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Columna
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¿Y después de Putin, qué?

La asonada de las milicias wagnerianas ha rasgado el velo y quebrado la vertical del poder. El presidente aparece ahora como débil y frágil, un perdedor desprestigiado, carne de golpe de Estado e incluso de magnicidio

Russian President Vladimir Putin
El presidente ruso, Vladímir Putin, en una reunión con el primer ministro ruso, Mijaíl Mishustin, en el Kremlin, Moscú (Rusia), este martes 4 de julio.Alexander Kazakov (AP)
Lluís Bassets

El grupo Wagner ha sido disuelto y su jefe exilado, pero la primera medida tras el motín fue dotar de tanques y artillería pesada a la Guardia Nacional rusa, la temible Rosgvardia, que depende exclusivamente de Putin y protege las fronteras, las instituciones y las instalaciones estratégicas. A nadie se le oculta el destino que le espera a Yevgueni Prigozhin, que todo se lo jugó y todo lo perdió a una sola carta. Si tuvo el poder verdaderamente a su alcance, cosa que muchos dudan, ahora es él quien está al alcance del poder.

¿Y a Putin, qué destino le espera? Que el peligro no ha pasado para él lo demuestra el súbito reforzamiento del ejército presidencial, un contingente de casi 400.000 hombres sin dependencia del ministerio del Interior ni de Defensa. La asonada de las milicias wagnerianas ha rasgado el velo y quebrado la vertical del poder. El presidente aparece ahora como débil y frágil, un perdedor desprestigiado y pasto de las ambiciones sucesorias, carne de golpe de Estado e incluso de magnicidio. En su régimen decadente, al contrario de lo que aconsejan los filósofos de la guerra desde Maquiavelo, proliferan las milicias privadas de las empresas mafiosas y los solapamientos entre cuerpos armados.

Si lanzó la agresión contra Ucrania desde la fuerza de su poder omnímodo, el fracaso de la invasión le ha desnudado. El precio de su cabeza es objeto de especulación. Por parte de quienes piensan en su sustitución, alguno de los siloviki, los exagentes del KGB que conforman la elite del poder; pero también de la diplomacia internacional de uno y otro lado, incluida la equidistante, que evalúa las contrapartidas necesarias para una negociación de paz.

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Marcan la agenda dos elecciones presidenciales de 2024, la de la Federación Rusa en marzo y la de Estados Unidos en noviembre. La primera es una oportunidad para utilizarle como baza en una mesa de negociación. Podría renunciar a presentarse de nuevo, sea voluntariamente o a la fuerza. Podría sufrir un percance. O un golpe como el que le quiso asestar Prigozhin hace 15 días aunque no le señalara a él directamente. La segunda marca el límite para que la OTAN aguante: mejor que la guerra haya terminado en aquella fecha por si acaso llega Trump o alguien como él a la Casa Blanca.

Respondiendo a este calendario, Zelenski cuenta con una estrategia para un alto el fuego a conseguir antes de final de año, aunque solo la podrá desplegar si antes ha recuperado al menos una parte significativa del territorio en manos de Rusia, según ha revelado el diario The Washington Post y nadie ha desmentido desde el Gobierno ucranio. Su discusión ha sido, al parecer, el objetivo de un reciente viaje a Kiev del jefe de la CIA, William Burns, el mejor especialista en canales secretos de la diplomacia estadounidense, exembajador en Moscú y alguien que ya ha dirigido anteriormente negociaciones notables con los talibanes y los iraníes.

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Sobre la firma

Lluís Bassets
Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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