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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El cuerpo de Yukio Mishima

El centenario del escritor ultranacionalista japonés nos recuerda que existe una identidad indisoluble entre obra y persona, y la separación entre ambas debe competer únicamente al lector

Cien años después del nacimiento de Yukio Mishima, la conmemoración del escritor japonés, candidato al premio Nobel y autor consagrado dentro y fuera de su país, ha pasado casi desapercibida: en Japón apenas ha habido actos de celebración, salvo algunos discretos encuentros académicos, y lo mismo ha sucedido en Europa. Sin duda, la deriva ultranacionalista del escritor, suicidado por seppuku junto a su amante Morita con 45 años, ha inspirado la escasa presencia del autor en este 2025. Estas someras iniciativas recuerdan lo ocurrido en Francia en el aniversario del polémico y brillante Louis-Ferdinand Céline, aunque entonces la conmemoración fue convertida finalmente en debate nacional, sin homenajes oficiales ni intentos de rehabilitación moral. En ambos casos late el mismo dilema: la separación entre obra y autor. Pero Céline no habría escrito Viaje al fin de la noche sin ser quien fue, el fanático antisemita, ni Heidegger habría elaborado su metafísica sin sus cuadernos negros y su adhesión al nazismo, ni Mishima sería uno de los mayores escritores en lengua japonesa sin su ultranacionalismo. Existe una identidad indisoluble entre obra y persona, y la separación entre ambas debe competer únicamente al lector.

Esa reciente dificultad de conmemoración está vinculada a la forma en que Mishima entendió la literatura, como necesidad de llevar la palabra al cuerpo y la acción, de transformar el lenguaje en acto. Severo Sarduy explicó bien en qué consiste escribir: no se trata de narrar una historia, sino de activar la dialéctica del deseo, de invadir el cuerpo del lector, de convertir la palabra en carne. Muchos autores han participado de este convencimiento, pero pocos como Mishima, quien buscó la verdad en su propia vida, cambiando carne por palabra, espada por pluma. Ese cruce entre literatura y cuerpo está profundamente atravesado por los temas que dominaron su obra y que lo arrastraron hacia el propio final: el deseo, la muerte y la belleza. Mishima pertenece a esa alianza entre literatura y transgresión que Bataille llamó “lo heterogéneo”: aquello que resiste la asimilación por las lógicas homogéneas del capitalismo, aquello que irrumpe en el curso regular de las cosas y conserva algo de sagrado en un mundo dominado por la mercancía, algo de lo que también participó Pasolini, si bien las posturas políticas en ambos autores son del todo antagónicas.

En Mishima, lo estético y lo político laten juntos en ese punto donde la palabra busca transformarse en acto. De ahí que sus novelas permanezcan atravesadas por los mismos impulsos que condujeron a su muerte, esa tensión entre erotismo y sacrificio, entre lo que desborda la lógica del mercado y la forma inquietante de una heterogeneidad que no se deja domesticar. Escribió en el cuerpo y desde el cuerpo, convirtió su musculatura en una forma de inscripción literaria. En el abandono de la palabra por el cuerpo y la acción, Mishima inicia una deriva hacia el cultivo extremo del cuerpo y la disciplina física absoluta. Su descontento político con la sumisión de Japón y su decisión de forjarse una anatomía sometida al rigor desembocaron en el incidente de Ichigaya: 25 de noviembre de 1970 entró en las instalaciones de la Fuerza Terrestre de Autodefensa, pronunció su último discurso y, sabiendo de antemano el fracaso del gesto, consumó el suicidio ritual. De ese modo encarnó al héroe japonés, el virtuoso que no espera la victoria: su sacrificio era el desenlace previsto, un acto de lo que Bataille llamó “gasto improductivo”. Ese gesto extremo, estético y político, respondía a su rebelión ante el capitalismo importado de Estados Unidos tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial, que Mishima identificó como enemigo: el dominio debilitador de la cultura consumista, el influjo pernicioso de Occidente y el abandono de lo sagrado que reconocía en la figura imperial. La degradación moral, la vileza del sometimiento de Japón a Occidente, generaron en él una nostalgia de un pasado perdido que le hizo fundar su propio ejército. Su gesto final, su sacrificio, su irrupción extrema en la vida pública funcionaron como la culminación política de su proyecto estético. En una entrevista dada pocos días antes de morir, dijo estar agotado: “Espere y verá lo que hago. Si verdaderamente mi lógica no se sostuviera en una experiencia original, si simplemente flotase en el aire, mi estética sería una gran mentira.” Las cabezas cortadas de Yukio y Morita cerraron ese programa donde el cuerpo y la política se convirtieron en un mismo texto.

La literatura no se debe a la corrección política, ni al entretenimiento, sino a una conversación con lo que somos, incluso cuando esta resulta áspera e ideológicamente cuestionable. Leer el cuerpo de Mishima, la exuberancia de su talento, precisamente porque desborda las categorías cómodas, exige ese diálogo complejo entre obra y vida que la sucinta conmemoración del centenario ha parecido evitar.

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