Entre el caos de Trump y el sabotaje de Netanyahu
Ninguno de los dos mandatarios tiene capacidad o interés en asegurar un alto el fuego permanente en Orienete Próximo


Un presidente caótico, comandante en jefe de una guerra caótica, difícilmente puede convertirse en artífice de un alto el fuego que no sea caótico y no conduzca de nuevo a la guerra en vez de a la necesaria paz. Tampoco se puede esperar que sea un primer ministro belicista, adalid de la guerra contra Irán desde hace décadas y belicoso susurrador al oído presidencial para arrastrarle a combatir, quien favorezca el silencio de las armas. Con mayor razón cuando las posiciones de partida son radicalmente incompatibles y no hay ni asomo de confianza entre las partes, tras dos sucesivas negociaciones interrumpidas por la guerra y el asesinato de los dirigentes de una de ellas.
Trump no tiene ni siquiera las herramientas para acordar un alto el fuego sostenible. No hay un acuerdo preliminar sobre su contenido exacto y el momento en que debe empezar, puesto que Ormuz sigue bloqueado y los misiles israelíes siguen cayendo sobre Líbano, cuando se suponía que la negociación iba a empezar una vez cumplidas las dos condiciones inicialmente aceptadas por Trump. Para abordar tan compleja tarea, ha destacado a su vicepresidente, J. D. Vance, a pesar de su limitada experiencia en relaciones internacionales, acompañado por la habitual y desprestigiada pareja de diplomáticos aficionados formada por su yerno, Jared Kushner, y su colega del golf y de los negocios Steve Witkoff. En tan crítica negociación no contará tampoco con el instrumento privilegiado en la acción exterior que antaño fue la palabra presidencial, pues la suya está ahora totalmente devaluada. Perdió toda credibilidad durante su primera presidencia por el torrente de mentiras proferidas, pero ha llegado a hundirse en el descrédito en la segunda gracias a sus soeces y atroces amenazas en vísperas de anunciar el alto el fuego y a su alud de declaraciones contradictorias, erróneas y confusas.
A Trump le ha bastado la exhibición de su aplastante fuerza militar y la colección de cabezas enemigas cobradas en la cacería para darse por satisfecho con los objetivos alcanzados, avalado por la recuperación de las Bolsas y la moderada caída del precio del petróleo. Aunque mantiene un cierto nivel de amenaza militar ante las mediocres perspectivas de la negociación en Islamabad, su apetito bélico va decayendo cuanto más se acercan las elecciones de mitad de mandato. Ya no están en su cabeza los bombardeos masivos ni el desembarco de fuerzas especiales en territorio iraní para encontrar los ocultos 400 kilos en uranio enriquecido que quedan del programa nuclear o asegurar el tráfico marítimo.
Si el apresamiento del material radioactivo ha desaparecido de la negociación, abrir Ormuz es la condición imprescindible, aunque no suficiente, para dar la guerra por terminada, salvar la dañada economía del Golfo y evitar la recesión mundial. Tratándose de una operación de enorme dificultad, Trump se mostró inicialmente dispuesto a participar con los iraníes en su apertura a la navegación previo cobro de peaje, sin importarle la vulneración de la legislación marítima internacional. Y si no es posible, como se deduce de su inmediata rectificación, habrá que cargar los gastos en la cuenta de los emiratos petroleros mediante algún tipo de compensación política a Teherán.
Trump tiene soluciones para todo: para Ormuz ideó su apertura por la fuerza, pero tenían que ser otros quienes pusieran buques, armas y tropas, la OTAN por ejemplo. No iba a mandar a los soldados estadounidenses a instalarse en las costas de Irán, incumpliendo la solitaria promesa programática que todavía mantiene de abandonar cualquier idea de guerra larga o de ocupación permanente. Así es como ha convertido a los aliados de Estados Unidos que no han secundado sus descabellados planes belicistas en el chivo expiatorio de su inocultable fracaso.
No se atreverá en cambio con Netanyahu, que le incitó a lanzarse al asesinato de la cúpula del régimen iraní, e incluso a su derrocamiento, en una agresiva sesión de venta del producto en la Casa Blanca el 7 de febrero, conocida en sus más inquietantes detalles por una brillante narración de dos periodistas de The New York Times. El primer ministro israelí comparte con Trump tanto los espectaculares éxitos militares como la humillante derrota política que permite la supervivencia del régimen teocrático, pero está en su mano el sabotaje del alto el fuego mediante su guerra contra Hezbolá y sus propósitos anexionistas de territorio libanés.
Alrededor de la guerra de Líbano se está jugando la primera manga de la reunión de Islamabad, propiamente antes de sentarse en la mesa de negociación. Si Netanyahu sigue bombardeando Líbano, y Teherán a su vez no abre Ormuz por falta de un alto el fuego generalizado, los esfuerzos de paz pueden irse por el desagüe. Al final, el desenlace de todas las guerras depende de quién tiene más voluntad guerrera, no tan solo de quién tiene más fuerza. Y esto está todavía por dilucidar.
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