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editorial

Nadie al mando

El despido de altos cargos del ejército de EE UU en plena guerra con Irán dispara la sensación de improvisación en la Casa Blanca

John Phelan, en un acto junto a Donald Trump. Alex Brandon (AP)

La Casa Blanca anunció este miércoles el despido fulminante y sin explicaciones del secretario de la Marina de Estados Unidos, John Phelan, justamente cuando los buques estadounidenses están en la primera línea de fuego de un conflicto a gran escala con Irán en el golfo Pérsico y buena parte del suministro de hidrocarburos mundial depende de cómo se resuelva la tensión naval entre ambos países. El cese llega 20 días después del despido, también sin explicaciones, del jefe del Estado Mayor, Randy George. No se ha propuesto sustituto para ninguno de los dos, lo que revela que lo urgente era deshacerse de ellos y no un cambio de rumbo concreto. Cortar cabezas de forma repentina y poco transparente en la cúpula militar añade aún más inquietud a la sensación de improvisación que emana de la Casa Blanca tras semanas de amenazas, exageraciones y rectificaciones de EE UU según el capricho de Donald Trump.

Los detalles son aún confusos sobre la salida de Phelan. Las distintas versiones filtradas a la prensa estadounidense apuntan a diferencias con el secretario de Defensa, Pete Hegseth, sobre los planes de renovación de la flota, que el Gobierno de Trump quiere expandir considerablemente. Pero sobre todo al malestar de Hegseth por el supuesto acceso directo a Trump que disfrutaba Phelan, muy cercano al presidente. Este es un relato destructivo para la ya mermada credibilidad de la Casa Blanca. Con 21 buques y miles de marineros estadounidenses desplegados, con un altísimo coste económico y diplomático cada día que pasa, y con el temor a una crisis energética y alimentaria por el bloqueo naval del golfo Pérsico, la posibilidad de que en medio de una crisis como esta el máximo responsable de la Marina de EE UU haya sido despedido por discrepancias sobre planes de construcción de buques o, peor aún, por rencillas de oficina, dispara el desorden a un nuevo nivel.

La destitución en el ejército estadounidense siguen un patrón que viene desde el primer Gobierno de Trump, pese a su apariencia arbitraria, y se han acelerado en el segundo. Nada más tomar posesión, el expresentador de televisión Hegseth transmitió al Pentágono una visión de las fuerzas armadas en la que se valoraba más la virilidad y el espíritu pendenciero que la experiencia o el conocimiento. A continuación, Hegseth se deshizo de media docena de altos mandos con gran predicamento en el estamento militar, entre ellos el jefe de la Junta de Jefes del Estado Mayor. La purga era coherente con las advertencias de generales y exsecretarios de Defensa sobre la intención de Trump de tener un ejército que obedeciera a sus caprichos sin incómodas opiniones profesionales. En ese cambio de caras fue nombrado Phelan, un multimillonario vecino de Palm Beach, amigo de Trump y generoso donante para la campaña presidencial. Su experiencia en el ámbito militar era nula. Es decir, Phelan ya era la quintaesencia de un nombramiento trumpista. Un año después, esos fieles que venían a relevar al “Estado profundo” tampoco le sirven.

Hace ya nueve años que Donald Trump proclamó: “Yo sé más que los generales”. Todo lo que ha seguido después ha sido coherente con el desprecio del presidente hacia la opinión profesional, especialmente si esa opinión cuestiona o impone matices a la ejecución de unas fantasías con repercusiones para la estabilidad global. Y en ningún ámbito las consecuencias son más graves que en el militar, donde las decisiones erráticas, sin análisis ni previsión, no solo cuestan décimas de inflación, sino vidas humanas.

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