Los fantasmas de las generaciones vivas
En las sociedades densamente interconectadas, los cambios en las formas de vida se contagian también por abajo; el 15-M fue un ejemplo de ello

En un artículo reciente (Viejos y jóvenes), Santiago Alba Rico reflexionaba sobre la memoria política de su generación. Afirmaba que los “boomers de izquierdas” fantasean con su juventud militante, mientras critican la falta de cultura y compromiso de los nacidos veinte años después. Para el autor, sin embargo, frente a la “minoría bastante fanática” de su quinta durante la “transición a la democracia”, hoy los jóvenes progresistas milenial serían una “minoría democrática en una transición global a la dictadura”. Coincido en que toda generación sabe extrañar su pasado mientras critica su presente, porque busca en su juventud justo en aquello que ha dejado de poder ver ante sus ojos. Una generación envejece socialmente cuando aprende a reproducir —en sus propios términos— el mundo que antes confrontaba. Frente al envejecimiento democrático, el 15-M fue un revulsivo, el triunfo de “un sentido común oceánico” que, sin la guía de ninguna minoría, permitía “hacer política en serio”. Nuestro presente político nace y muere de aquel momento. Y, desde ahí, el texto de Santiago me sugiere tres reflexiones, a propósito del lugar de las minorías, de la relación entre las generaciones y de las discontinuidades entre sus diferentes experiencias políticas.
La segunda mitad de los años setenta fue la época de una progresiva reforma política, pero también de una revolución cultural. Muchos estudios han demostrado las continuidades del capital y el Estado, en sus lógicas y violencias, antes y después de 1978, al mismo tiempo que hay pruebas suficientes para afirmar que, entre 1968 y 1986, la vida cotidiana cambió radicalmente. Esa transformación fue posible gracias a las prácticas de su juventud, a los cambios en los valores y modos de vida de grandes minorías que dejaron de serlo. En 15 años, una dictadura católica, nacionalista, militar y machista, se transformó en una sociedad secular, abierta, tolerante y pacifista, con todos los matices y reparos que haga falta hacer.
Es cierto que vivimos en burbujas y que confundimos los límites de nuestros mundos con los límites del mundo. Pero, en sociedades densamente interconectadas, los cambios en las formas de vida se contagian también por abajo. Se extienden por resonancia, en lo que Felix Guattari llamaba una “revolución molecular”. Así se estableció públicamente el sentido común del 15-M, como una primavera repentina. La imagen de una generación existe como una nube, como una bandada de pájaros. Solo alcanzamos a comprender su forma por agregación. Y no sabemos por qué caminos el trabajo idealista, autocentrado —cuando no abiertamente destructivo— de los miembros más intelectualizados o sensibles de una cohorte se conecta con la ampliación de las mentalidades colectivas. Las minorías concienciadas no funcionan necesariamente como vanguardias (por “irradiación”), aunque haya una clara relación entre militancia y cambio social, entre las multas a los activistas de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y la posibilidad de imaginar soluciones colectivas a la actual crisis de vivienda. Unas veces punta de lanza de un cambio, otras canarios en la mina ante el escape de gas, siempre la clave política de las esperanzas de la juventud hay que buscarla en sus inadaptados, en la parte de cada generación que la estructura social excluye de partida, pero también en aquellas minorías no dispuestas a comulgar con las distintas ruedas de molino a su disposición.
En 1957 el poeta judío, homosexual, hijo de madre migrante, Allen Ginsberg fue juzgado por obscenidad en la California macartista, tras publicar Aullido. Este era un libro sobre otras minorías, sobre aquellas “mejores mentes de [su] generación”, cuya destrucción precisamente volvía contemplable a la generación en sí. Su desaparición hacía traducibles sus rupturas, homenajeando a su espíritu. Porque, cuando una generación envejece, todo lo que no fue capaz de realizar se convierte en fantasma. Y ese fantasma obliga precisamente a sus miembros activos al diálogo con sus predecesores o con sus descendientes. En este juego de flujos y reflujos se volvían posibles, hasta no hace tanto, ampliaciones de derechos, mejoras materiales y oportunidades de vida. De su desaparición nace precisamente el sentido común del 15-M como revolución sensible. Su demanda mesocrática, ingenua cuanto legítima, tenía que ver con esa discontinuidad, con la ruptura de un pacto entre fantasmas y generaciones, con la crisis política de la socialdemocracia como el altar donde ese conflicto se resolvía antaño.
El espectro de la revolución ciudadana del 15-M pulula más allá de su traducción partidista, de la profesionalización de sus gestores, de los diferentes compromisos, lealtades y olvidos que —mientras el tiempo pasa— hemos ido afrontando desde entonces. Es importante preguntarse por todo lo que se ha quedado en el camino, por los fantasmas de “los sueños que no cabían en las urnas”. Y, además, mientras el imaginario de la democracia se devalúa, lo público se privatiza y las sociedades europeas se vuelven más desiguales, ansiosas y crueles entre la propaganda y la guerra, es urgente aprender a escuchar las nuevas promesas de vida mejor que las próximas generaciones habrán de extender sobre el aire de otra época que tampoco puede ser completamente nuestra.
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