Norteamérica
Alex Pretti es el último asesinado en este brutal retroceso democrático que vive EE UU; misión cumplida: el miedo se ha apoderado de las calles


Resulta vomitivo escuchar de tanto en tanto a alguno de los aduladores de Trump seguir postulándolo para el Nobel de la Paz. A estas alturas es evidente que enriquecer a su familia y a su corte íntima es la única de las finalidades de su estrategia de vaivén constante. Es complicado de precisar si el juego en Bolsa forma parte de la actividad lucrativa de los que le rodean, amparados en informaciones tan disruptivas que balancean los activos a golpe de titular chocante. La falsa crisis de Groenlandia sirvió para distraer de la terrible desestabilización de los Estados demócratas en su propio país. Pero el sábado a la tarde, de nuevo, otro manifestante fue asesinado a quemarropa en la calle de Minneapolis. Queda por ver la propia grabación de la víctima, que blandía su móvil en alto creyéndose protegido por la ley que defiende el derecho de manifestación. Pobre iluso, las tropas enmascaradas de Trump, que actúan como una guardia fascista, tienen una misión que cumplen a rajatabla: amedrentar a cualquier que aún esté dispuesto a salir a la calle a protestar contra la pérdida de libertades civiles que se está acometiendo en su país. Se llamaba Alex Pretti y es el último asesinado en este brutal retroceso democrático que viven los Estados Unidos. El miedo se ha apoderado de las calles. Misión cumplida.
Existe el convencimiento general de que nadie puede detener a Trump salvo los propios norteamericanos. Van a ser ellos en su país quienes tengan el último resorte para sacarlo del centro del poder. Es altísimo el precio que ya están pagando por creerse ingenuamente una deriva autoritaria en la que todo vale contra el inmigrante. La primera protección que han perdido es la suya propia como ciudadanos. Los están matando en retransmisiones que luego la autoridad reescribe, como si pudieran negarte lo que tus ojos están viendo. El resto del mundo permanece atónito en una posición de alarma, pero no tiene resortes para enfrentarse a la mayor potencia del mundo. Los que consideraban que su calidad de aliado los iba a proteger de los golpes indecentes de un líder errático estaban muy equivocados. La franquicia del capricho sólo la detenta el que viene amparado por una economía y un ejército potente. Lo hemos dicho muchas veces, si Trump fuera el presidente de una república bananera sería carne de burlas, la ironía es que está convirtiendo su país en esa fallida encarnación del malgobierno.
Ha sido precisamente en Davos un norteamericano, en este caso el primer ministro de Canadá, quien ha puesto las cosas en su sitio con un discurso pragmático y honesto. En respuesta, Trump le ha amenazado con arruinar la economía canadiense, aplicarle aranceles demenciales y de paso negar la independencia del país. ¿Se le ocurre a alguien una mejor estampa del comportamiento de un matón? Tratar de convertir a este gris banquero profesional que es Mark Carney en un antisistema es casi el mismo ejercicio de cinismo que el de convertir a un manifestante civil en un terrorista doméstico, como llaman las fuerzas represivas del trumpismo al último asesinado a tiros en plena calle. El invierno feroz ha llegado a Norteamérica, el problema que tienen por delante sus ciudadanos es que esa estación áspera y descarnada se les quede instalada en el calendario sin escapatoria posible. Mientras en Europa los aliados políticos de este error catastrófico siguen sumando votos, miramos a Estados Unidos por ver si sus ciudadanos son capaces de encontrar la solución al desastre que ellos mismos causaron.
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