editorial
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Proteger el mercado interior

La UE debe impedir que las ayudas de los Estados a las empresas acaben rompiendo el equilibrio en la competencia

Un empleado del fabricante alemán de automóviles Mercedes Benz ajusta una rueda en la cadena de montaje de la factoría de Rastatt, en febrero de 2019.
Un empleado del fabricante alemán de automóviles Mercedes Benz ajusta una rueda en la cadena de montaje de la factoría de Rastatt, en febrero de 2019.Kai Pfaffenbach (Reuters)

La carrera de subsidios para apoyar la transición energética ya está lanzada. Tiene su lado positivo en la medida en que países como Estados Unidos, que hasta ahora no habían apostado por el tránsito hacia una economía sin emisiones, dan por fin el paso. Pero hay muchas dudas sobre la forma en que Washington ha elegido hacerlo. En Bruselas están convencidos de que ese camino es desleal y rompe las normas de la Organización Mundial del Comercio. La opinión sobre cómo lo hace China es incluso peor, como ha dejado claro la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en Davos. También Japón o India están en la misma competición.

La Unión Europea debe reaccionar ante esas iniciativas. Los Veintisiete se arriesgan a perder inversiones y quedarse atrás en el momento decisivo de la revolución digital y verde. La Comisión Europea está preparando una respuesta que en todo caso no es fácil. Existe un alto riesgo de que la carrera global de subsidios se convierta en una carrera interna entre los países miembros, lo que acarrearía el riesgo mayor de una fragmentación del mercado único. Que Francia y Alemania puedan permitirse copar el 77% de las ayudas de Estado previstas en la UE para respaldar al sector privado en la crisis provocada por la invasión de Ucrania, cuando sus economías apenas superan el 40% del conjunto del club comunitario, demuestra que están justificadas las alertas que lanzan países como Luxemburgo, Suecia, Finlandia, Italia y también España.

Bruselas ya ha anunciado las líneas básicas de lo que pretende: rebajar las exigencias para dar subvenciones, señalar sectores estratégicos para la industria europea y la doble transición, dar ayudas para evitar fugas de inversiones y crear algún tipo de herramienta financiera conjunta que amortigüe las desigualdades entre los Estados que tienen margen económico para esas ayudas y los que no lo tienen. Y todo esto lo hará de forma temporal. Lo contrario puede acabar viciando la economía: empresas subsidiadas incapaces de competir sin la ayuda pública.

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No obstante, la Unión Europea debería plantearse también esta oportunidad con la ambición de modernizar su economía. El continente se ha quedado atrás en sectores como la fabricación de microchips y equipos electrónicos o en el mundo digital. Ni una sola de las grandes redes sociales (Facebook, Twitter, TikTok, Instagram) son europeas, y tampoco los gigantes digitales lo son. Cuando Bruselas aprobó el año pasado su reglamento sobre el mercado digital, destinado a controlar a los grandes del sector, solo una empresa europea estaba afectada directamente, la alemana SAP; el resto son Microsoft, Google, Amazon, TikTok, Meta… estadounidenses o chinas.

Cambiar este escenario no pasa solo por una relajación de las ayudas de Estado y una herramienta conjunta que enjugue las diferencias de tamaño y margen fiscal de los socios comunitarios. También exige replantearse muchas de las políticas comunes para buscar una mayor integración que evite, como sucede ahora, que en los planes de recuperación del Next Generation EU apenas haya proyectos transnacionales. El objetivo prioritario de la UE debe estar en competir de manera eficaz con China y Estados Unidos, no dentro del mercado único cuando cumple con buena salud su 30º aniversario.

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