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Columna

Fusilar a un toro, ejecutar a un árbol

Las IA generativas son herramientas al servicio de la Humanidad, pero no están siendo usadas para conseguir la paz sino que están al servicio de la guerra

Sam Altman, consejero delegado de OpenAI, en una cena en honor de Donald Trump en el castillo de Windsor, en Reino Unido. Andrew Caballero-Reynolds (via REUTERS)

Las cárceles que elegimos (Lumen, 2018), el libro que recoge varias conferencias impartidas por Doris Lessing en 1985, comienza explicando dos historias. En la primera, la autora cuenta que, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, conoció a un sabio granjero que pertenecía a la minoría blanca gobernante de Zimbabue, antes Rodesia del Sur, país donde se crio. Poseía algunas de las mejores vacas del país, y otros granjeros acudían a él buscando consejo. El hombre, cuenta Lessing, decidió importar un semental escocés que le costó 10.000 libras esterlinas. Aquel toro debió ser un espectáculo: enorme y majestuoso, pero muy manso. Tenía su propio cuidador, un niño negro de 12 años a quien un día el animal, repentina e inexplicablemente, mató. El granjero decidió que había que sacrificarlo: “El toro ha matado, el toro es un asesino y debe ser castigado. Ojo por ojo, diente por diente”, dijo. Un pelotón de fusilamiento acabó con él. El granjero “no era ni un paleto ni un ignorante”, explica la escritora, “pero su acto —el de condenar a un animal por haber cometido una maldad— se remonta al más remoto pasado de la humanidad, es tan antiguo que no sabemos dónde empezó, pero sin duda ya ocurría en aquellos tiempos lejanos en que el hombre apenas sabía diferenciar entre seres humanos y bestias”.

La segunda historia relata cómo, también al final de la guerra, en Francia, un árbol relacionado con el general Pétain —que había caído en desgracia— fue condenado a muerte y después ejecutado por colaborar con el enemigo. Ambas anécdotas sirven a Lessing para advertir sobre un fenómeno circular: “Cuando las cosas parecen ir más o menos bien —y me refiero a asuntos humanos en general—, es como si de repente surgiera un espantoso primitivismo y la gente volviera a adoptar conductas bárbaras”, escribe. La autora, que se entregó al comunismo en su juventud y después lo criticó fieramente, desconfiaba con razón de las locuras colectivas. Fue también muy pesimista con el estado del mundo, y eso que falleció en 2013. En estos textos señaló una paradoja propia de nuestro tiempo: gracias al avance de las ciencias sociales, relativamente jóvenes, nunca supimos tanto sobre nuestro propio comportamiento, pero de momento eso nos sirve de muy poco. “Creo que los que vendrán después de nosotros se maravillarán, por un lado, de que hayamos acumulado tantísima información sobre nuestro comportamiento, mientras que, por el otro, no hayamos hecho el menor intento de aprovechar dicha información para mejorar la vida que llevamos”, dice como si fuera hoy mismo.

ChatGPT y Claude son dos avances prodigiosos, procesadores únicos de conocimiento, pero no están siendo usados para conseguir la paz en el mundo, sino que están al servicio de la guerra. Anthropic va a litigar con el Gobierno de Donald Trump por haber cancelado sus contratos con el Departamento de Defensa tras los escrúpulos sobre el uso de Claude expresados por Dario Amodei, que son de agradecer pero parciales (está en contra del espionaje masivo, pero solo de estadounidenses, y también de las armas autónomas que maten sin intervención humana, pero solo porque la tecnología aún no está lista). Según The Wall Street Journal, Claude fue utilizado en la operación contra Nicolás Maduro, y también contra Irán, incluso con su acuerdo ya cancelado. Sam Altman ha aprovechado este revuelo para conseguir que ChatGPT contrate con el Pentágono. Seguimos siendo unos bárbaros que confunden información con sabiduría.

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