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COLUMNA
Opinión

De perdidos, al Nilo

Viajen a Egipto. Verán maravillas y miseria. No somos mejores que ellos

Turistas en el templo de Luxor (Egipto) el pasado mes de febrero.Franco Origlia ( GETTY IMAGES )

Mohamed Reda es un egipcio de mediana edad casado y con dos hijos adolescentes con los que se le cae la baba a chorro. Reda tiene dos carreras: Egiptología y Filología Hispánica, aunque chapurrea más idiomas que Duolingo, y trabaja 18 horas al día siete días a la semana pastoreando a turistas en un viaje de ensueño: cuatro noches de crucero por el Nilo y tres en un hotelazo de El Cairo descubriendo las maravillas de Egipto con los pulmones sin resuello ante tanta belleza y el corazón en un puño ante los niños descalzos, los ancianos paupérrimos y las montañas de basura que los rodean. A primera vista, Reda parece inmunizado ante una cosa y la otra. Callo le sobra. Gasta verbo de seda y voluntad de hierro. Hace un par de semanas, en pleno Ramadán, sin comer ni beber hasta las seis de la tarde habiéndose levantado a las dos de la mañana, llevaba derechos como a velas a un grupo de 25 españoles, cada uno de su padre, su madre y su hecho diferencial autonómico a cuestas, llamándolos a cada uno por su nombre y un genérico "habibi" (cariño) como si fueran de su familia. Lo sé porque yo era una de ellas.

Una que le asaeteaba con preguntas impertinentes como por qué no se ve a mujeres trabajando o por qué los egipcios no se levantan ante tal desigualdad salvaje. Reda, rosario musulmán en ristre, no entraba al trapo. Recibía las preguntas con paciencia de milenios y rictus de ya está la guiri dando lecciones no solicitadas, y me despachaba con un todo llegará, inshallah, si Dios quiere. A cambio, hablaba con tal orgullo y pasión de su civilización y su cultura que acabó derribando mis prejuicios. El último día, animado por la euforia del fin del Ramadán ante una cena de las mil y una noches, se atrevió a pedirme que escribiera “algo bonito” para animar a los españoles a seguir visitando su país pese a la enésima alerta por la enésima crisis en Oriente Próximo y, así, poder mantener su trabajo y contribuir al progreso de su país que tanto me preocupaba. Lo despaché con sí es no que se me olvidó en cuanto subí al avión de vuelta y a mis problemas de pija del Primer Mundo. Fue después, al ver cómo los mozos de una cofradía de Sagunto (Valencia, España, Unión Europea), votaban por vetar a las mujeres en sus procesiones, y a los aficionados gritar anoche mismo en Barcelona “musulmán el que no bote” en un partido entre las selecciones de España y Egipto, cuando se me pasó la soberbia. Así que, Reda, habibi, aquí van estas líneas, Vayan a Egipto. Verán maravillas y miseria. No somos mejores que ellos.

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