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AL HILO DE LOS DÍAS
Tribuna
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Claves de razón práctica (sobre políticos y filósofos)

El deterioro moral en el ejercicio de la política no es un fenómeno exclusivamente español. Tiene que ver con la crisis del sistema de representación en las democracias

Cebrián 120224
Eva Vázquez

Encabeza este artículo el nombre del mensual que Fernando Savater promovió al amparo de El PAÍS desde los años noventa, y en homenaje a su contribución a la historia de nuestro diario. Remedando al famoso ensayo de Kant, Crítica de la Razón Práctica, el título de la revista convocaba a la reflexión sobre el ejercicio de la voluntad y los valores morales. La prosa del alemán es enrevesada y algunas traducciones no muy buenas. Sin embargo, establece una máxima sobre la ética política casi inamovible desde entonces. “Lo obviamente contrario al principio moral —dice— es cuando la felicidad propia se convierte en motivo determinante de la voluntad”. Y añade que cualquier tramposo en el juego, aunque se enriquezca, debe despreciarse a sí mismo por inmoral y no enorgullecerse de su inteligencia o habilidad para ganar haciendo trampas. No creo que el presidente Sánchez haya leído a Kant, pero debería hacerlo.

En el barrizal de la discusión jurídica sobre el futuro de la ley de amnistía corremos peligro de olvidar el debate sobre lo más preocupante: la deriva inmoral de un Gobierno, cuyo presidente decidió pagar un precio por su investidura, en connivencia con prófugos de la justicia y delincuentes convictos y confesos, a cambio de poder mantenerse en el poder. Es lamentable que los portavoces de un partido democrático fundamental para la democracia española como el PSOE entonen de continuo la zarabanda de estupideces que se manejan en una discusión que versa sobre cualquier cosa menos sobre un proyecto político. No es hora de recapitular la cantidad de mentiras y despropósitos que el presidente y varios de sus ministros han difundido a cambio de un puñado de votos. Para asombro de la opinión pública, la ley de amnistía la están redactando los propios amnistiados y la presidenta del Congreso permite que se acuse de delincuentes, desde la tribuna del Parlamento, a los magistrados y fiscales que aplicaron justicia. Si la amnistía no tiene fundamento cívico, como en estas páginas recordaba recientemente Jordi Amat, es porque tampoco tiene fundamento moral. Ni por parte de quienes se benefician de ella, que no se declaran arrepentidos de sus delitos, ni por parte de quienes la conceden en un verdadero intercambio de favores. La suposición de que el motivo es mejorar la convivencia es toda una farsa. Lo que ha generado, en cambio, en contra del pretendido interés general es una confusión política y social sin precedentes en nuestro país desde el comienzo de la democracia. Sánchez pasará a la historia como el presidente que más ha dividido a los españoles, al frente de una impostada mayoría progresista que no es más que un sindicato de intereses entre sus miembros, a los que primordialmente une el reclamo del poder. También la imposición de sus particulares obsesiones ideológicas, a costa del ejercicio de la libertad.

Este deterioro moral en el ejercicio de la política no es un fenómeno exclusivamente español. Tiene que ver con la crisis del sistema de representación en las democracias, la profesionalización de los propios políticos, la traición de muchos de ellos a sus creencias en nombre de sus intereses, y el distanciamiento de las instituciones respecto a las necesidades y demandas de los ciudadanos. Que varios ministros, diputados y portavoces del actual Gobierno sean capaces de defender la impoluta constitucionalidad del proyecto de ley de amnistía, después de declarar lo contrario abiertamente días antes de las elecciones, es la prueba del poco respeto que guardan hacia sí mismos. Pero sin un mínimo de integridad moral en la toma de decisiones por parte del poder no ha de perdurar la democracia.

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En la revista fundada y dirigida por Savater, el filósofo y activista italiano Paolo Flores d’Arcais describió la democracia como una excepción en la aventura humana y denunció hace más de 30 años “la privatización del Estado por parte de los aparatos de los partidos y los políticos profesionales”. No se puede definir mejor la actual deriva europea en este terreno, que ha alentado el triunfo de la extrema derecha en Finlandia, Suecia, Holanda, Grecia, e Italia… de momento. La falta de autocrítica de los dirigentes socialdemócratas, incapaces de preguntarse sobre su eventual responsabilidad en esa dinámica, es comparable a la permanente y sumisa aceptación de los diputados españoles, siempre obedientes a recitar el voto imperativo que sus jefes imponen. Con el acuerdo de la reciente investidura, la partitocracia que hoy padecemos ha instituido y legalizado el voto de trueque que, como en todo intercambio, tiene también importantes aspectos económicos. 15.000 millones de euros menos de deuda para la Generalitat al tiempo que unos políticos perdonan a otros políticos lo que han robado o malversado del dinero de los ciudadanos. Los partidos siguen siendo esenciales para el funcionamiento de la democracia, pero a condición de que corrijan aquello en lo que se han convertido: gigantescas máquinas burocráticas que se alimentan a sí mismas, tienen insaciable sed de dinero, y su interés fundamental es su propia reproducción y expansión. El filósofo italiano señala que de no impedírselo, lejos de representar distintos intereses en conflicto, acabarán siendo “portadores en primera persona de un interés propio: la prolongación de su propia reproducción”.

Flores D’Arcais, como Jorge Semprún, López Aranguren, Savater, Javier Pradera, son nombres de esa estirpe intelectual que sin renegar del compromiso político no se somete a la doctrina del poder. Sus lectores eran y son conscientes de la importancia de su disidencia. Junto con escritores como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Juan y Luis Goytisolo, Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina y, más recientemente, Javier Cercas, entre tantos otros y otras, fueron fundamentales en la creación y sostenimiento de la línea editorial de EL PAÍS, “intelectual colectivo” de la Transición en palabras del profesor Aranguren. El PSOE de la época, herencia de un grupo de Sevilla, paradójicamente apadrinado por un ministro democristiano de la República, atrajo también a una gran cantidad de intelectuales independientes, de diversas corrientes ideológicas, pero agrupados bajo el común denominador de su defensa de la libertad. Hoy, una gran mayoría de aquellos que no comulgan con las ruedas de molino predicadas por los portavoces del poder han sido expulsados o han abandonado las filas de un sedicente progresismo que no duda en aliarse con partidos retrógados, identitarios y nacionalistas, y utilizan la educación y las lenguas para adoctrinar a las gentes en vez de para ayudar a que se comuniquen entre sí. De Gaulle nombró ministro de Cultura a Malraux; Felipe González a Jorge Semprún; Pedro Sánchez, en un par de años, a dos políticos profesionales que no han tenido ni parece que vayan a tener relevancia intelectual alguna. Todo muy coherente con las decisiones tomadas en contra de la enseñanza de la filosofía en el bachillerato.

Y no es porque no permanezcan algunos intelectuales valiosos en las filas del PSOE, como José María Maravall, Tomás de la Cuadra, Manuel Cruz o Ángel Gabilondo. Estos dos últimos filósofos, por cierto, mal que le pese a los responsables de Educación. Espero que elogiarles no les granjee el rechazo del politburó. Gabilondo, todavía Defensor del Pueblo, debería protegernos también del bodrio de ley de la amnistía. Y profesor de Metafísica como es, recomiendo a quien corresponda la lectura de una cita suya por si ayuda a Sánchez y sus cuates a comprender sus actuales tribulaciones:

“La obsesión por el poder es un síntoma de debilidad”.

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