Una culpa colectiva
Ya no se ofende al viejo Dios y a nadie le importa el infierno; con nuestra conducta ahora se ofende a la naturaleza


La gente ha superado el miedo al infierno, un castigo que la tuvo acogotada durante muchos siglos. Si bien ya no existen pecados y ni pecadores como los de antes, no obstante, la culpa colectiva permanece, solo que ha cambiado de signo. Hoy el infierno se llama cambio climático, y el pecado consiste en negarlo y pecadores son quienes ofenden de alguna forma al planeta; de hecho, el CO2 es para los ecologistas lo que el sexo disoluto era para la Iglesia, el que más condenados al fuego eterno cosechaba. El cambio climático no tiene que ver con los cataclismos brutales que suceden en la naturaleza, sino con la creciente aceleración y extremada violencia con que se producen. Pero en este sentido existe un fenómeno muy extraño que empieza a dar la cara. Se trata de que las semillas se están volviendo locas, han perdido la noción del tiempo y germinan cada una cuando quiere, una locura que ha comenzado a trasmitirse al alma humana. Ante esta confusión existen creyentes y agnósticos, ateos y herejes, puesto que el cambio climático ha tomado un carácter ideológico, incluso religioso. A este paso muy pronto se producirán rogativas y procesiones con flagelantes contra el deshielo de los glaciares y casquetes polares como las había antiguamente contra la peste bubónica. Nuestro paso por este mundo en proporción con el tiempo del universo apenas equivale a la chispa de una hoguera, que nos impide darnos cuenta de que habitamos un planeta vivo y corremos su misma suerte. Ya no se ofende al viejo Dios y a nadie le importa el infierno; con nuestra conducta ahora se ofende a la naturaleza, de modo que la gente ya ha comenzado a aceptar cualquier cataclismo del planeta como un castigo. Los profetas del cambio climático auguran que un día el mar se tragará las toallas de esos bañistas que se ofrecen en sacrificio al sol como en un altar, embadurnados de crema, quienes verán con espanto que la ola avanza y ya no retrocede porque ha salido del mar con el propósito de expiar una culpa colectiva.
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