Amar quienes fuimos
A día de hoy no me haría ninguno de los tatuajes que llevo. Pero no pienso ni pagar ni sufrir el trámite de borrar ninguno de ellos


En algún sitio le leí a mi querido Dani de Fernando, editor de Monóculo, que el sentido de los tatuajes es obligarle a uno a amar quien fue. O, al menos, recordárselo. Tiene razón, pero cada vez son más quienes reniegan de ello: la pandemia de las pieles tatuadas en mi generación ha traído como contrapartida el auge de los centros de láser para borrarlos. Supongo que no todo el mundo está dispuesto a asumir que hubo un tiempo en el que le pareció buena idea estamparse un Piolín en la nalga, o un tribal en la espalda baja, o un símbolo de infinito en la nuca. Para borrarse un tatuaje no solo hay que mirar con condescendencia o escándalo a quien uno fue cuando decidió hacérselo: hay que estar en abierta rebelión contra ese yo pretérito.
A mí me ocurre que a día de hoy no me haría ninguno de los tatuajes que llevo. Como en tantas otras cosas, también en esto he tenido que darle la razón a mi padre: lo original ha acabado siendo tener la piel impoluta. Pero no pienso ni pagar ni sufrir el trámite de borrar ninguno de ellos, no sé si porque como dice Dani de Fernando he aprendido a querer a la veinteañera que se los hizo o porque un garabato en la piel en el fondo no es tan importante. Ni como para hacérselo ni como para quitárselo.
Así que mis tatuajes, todos muy pequeños, van perdiendo color. A uno de ellos se le están juntando las letras, porque resulta que la tinta con los años se expande. Es una pulsera muy finita que me rodea la muñeca izquierda y que en un momento se convierte en un nombre con minúsculas ligadas: maga. La tipografía la diseñó mi amiga Andrea. Supongo que hay cientos, quizá miles de veinteañeras a lo largo y ancho del mundo que se han tatuado el nombre de la protagonista de Rayuela, pero yo me sentí muy especial aquella tarde. Para eso se hacen los tatuajes, pero si encima uno escoge el personaje más etéreo de una de las novelas más etéreas del siglo XX, aún más.
La leí una vez al año entre los 16 y los 20 y aún me sé pasajes de memoria, incluido el capítulo 68, que está escrito en glíglico, un idioma creado por Julio Cortázar. Como muchos otros fragmentos de la novela, es un experimento lingüístico que roza la magia: aunque muchas palabras son inventadas, la escena es totalmente comprensible para el lector casi desde la primera línea. Arranca así: “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes”.
Siempre digo que aprendí a leer dos veces: la primera fue con seis años y me enseñó mi profesora Rosa. La segunda, Cortázar en cuarto de la ESO, cuando cogí Rayuela de la biblioteca del instituto y no lo devolví hasta que me compré mi propio ejemplar. Dejé de leerla anualmente, algo que se había convertido para mí en un ritual, el día que me di cuenta de que una de las citas que más me gustaban había dejado de hacerlo. No me parecía que tuviera sentido.
Es muy probable que no vuelva ya nunca más a sus páginas, por miedo a que me pase lo mismo con muchos de los subrayados que entonces memoricé como textos sagrados. Porque igual Sabina tenía razón y al lugar donde uno ha sido feliz no debiera tratar de volver. Y quizá también porque los libros que nos marcan en la adolescencia y la primera juventud son como los tatuajes: se queden con nosotros para siempre y nos obligan a amar quienes fuimos. O, al menos, a recordarlo.
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