Una mañana de silencio
Contra el movimiento sin acción, las palabras sin significado, el ruido sin sosiego, es muy instructiva la calma del campo en invierno


En la última tarde del año me cruzo con un grupo de adolescentes en el momento en el que uno de ellos dice: “Me voy a agarrar un pedal esta noche…” Lo dice con la misma neutralidad con la que informaría a los otros de que va a tomar un tren o a preparar unas oposiciones. Yo aprovecho esas horas de calma previas a la gran banacal para disfrutar el último silencio del año, que es un adelanto del que llegará mañana, cuando la quietud sea tan completa como la de un paseo por el campo, o por una ciudad deshabitada. En la primera mañana mucha gente se alivia la estridencia nocturna y la resaca con el kitsch lujoso del concierto de Año Nuevo en Viena. Yo prefiero adentrarme en esta especie de lago liso de silencio sabiendo bien que no habrá muchas oportunidades de que se repita en los próximos doce meses, a no ser que uno se retire en pleno campo, o a un pueblo como el que a mí me acoge estos días, en el que hasta los conatos de gran juerga quedan limitados por la media de edad de los habitantes, y quizás también por un sentido de la mesura que induce más a la celebración alimenticia y fraternal que al vandalismo alcohólico. En el pueblo la iluminación navideña es tan comedida como los vasos de plástico y los restos de cotillón que uno encuentra en la plaza de la iglesia al salir esta mañana. De noche, las estrellas de Belén y las guirnaldas de luces rojas y azules se dibujan contra el cielo muy oscuro en los callejones últimos que dan al campo. La plaza de la iglesia se abre a la vega y al horizonte de cerros y montes sucesivos como una de aquellas “altas barandas” de Granada que alentaban la imaginación visual de García Lorca. En la media mañana silenciosa el aire húmedo huele a humo de leña. Ahora me doy cuenta de que en este pueblo de nombre y topografía musulmana las calles estrechas ascienden por la ladera en cuestas difíciles como las del Albaicín, que está tan lejos. En calles así es fácil oír muy cerca pasos y voces de gente que uno no llega a ver. La escasez de los sonidos afila el oído. El viento suave y frío hace rodar vasos de plástico sobre las losas de la plaza.
Buscar los orígenes de las palabras es una arqueología sedentaria. El Jano etimológico que está debajo del nombre de enero es el dios romano de dos caras, una de las cuales mira hacia el pasado, y la otra hacia el porvenir. Es curioso que en portugués la palabra ventana -janela- tenga la misma procedencia. En el silencio duradero de la mañana -hay todavía mucha gente trasnochadora durmiendo detrás de tantos postigos cerrados- la mirada severa del dios no se enfrenta a dos panoramas simétricos, como sus dos caras. Una ventana de Jano se abre a la abundancia abrumadora de los hechos privados y públicos ya sucedidos; la otra ventana da a un gran espacio en blanco, una incertidumbre para algunos esperanzadora y para otros temible. El porvenir de mañana mismo es tan inescrutable como la fisonomía de bronce o de mármol del dios. Y los dioses antiguos no se distinguían precisamente por su compasión hacia los seres humanos. No sabemos qué pasará en nuestra vida ni siquiera dentro de unas horas. Pero no necesitamos el don de la profecía para saber que en el nuevo año se prolongarán muchos de los horrores del anterior, y que la sombra de los desastres climáticos vendrá acompañada de otra más oscura: la conciencia de que dos o tres megalómanos investidos de un poder sin límites tienen la facultad de desatar en unos minutos un apocalipsis nuclear.
Esta primera mañana es la primera página de un cuaderno en el que anotamos la fecha con la ligera extrañeza de escribir por primera vez la cifra del nuevo año. La hoja todavía en blanco se parece al silencio en el que nos recreamos con una conciencia muy clara de su excepcionalidad. En los tiempos de los periódicos solo en papel, que no se vendieran este día era un rasgo singular de la fiesta, y acentuaba la sensación de tregua. Ese reposo breve ya no es posible en esta época en la que todo está ocurriendo siempre a cada momento, a no ser que uno tenga la fuerza de voluntad o el hartazgo o la simple apatía de permanecer desconectado, al menos durante una mañana, durante un solo día hasta el anochecer.
Ernest Hemingway, hombre frenético que sabía de lo que hablaba, decía que no deben confundirse el movimiento y la acción. Hay personas agitadas por una convulsa necesidad de movimiento que no llega a cuajar en ninguna acción firme, sustantiva, lo mismo que hay conferenciantes y charlistas y demagogos que no callan nunca y nunca dicen nada sensato o práctico, nada que no hayan repetido y estén repitiendo siempre los demás miembros de su numerosa cofradía. En este sentido, Lao Zu y Manuel Azaña son de la misma opinión. En el Tao Te Ching, Lao Zu dice: “El que sabe calla; el que habla no sabe”. Menos lacónico, pero no menos certero, Azaña escribió que, si en España cada uno solo hablara de lo que sabe, se haría un gran silencio muy beneficioso para trabajar.
Contra el movimiento sin acción, las palabras sin significado, el ruido sin sosiego, son muy instructivos la calma y el silencio del campo en invierno. En la barra de uno de los dos o tres bares del pueblo, un amigo que dejó la vida de ciudad para hacerse agricultor, me dice: “Aquí es donde puedo apreciar de verdad el paso de las estaciones, y ver cada una tal como es”. En esta comarca de agua abundante y de una biodiversidad que estalla de golpe con la llegada de la primavera y se prolonga hasta la plenitud de las cosechas de manzanas, uvas y membrillos, y los colores del otoño, el invierno profundo es una estación austera, de tonalidades esteparias, con pinares de verdes apagados en los montes de tierra rojiza, con manchas grises de chopos y abedules desnudos a lo largo las orillas del río. Los manzanos, los cerezos, los ciruelos, los nogales, dibujan sus siluetas peladas y oscuras contra una tierra que se quedó exhausta después de la fertilidad incesante de las estaciones anteriores. En algunos huertos quedan todavía las tomateras colgando como trapos viejos de las armazones de cañas que las sostuvieron. Se puede oír algún pájaro aislado que nunca se ve; o los picotazos secos de un pájaro carpintero. A estas alturas del invierno las únicas flores que prosperan son las de los jaramagos blancos, frágiles de apariencia y resistentes a las heladas, capaces de encontrar alimento con sus raíces en la tierra endurecida. El agua del río, que en épocas de tormentas tiene un color de tierra, ahora brilla con una transparencia fría de verde de botella. Solo se oye la corriente briosa, y el viento en las copas verticales.
Es la calma profunda, el apaciguamiento de la vida orgánica, desde los grandes árboles y los corzos y los jabalíes del monte hasta las lombrices, los caracoles, las hormigas en su letargo bajo tierra, las semillas en la catalepsia anterior a la germinación, los microorganismos y los hongos que al descomponer las hojas caídas y la hierba seca van creando la capa delgada de suelo fértil de la que toda la vida depende, incluso la nuestra, en la misma medida que del aire y el agua. En pleno invierno se distinguen mejor las manchas de tierra casi estéril en las que ha crecido -no puede decirse que se haya cultivado – el maíz transgénico tratado con dosis gradualmente más altas de pesticidas, herbicidas y fertilizantes químicos, maíz destinado a convertirse en biocombustibles o en alimento para los pobres animales cautivos de las macrogranjas, en las que el estrépito de la maquinaria productiva no se detiene nunca, ni existen el día ni la noche, como en las fábricas inhumanas de la Revolución Industrial. Traiga el año nuevo lo que traiga, cada uno lo vivirá mejor si se concede de tarde en tarde un santuario de silencio, al menos como el de esta mañana.
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