tribuna
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La ley de las consecuencias imprevistas: Rusia, Ucrania y la Unión Europea

La idea de que los Veintisiete no pueden ni deben inmiscuirse en cuestiones de seguridad se ha roto para siempre pero la consecuencia más importante del asalto asesino de Putin es el redescubrimiento de nuestros valores fundamentales

Ronda de vigilancia de soldados estadounidenses durante los ejercicios conjuntos Iron Sword de la OTAN, en Lituania.
Ronda de vigilancia de soldados estadounidenses durante los ejercicios conjuntos Iron Sword de la OTAN, en Lituania. Carlos Spottorno

Si me hubieran pedido hace apenas una semana una evaluación del estado de la Unión (Europea), mi informe hubiera sido bastante desolador. La salud subyacente de nuestra Unión dista mucho de ser alentadora. He aquí algunos puntos destacados de ese posible informe.

El reto más preocupante y profundo era la aparición del euroescepticismo como parte de la corriente política dominante, ya no una obsesión de los márgenes lunáticos; y aún más preocupante la aparente desvinculación de millones de europeos, del Norte y del Sur, del Este y del Oeste, de nuestros valores más profundos, la Santísima Trinidad de la democracia liberal: la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho, encantados y tentados por diversas formas de democracia iliberal (un oxímoron). Esta no es sólo una historia de Hungría. ¿Es necesario recordar que Marine Le Pen ganó las últimas elecciones al Parlamento Europeo en Francia? Por encima de todo, nuestra Unión es, o pretende ser, una “comunidad de valores” y no sólo una comunidad de intereses. Y si grandes segmentos de nuestros ciudadanos dan la espalda a esos valores más básicos, nuestros propios fundamentos se ponen en cuestión.

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Durante décadas la Unión basó su legitimidad popular en los resultados. Proporcionaba “los bienes”: paz, prosperidad. A eso lo llamamos “legitimidad de resultados”. Los romanos lo llamaban “pan y circo”. En cambio, sus credenciales democráticas, el proceso (“legitimidad de entrada”) eran y son lamentablemente débiles, una verdad que no nos gusta admitir. Sí, tenemos un Parlamento Europeo elegido directamente. Pero cuando el electorado sabe que su voto no decidirá ni quién le gobierna (por ejemplo, el presidente de la Comisión y del Consejo) a nivel de la Unión ni cómo será gobernado (en términos de orientación política general) no es de extrañar que la participación de los votantes haya ido en constante descenso (con un pequeño repunte en las últimas elecciones). ¿Por qué molestarse en votar si mi voto no influye de manera significativa en esas dos características básicas de las democracias que funcionan? No es de extrañar que “recuperar el control” se haya convertido en el grito de guerra de un euroescepticismo sin precedentes en un número creciente de Estados miembros.

El Estado de derecho —el fundamento absoluto de la Unión— se ha visto sometido a una tensión sin precedentes que ha dado lugar a una verdadera brecha entre, como es sabido, Polonia y Hungría y la UE. Pero es demasiado fácil señalar con el dedo a esos dos países y señalarlos como las bestias negras de Europa. Se han producido “rebeliones judiciales” en Dinamarca, la República Checa y, de forma notoria, incluso el Tribunal Constitucional alemán se ha opuesto al Tribunal de Justicia de Luxemburgo.

El periodo previo a la crisis de Ucrania ha puesto de manifiesto el punto débil de la integración europea: la persistente incapacidad de convertir un increíble poderío económico en poderío geopolítico. Esto se debe principalmente a dos razones. En primer lugar, la incapacidad de alcanzar la unanimidad en asuntos críticos de política exterior (China, Nordstream 2, Oriente Próximo, etc.), donde en cada ocasión había uno o dos Estados miembros que rompían filas e impedían hablar con una sola voz. Y en segundo lugar, sólo se puede jugar la carta del poder blando hasta cierto punto. Cuando la geopolítica se vuelve dura y los adultos se sientan a la mesa, el problema del poder blando que se nos dijo es precisamente ese: que es blando.

Si me pidieran que definiera la política de seguridad fundamental de Europa, la reduciría a una dolorosa verdad histórica: la caballería estadounidense acudirá al rescate, como lo hizo dos veces en el siglo pasado. Es sólo en parte por razones de recursos: el gasto combinado en defensa de los Veintisiete (y el Reino Unido) es mayor que el de Rusia. Europa no necesita gastar más, sino simplemente organizarse mejor —las palabras tabú—, en un ejército europeo. ¿Y por qué no? Por la irrisoria idea de que la defensa es el núcleo de la soberanía nacional y, por tanto, debe ser celosamente protegida de cualquier intromisión de la UE. ¿Ridículo? Ni un solo Estado de Europa tiene la capacidad de defenderse solo ante una verdadera amenaza de seguridad. En realidad, ningún Estado es verdaderamente soberano en materia de defensa. Pero nunca nos hemos recuperado del todo del histórico veto francés a la creación de una Comunidad Europea de Defensa a principios de los años cincuenta.

Por último, el drama fiscal. No hay ningún sistema político en el mundo, ningún Estado de tamaño significativo, en el que exista tal discrepancia entre la ambición y el poder político y normativo y los recursos financieros disponibles para su realización. El presupuesto de la Unión es minúsculo. Si no hay poder fiscal y algunos recursos propios significativos, el emperador europeo está desnudo. “Ucrania” ha sacudido estos tópicos en algunos aspectos fundamentales. Y aunque es difícil calibrar el efecto a largo plazo, es probable que algunos cambios sísmicos sean irreversibles.

La idea de que la Unión no puede ni debe inmiscuirse en cuestiones de seguridad se ha roto para siempre. El suministro de armas letales por parte de la UE a Ucrania (y tres hurras por ello) ha dejado ese tabú hecho añicos. No me sorprenderá que en la Conferencia sobre el Futuro de Europa el tema de la seguridad y la defensa surja como un punto importante en el orden del día “sin tapujos”. Macron ha utilizado las palabras mágicas: Ejército Europeo.

No menos dramática en la ruptura de este tabú es la cuestión fiscal. Puede que Europa siga siendo un pigmeo fiscal, pero la autoridad para pedir prestado (anatema para los halcones fiscales) y gastar, ya está afianzada (covid más Ucrania). Por fin, en este aspecto fiscal, Europa habrá adquirido la herramienta que todos los gobiernos modernos utilizan: el endeudamiento. El endeudamiento es más adictivo que la nicotina; no me sorprendería que se convirtiera en la medicina de moda cuando las futuras conversaciones presupuestarias se vuelvan difíciles.

Otro mito que se ha derrumbado ha sido el del poder blando. Todavía está por ver si las sanciones adoptadas contra Rusia harán que Putin se ponga a tono. Pero nadie puede afirmar que sean blandas. La rapidez y eficacia de las sanciones se debe en gran medida a la competencia de la UE en los ámbitos en los que las sanciones son importantes. Y aquí hay que aplaudir a Josep Borrell que, desde el primer día en el cargo de Alto Representante, ha afirmado: tenemos un gran poder, sólo tenemos que tener las agallas para utilizarlo. Europa ya no es una potencia virgen, y es un arsenal que puede utilizarse, y muy probablemente se utilizará, también en otros contextos.

También quedó claro en las deliberaciones de urgencia en torno a la invasión rusa que en materia de política exterior no se puede tolerar que uno o incluso dos Estados miembros sigan poniendo pegas y haciendo caer la bicicleta. ¿No es hora de un nuevo Acuerdo de Luxemburgo (alrededor de 1965) a la inversa? ¿Un pacto entre caballeros (que, al igual que el acuerdo original, no requiera una nueva redacción del Tratado) en el que, en materia de política exterior, el veto sólo pueda ser ejercido por, digamos, tres Estados miembros?

Los problemas del Estado de derecho y el déficit democrático seguirán latentes, no se equivoquen (aunque los que esperaban una “acción dura” contra Polonia quizá tengan que dejarla de lado por un tiempo, ante la nobleza de Polonia y su pueblo al abrir sus fronteras y sus corazones a lo que podrían ser millones de refugiados). Y, por desgracia, la verdadera democratización también quedará congelada: se vuelve a la legitimidad de los resultados (y los resultados son impresionantes).

Pero quizá la consecuencia más importante del asalto asesino de Putin haya sido no solo un sentimiento transeuropeo de identidad y solidaridad (las protestas de Madrid a Berlín y otros lugares no eran de españoles, o de franceses o alemanes o polacos, sino de europeos) sino un redescubrimiento por parte de Europa y de los europeos de nuestros valores fundamentales, la profunda razón de ser por la que se creó la Unión.

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