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COLUMNA
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La polarización, ¿qué es?

Hay alguien responsable de hablar a los gritos y de la incapacidad para reconocer al oponente y sus victorias, alguien a quien le interesa y se beneficia

Un partidario de Bolsonaro exhibe una bandera de Brasil en un autobús tras ser desmontado el campamento de bolsonaristas que se había levantado enfrente del cuartel general del Ejército, en Brasilia.
Un partidario de Bolsonaro exhibe una bandera de Brasil en un autobús tras ser desmontado el campamento de bolsonaristas que se había levantado enfrente del cuartel general del Ejército, en Brasilia.AMANDA PEROBELLI (REUTERS)
José Luis Sastre

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Se ha visto ya, ahora en Brasil y antes en otros capitolios, lo que había al final de las palabras: después de usarlas al tuntún y despiezarlas, después de adormilar el diccionario para que no valiera nada hablar de traición ni de golpe, lo que había era el asalto al Parlamento para imponer la democracia de unos, que son los que entienden que el poder es suyo y de nadie más. Si lo han logrado con las ideas, hasta convertirlas en su coto particular, con más razón iban a hacerlo con lo demás.

Se ha visto, pues, la importancia que tenían las palabras, a las que fuimos abandonando poco a poco. Ocurrió, por poner un caso, con la corrupción, a la que se presentaba así, en genérico, como un fenómeno natural. Era ese mal que nos preocupaba a los españoles, nuestro problema peor, pero se evocaba siempre en genérico: había la corrupción igual que había la lluvia, o la sequía. Un fenómeno, al cabo. Un pecado, si quieren. Y salía un político a quejarse de lo mala que es la corrupción, que había que acabar con ella y que tolerancia cero, y la presentaba como una lacra, la lacra de la corrupción, lo mismo que hay que exterminar las enfermedades y el hambre.

La corrupción era en genérico porque en eso íbamos a estar todos de acuerdo, que si luego se citaba un caso te lo devolvían con otro y esto se volvía interminable. Era mejor no entrar en detalles, porque las lacras afectaban al común y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, que aquí cualquiera ha querido pagar una factura sin IVA. De aquellas, en parte, nació eso de que son todos iguales, aunque se parezcan en poco.

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Nos pasa de nuevo con otra idea socorrida y polisílaba, que es lo que tienen que ser las palabras que quieran ser algo: largas, sonoras, que llenen el aire. Nos pasa con la polarización. De hecho, anuncian un año polarizante, con la secuencia de elecciones que nos aguarda. Polarizados están en Estados Unidos y qué es si no lo que ha sucedido en Brasil. Se da la polarización de un país lo mismo que se dan sus temperaturas. Lo que cuesta más es explicar, o medir, quién polariza y con qué propósito, porque la polarización tampoco es un fenómeno natural ni espontáneo. A la polarización hay que quererla, que sola no llega.

La polarización es eso que se deja crecer porque moviliza. O que se azuza porque atrae. Porque de hablar a los gritos y de la incapacidad para reconocer al oponente y sus victorias hay alguien que es responsable, que le interesa y se beneficia. Conviene tenerlo en cuenta cada vez que aparezca la palabra, que puede describir en general el clima político que vive Brasil pero sin ofrecer ninguna explicación, porque reparte las culpas por igual al no descargarlas en nadie. Hablar de polarización no define el hecho innegable de que una turba tomara el Parlamento por asalto. Aquello lo hicieron personas concretas que seguían discursos concretos: los de aquellos que han sabido guardarse para sí el último significado de las palabras. Desde luego, no fue una inundación.

Sobre la firma

José Luis Sastre
José Luis Sastre (Alberic, 1983) es licenciado en Periodismo por la UAB con premio Extraordinario. Ha sido redactor, editor, corresponsal político y presentador en la Cadena SER tanto en Madrid como en Barcelona. Autor de varios podcasts, ha colaborado en El Periódico y eldiario.es. Es subdirector de Hoy por Hoy en la SER y columnista en EL PAÍS.

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