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El debate | ¿Son demasiado caras las entradas de los conciertos?

El precio de la música en directo está aumentando muy deprisa en los últimos años y empieza a ser normal pagar cientos de euros por las mejores entradas de los artistas más conocidos, aunque el fenómeno afecta a toda la industria, nacional e internacional

Taylor Swift, durante su actuación en Lisboa el pasado 24 de mayo.
Taylor Swift, durante su actuación en Lisboa el pasado 24 de mayo.MIGUEL A. LOPES (EFE)

Taylor Swift actuará este miércoles y jueves en Madrid ante un estadio Santiago Bernabéu lleno, con precios de venta oficial entre 80 y los 500 euros por entrada. Aunque sea el espectáculo más deseado del momento, la cantante estadounidense es el exponente máximo de una inflación de precios en las entradas de la música en directo que se ha acelerado en los últimos años y que afecta tanto a espectáculos internacionales como nacionales. ¿Están justificados los precios actuales para ver a los artistas en vivo?

El periodista musical Nando Cruz, autor del libro Macrofestivales. El agujero negro de la música, argumenta que hay una concentración en el negocio que fomenta el abuso en los precios. Por su parte, el promotor de conciertos Alfonso Santiago, CEO de Last Tour, defiende que los precios son caros o no en función de la categoría del espectáculo, y que hay variables que no son percibidas por los espectadores que afectan al precio final de la entrada.


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Nando Cruz

La vida está muy cara, sí. Y la vivienda. Y la gasolina. Y el aceite. Pero la economía no es fruto del azar. Las nubes y los anticiclones vienen y van el ser humano puede hacer poco más que preverlos, pero el alza y caída de los precios no son fenómenos meteorológicos, sino el resultado de acciones y decisiones de determinadas personas. Y, en un mercado tan poco regulado como el de la música en vivo, hay varios factores que explican porqué los conciertos son cada vez más caros. El primero es que las giras son hoy la principal y a veces la única fuente de ingresos de los grupos. El segundo, la aparición de las empresas vendedoras de entradas y sus gastos de gestión. El tercero, una creciente concentración de poder que facilita prácticas monopolísticas de todo tipo.

El cuarto y más determinante es que la industria del espectáculo ha decidido que, si estamos es un mercado libre y la música en vivo no es un producto de primera necesidad, cada concierto puede valer lo que el público esté dispuesto a pagar. Y hay gente dispuesta a pagar muchísimo dinero para asistir a determinados eventos. De hecho, un porcentaje muy significativo del público de macroconciertos son extranjeros con notable poder adquisitivo para los que viajar a España para ver a su grupo favorito es un combo estupendo: turismo musical.

Michael Rapino, presidente de la todopoderosa promotora estadounidense Live Nation (asociada desde 2009 con Ticketmaster, la tiquetera más importante del mundo), afirmó hace justo un año que las entradas aún son baratas y justificaba su provocativa declaración en la reventa. Si su empresa vende las entradas de Madonna a 200 euros y alguien las revende a 800, Live Nation está perdiendo 600. Así calculan los grandes ejecutivos del sector. Por eso ya están implantando los precios dinámicos, un mecanismo similar al que usan las compañías aéreas según el cual las entradas subirán de precio si detectan mucha demanda.

No hay mejor excel para calibrar el encarecimiento de los conciertos que el de Pearl Jam. Su debut en Madrid de 1992 valía 1.800 pesetas. En 1996 cobraron 2.800 y en 2000, 4.000. Muerta la peseta, verlos en 2006 costó 38 euros (6.322 pesetas). Una década después, la industria del disco se había desmoronado por completo, los festivales ya distorsionaban la cotización real de las bandas, los gastos de gestión campaban a sus anchas y la industria empezaba a tantear el filón de las zonas VIP. El directo de Pearl Jam en 2018 costó entre 55 y 85 euros con gastos de gestión de 7 a 10,50. Vistas hoy, son cifras ridículas. La entrada más barata para verlos este verano en Barcelona es más cara que la más cara de 2018. ¡Las hay a 232 euros! Y hablamos de un grupo que en 1995 se enfrentó a Ticketmaster por unas prácticas abusivas y monopolísticas que solo ahora empiezan a ser cuestionadas por la justicia estadounidense.

Múltiples maniobras han convertido la música en vivo en un artículo de lujo solo al alcance de bolsillos holgados. Y, sin embargo, las condiciones en las que celebran esas actuaciones no siempre están a la altura del precio a pagar: recintos gigantescos, acústica deficiente, visibilidad escasa resuelta mediante pantallas, colas… La gran paradoja de este negocio es que cuanto más grandes son los conciertos y más obstáculos generan entre el espectador y el artista, más caras son las entradas. Pero la forma más fácil de obtener los máximos beneficios con un concierto es reunir al máximo de gente, así que si alguien se niega a verlo y oírlo en condiciones incómodas, siempre puede pagar dos o tres veces más.

El circuito de la música en vivo está cada vez más controlado por menos manos y se encamina a una suerte de futbolización. Por un lado, se está configurando una primera división de espectáculos y artistas que cobran precios astronómicos, generan beneficios millonarios y son inalcanzables para la inmensa mayoría de público. Y, en paralelo a esta Champions, pequeñas canchas y locales acogen modestas liguillas y giras cuyos protagonistas asumen la profesionalización como algo es inalcanzable y quizá ni pueden plantearse cobrar entrada.

La especulación de toda la vida, en versión pop.


Costoso no es lo mismo que caro

Alfonso Santiago

De siempre, dentro de mi educación y valores decir de algo o alguien que era superficial era claramente despectivo, se correspondía a la definición de la RAE: ”Que se preocupa solo de la superficie o aspecto externo de las cosas. Frívolo, vacuo, liviano, sin profundidad”. Siempre han existido personas o información superficial, pero posiblemente la era de la comunicación digital ha acentuado la superficialidad. Todo es rápido, es preciso comunicar con urgencia, tratar de generar virilidad o construir titulares que impacten y generen tráfico online. La profundidad o la verdad han tomado un papel secundario para muchos periodistas o informadores. Y eso alimenta a toda una sociedad que vive en una maraña informativa donde trata de construir su propia opinión y la información que llega poco ayuda.

Yendo al tema en cuestión. Prefiero ser concreto y entrar en temas específicos, no quiero caer en la superficialidad generalizando. Creo que ello penaliza a los profesionales honestos, coherentes y equilibrados de la industria de la música, que son muchos; y enmascara a los que son todo lo contrario, que los hay.

Voy a hacer mi reflexión en torno a dos conciertos que este año tienen lugar en España. El primero es de una artista que ofrece un concierto de más de tres horas en un estadio; con un gran elenco de algunos de los músicos más cualificados a nivel mundial; un buen número de bailarines, coristas y figurantes; la más alta tecnología audiovisual del momento y decenas de los mejores profesionales en realización, edición, emisión o fotografía; los mejores diseñadores escénicos y de iluminación; cerca de 100 trailers para mover toda esa tecnología y material técnico para hacer posible los shows con sus consiguientes choferes y combustible; cerca de 1.000 personas de seguridad y carga/descarga que trabajan durante días para cada show; más de 100 profesionales de alta cualificación que llevan involucrados más de 18 meses en un concierto de esta tipología en temas de comunicación, administración, ventas, marketing, booking o producción; miles de habitaciones de hotel para alojar a los trabajadores de gira durante varios días y sus consiguientes dietas; uno de los mejores estadios del mundo; un porcentaje importante de costes en impuestos directos, indirectos y seguros; y teloneros que podrían figurar en la parte alta de los más grandes festivales nacionales. Un concierto de esta envergadura conlleva los mejores profesionales, la tecnología más avanzada y el mejor recinto. La mayoría de tickets están entre los 80 euros y 120 euros.

El segundo ejemplo es un artista nacional de largo recorrido, ofrece un concierto de cerca de dos horas en un pabellón, con un telonero emergente, se desplazan 16 personas en furgoneta con la estructura básica de profesionales, con planteamientos técnicos de calidad, pero sin grandes alardes. Un show simple con un número limitado de personas implicadas en la producción y con una entrada de unos 50 euros.

Desde la superficialidad, multiplicar y sumar es fácil, lo profundo es entender las restas y divisiones que afectan a las facturaciones de conciertos. Existen conciertos caros y baratos o de precio razonable. Igual que existen conciertos costosos y asequibles. Para mi forma de entender, son cuatro variables diferentes y todas ellas actúan entrelazadas. Si tuviese que aventurar una opinión con los datos que he apuntado respecto al precio de estos conciertos, el primero de estadio diría tiene una entrada algo costosa con un precio claramente barato o equilibrado. El segundo en un pabellón, aun teniendo un ticket mucho más bajo que el primero, me parece menos costoso, pero bastante más caro.

Por favor, tratemos de ser más profundos y busquemos la verdad. Es la forma de construir una sociedad mejor en que no generalicemos poniendo un velo negro sobre todo un sector y así podremos denunciar con solidez las prácticas abusivas y la codicia de algunos. Que sí, igual que en otros sectores, también los hay en la industria musical.



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