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La trampa ‘hillbilly’

La estrategia de Trump pasa por aunar el apoyo de dos grupos con intereses aparentemente contradictorios, los ricos y el electorado blanco y pobre

Donald Trump, J.D. Vance
Los candidatos a la presidencia de EE UU, Donald Trump, y a la vicepresidencia, J.D. Vance, durante la convención republicana, el 16 de julio en Milwaukee, Wisconsin.Joe Raedle (Getty Images)
Oriol Bartomeus

La elección del compañero de ticket de Donald Trump para las elecciones del próximo noviembre responde a un cálculo electoral básico: J. D. Vance representa al electorado blanco y pobre del cinturón del óxido, el territorio desindustrializado que es clave en la elección, y que ya lo fue en 2016, cuando garantizó la victoria de Trump en los Estados (Michigan, Pensilvania, Ohio) que le aseguraron la mayoría en el colegio electoral que le dio la presidencia (a pesar de haber perdido en voto popular).

La estrategia de Trump ahora (como entonces) pasa por aunar el apoyo de dos grupos con intereses aparentemente contradictorios. Por un lado, el gran capital (blanco, por supuesto) y por el otro los trabajadores industriales que han visto como cerraban las fábricas que habían dado sentido a sus comunidades para trasladarlas a países (México) que garantizaban a sus propietarios menores costes laborales (además de sindicatos menos combativos y legislaciones más laxas). Propietarios que son, en su mayoría, parte del voto (y del apoyo financiero) de la candidatura republicana y que, gracias a ello, se beneficiaron de la mayor rebaja impositiva a las clases más pudientes en 30 años, impulsada por Trump en 2017.

¿Cómo es posible que las áreas más deprimidas del país den la presidencia a alguien que objetivamente legisla contra sus intereses? Pues creando una contraposición que esconda la anterior, algo que tradicionalmente viene haciendo el nacionalismo de derecha. Trump une los intereses contradictorios de la “gran nación blanca” señalando enemigos exteriores (China, los inmigrantes indocumentados) e interiores (woke), frente a los cuales no existen diferencias entre pobres y ricos blancos, todos ellos unidos en la preservación de la América eterna. Así, es China la que se llevó sus fábricas, son los inmigrantes los que les quitan el trabajo y son los izquierdistas radicales los que han acabado con la moral y los principios que un día hicieron grande ese país.

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El caso particular de Vance es aún más evidente de esta discordancia de fondo en el discurso republicano. El candidato a vicepresidente, autor de un libro elegíaco del universo de los pobres blancos de los Apalaches (los hillbilly), proviene del Estado de Ohio, la zona cero de la pandemia de los opiáceos que asola a la clase empobrecida blanca y que no está causada ni por los woke ni por China sino por una de esas familias blanquísimas (y riquísimas) a las que Trump rebaja sus impuestos, en buena parte gracias al voto de sus propias víctimas.

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