¿Se contagiará Vox del declive de la ultraderecha?
El partido de Abascal corre el riesgo de sufrir más que un estancamiento: la entrada en una fase de declive electoral


Vivimos en tiempos de oscuridad, así que, por parafrasear a Leonard Cohen, debemos aferrarnos a cualquier pequeña grieta por la que entra la luz. La hendidura que nos permite mantener viva la esperanza es un posible cambio de ciclo en el apoyo a la ultraderecha, ahora en declive. Hoy mismo se celebran unas elecciones decisivas en Hungría y, según los sondeos, podrían suponer el final del Gobierno de Viktor Orbán. Este dirigente, auténtica encarnación del iliberalismo en Europa, podría poner fin a un prolongado ejercicio del poder: 16 largos años en el cargo con el objetivo de ajustar el sistema democrático de su país a su propio beneficio. Además, con el respaldo constante de Trump y del propio Putin. Si pierde ―y acepta la derrota, claro― estaríamos ante una gran noticia; sobre todo, por su enorme fuerza simbólica: demostraría que las democracias son más resilientes de lo que creíamos y que, como ya se vio en Polonia, los virajes hacia el autoritarismo pueden revertirse cuando existe una ciudadanía dispuesta a comprometerse activamente en esa dirección.
Por lo que reflejan las encuestas, este giro podría estar empezando a producirse también en Vox, un partido que, por cierto, comparte grupo en el Parlamento Europeo con el de Orbán. No porque su voto se esté desplomando, sino porque parece haber tocado techo. Seguirá siendo el tercer partido en escaños, pero sin horizonte de expansión. Las elecciones de Castilla y León fueron las primeras en detectar ese ajuste a la realidad frente a la euforia con las que sus dirigentes acudieron a las urnas; las de Andalucía seguramente acaben confirmándolo. Y no cabe descartar algo más que un estancamiento: el inicio de un retroceso, la entrada en una fase de declive electoral. Por muchas razones.
Una de ellas, compartida por buena parte de la ultraderecha europea, es la incomodidad con las nuevas exhibiciones del liderazgo de Trump, cada vez más errático, irracional y autoritario. Puede que esto último, su tendencia al autoritarismo y su retórica supremacista, antinmigración y antisistema sea precisamente aquello en lo que veían su atractivo, pero cuando sus caprichos, ya se trate de su política arancelaria o las consecuencias de la guerra en Irán, acaban repercutiendo sobre el bolsillo del ciudadano, empiezan a saltar todas las alarmas. El desbarajuste que está creando es de tal magnitud, que seguir considerándolo un aliado político equivale al abrazo del oso: al principio reconforta, pero luego te deja sin resuello. Son tiempos para confiar en adultos responsables, no en demagogos.
Con todo, hay suficientes razones de política interna que ayudan a explicar también este cambio de ciclo. Me refiero a sus extrañas maniobras de Vox a la hora de cerrar pactos con el PP en aquellas comunidades donde su apoyo resulta necesario. Parece que ahora comienzan a tomar conciencia de que ahí tienen una vía de agua. También influye el liderazgo, entre mesiánico y despótico, con el que Abascal tutela el partido. Toda disidencia interna se sofoca sin contemplaciones, y la gestión del partido arrastra continuas controversias, tanto por su opacidad interna como por la financiación de estructuras paralelas como la Fundación Disenso.
En suma, que está empezando a tener más desgaste por no gobernar que por hacerlo. O, lo que es peor, que no puede ocultar haber caído en prácticas partidistas que tanto había criticado en otros ―oligarquización, hiperliderazgo, aferramiento a los cargos, amiguismos―. Excluida su posibilidad de conseguir en algún momento el sorpasso del PP, pronto se encontrará ante una disyuntiva similar a la que tuvo que afrontar Albert Rivera con Ciudadanos: favorecer la gobernabilidad (de la derecha en este caso) o acabar siendo superfluo.
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