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COLUMNA

Dónde vas, Elisa Mouliaá

Una víctima puede perder los nervios y los papeles sin tener necesariamente que perder la razón en el proceso

Cada vez que veo, escucho o leo a la actriz Elisa Mouliaá hablar desde pantallas, radios o redes, me debato entre dos prontos. El de darle un abrazo de los largos y el de llevármela aparte y decirle cuatro cosas. Como no soy su madre ni su amiga ni su colega ni me toca nada, no he hecho ni una cosa ni otra. Pero como, en el fondo, me toca todo como persona, como congénere y como ciudadana de un país donde todavía se insulta a las denunciantes de acoso sexual desde la mismísima sede de un partido político, me tomo la libertad de ponerme al teclado y dedicarle mi particular bagatela Para Elisa. Mouliaá, hermana, yo sí la creo. Creo que se sintió acosada, invadida y violentada sexualmente por el político Íñigo Errejón aquella noche de fiesta a la que usted fue y de la que se fue cuando quiso. Estoy segura de que guardó dolorosamente aquella violencia sentida en su conciencia como gusano atrapado en ámbar y que siguió con su vida. No dudo de que, apelada en lo más hondo cuando trascendieron otros presuntos abusos de Errejón y él mismo no los negó y dimitió de todos sus cargos, usted decidiera, valientemente, dar un paso al frente y denunciarlo, por usted y por todas sus compañeras. De verdad que me creo todo eso y, a la vez, también creo que sus erráticas idas y venidas en este proceso no le hacen bien a ninguna víctima. La primera, a usted misma.

Las víctimas no tienen por qué ser buenas ni mucho menos ejemplares, por supuesto. Una víctima puede ser incoherente, inestable, imprevisible, volver locos a abogados y a amigos, perder los nervios y los papeles sin tener necesariamente por ello que perder la razón en su denuncia. Se puede ser víctima y terraplanista, antivacunas, negacionista del cambio climático y, sí, también maltratar a otras personas a ratos o a impulsos. Desde fuera, Mouliaá parece ser, a su pesar, la perfecta mala víctima, y puedo entenderla. Debe de ser durísimo coger una bandera y que nadie se sume a tu lucha, pero tampoco se puede coaccionar a nadie a hacerlo. Claro que me creo su sentimiento. Pero que la conducta de quien lo provocó sea o no un delito con su consiguiente pena lo tiene que decidir un juzgado. Mientras tanto, es evidente que Elisa está sola. Muy sola. Y no debiera estarlo. Por eso, sin ser yo su madre ni su amiga ni su colega y sin que me toque nada, pero tocándome todo, vaya ese abrazo que nunca le he dado por delante de toda esta chapa.

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