La patria en verano
Cuando una se hace mayor entiende la nostalgia del tiempo y del espacio que deja atrás


Cuando en los años noventa escuchaba a Ana Belén cantar ese clásico de León Gieco que dice “solo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente” no entendía absolutamente nada. ¿Qué dolor? ¿De quién? ¿Si algo te duele puedes ser indiferente? Supongo que cuando esa tonada sonó en todas las radios de España yo estaba demasiado ocupada siendo una niña ufana, que en julio salía del valle en el que pasaba el invierno aprendiendo a hacer raíces cuadradas para ir a una aldea de mar, a pescar luras con una tanza y a merendar bocadillos de mortadela con queso más un Drácula de postre (o una adolescente a la que todas las tardes de agosto sus amigos pasaban a recoger para ir a una piscina con tres trampolines cuyo aire olía a cloro, a hierba cortada y a salchichas a la plancha; la misma que en septiembre se ponía unas zapatillas con suela de goma para montarse en la barca vikinga y darse besos con sabor a vino de bodega o a Martini blanco calentorro a la orilla del río o en el portal de casa después de haber ido a ver los fuegos artificiales de las fiestas de la Encina). En aquellos años había quien decía que la Historia en mayúsculas se había acabado. El otro día la adulta que ahora pasa los veranos entre paredes grises en un polígono industrial se subió al metro después de un largo día de trabajo a la vez que uno de esos trovadores de vagón que se disculpan antes de nada por estar buscándose la vida en un país en el que no nacieron ni el que les apetece morir. Ella se sentó. Él se dispuso a cantar el clásico de Gieco. Ella reparó en una pegatina adherida a uno de sus altavoces. Ponía “Te añoro Pirirebuy”. Buscó fotos del paraíso perdido de aquel hombre. Vio praderas llenas de palmeras, un río ancho, cascadas. Sin saber nada de su infancia no le costó nada comprender la nostalgia y la franqueza con la que entonó la estrofa que dice: “Desahuciado está el que tiene que marchar a vivir una cultura diferente”.
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