 o 1.300 euros (1.000 o 1.500 dólares) y que todo el dinero que ganan lo invierten en ese ganado. “Imagina lo que perdemos si una muere. La semana pasada una resultó herida al pisar un artefacto y la hemos tenido que mal vender por 200 dólares”.

Parte de la familia de Hajji Nebjan posa para una foto fuera de su casa. La familia se queja de que no tienen agua potable, electricidad, escuelas ni ningún apoyo del Gobierno.
Parte de la familia de Hajji Nebjan posa para una foto fuera de su casa. La familia se queja de que no tienen agua potable, electricidad, escuelas ni ningún apoyo del Gobierno.

Hajji Nebjan, bajo la atenta mirada de sus cuatro hijos y sus seis nietos, destaca los principales problemas que enfrentan los lugareños de Shatt al Arab desde hace años. “Por un lado tenemos el problema de las minas y los peligros que conlleva para nosotros, nuestros hijos y nuestro ganado. Por otro lado, tenemos la contaminación del agua que llevamos años utilizando y por las que muchas veces también resultan enfermos nuestros animales, nuestra única fuente de ingresos”, recalca. Mientras da un paseo por su pequeño establo donde yacen varias vacas desnutridas, Hajji Nebjan elogia la labor del equipo Al Khebra Al Fania. “Estamos muy satisfechos con su trabajo. Ahora nos sentimos más seguros. Esperamos que pronto esté todo limpio y quizás en un futuro podamos utilizar todo este terreno para cultivar y tener otra fuente de ingresos”, comenta pensativo.

A Hajji Nebjan le preocupan muchas otras cosas. Con su kufiya negra y blanca y unas arrugas que desvelan años de duro trabajo y exposición al sol, no quita mérito al proyecto de limpieza de explosivos, pero destaca otros problemas básicos. “Llevo décadas aquí, mis antepasados también. Nunca hemos tenido escuela, ni opciones de ir. Ni electricidad, ni agua potable. Lo de las minas es muy importante, sí, pero no es lo único en lo que nos podrían ayudar. Aquí no tenemos nada y encima estamos expuestos”, lamenta. Por el momento, las demandas del patriarca no van a ser proporcionadas. En el asentamiento Talibiyah seguirán sin recursos básicos y sin escuelas para las decenas de pequeños que corretean por el barro y la basura. Lo que sí se puede confirmar es que cada día su área está más limpia de explosivos gracias, en parte, a un equipo de jóvenes mujeres. Uno de sus objetivos es claro: que los ciudadanos de Basora, como Hajji Nebjan, se olviden poco a poco de los estragos de la guerra.

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