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Tribuna
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Bomba nuclear en Barcelona

La simulación de un ataque atómico sobre la capital catalana levanta críticas y rechazos

Explosión nuclear en un ensayo realizado por EE UU en 1954. La fotografía la difundió el Pentágono.
Explosión nuclear en un ensayo realizado por EE UU en 1954. La fotografía la difundió el Pentágono.

La reiterada amenaza de Vladímir Putin de utilizar armas nucleares llevó el pasado domingo a EL PAÍS a publicar una amplia información sobre el riesgo de un apocalipsis atómico. El artículo, con 300.000 visitas en la web, constituía un ejercicio periodístico adecuado, pero incluía una simulación animada del impacto de una bomba nuclear en el centro de Barcelona, con edificios identificables, junto a la cifra de 500.000 muertos que causaría. Numerosos lectores han calificado esa escenificación de “sensacionalista”, “alarmista”, “catastrofista” o “esperpéntica”.

El lector Javier Moncayo señaló la paradoja de que el periódico publicara eso una semana después de que el suplemento Ideas dedicara su portada a un texto titulado Contra el catastrofismo, donde se afeaba la acumulación de informaciones sobre hechos lamentables y negros augurios. El martes pasado, el columnista Enrique Vila-Matas decía que, tras las obras de Luis Martín-Santos Tiempo de Silencio y Tiempo de Destrucción, la sociedad ha entrado en Tiempo de Suspense, “como lo demuestra el relato permanente de las mil y una amenazas de catástrofes”.

Pese a todo, resulta lógico que EL PAÍS analice las posibilidades de un ataque nuclear y sus consecuencias. En ese objetivo se centró Andrea Rizzi, experto en política internacional de seguridad, que plasmó su trabajo el día 7 bajo el título ¿Qué probabilidad hay de un ataque nuclear de Putin? Rechaza Rizzi las quejas de sensacionalismo porque en el segundo párrafo destacaba que una mayoría de los especialistas considera “remota” la opción nuclear y esa era la conclusión de su texto: “La perspectiva de que Rusia lance un ataque es remota”.

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Los lectores han centrado sus quejas en la simulación del descenso de una bomba nuclear sobre Barcelona, acompañada de estas leyendas: “En Barcelona, la bola de fuego inicial, a la temperatura del núcleo del sol, desintegraría todo en un área de 2,3 kilómetros de diámetro”. O este otro: “La explosión y la radiación térmica matarían a más de 500.000 personas en una ciudad como Barcelona”.

El lector Antonio M. Infante se preguntó si es “responsable” un artículo así, para contestarse que es “innecesario y catastrofista”. Germán Temprano negó la mayor: “No sabía que las especulaciones alarmistas tuvieran rango de noticia”. Para Xulio Delgado, se trata de “un grave error del periódico”. César Fueyo pone el énfasis en la falta de sensibilidad: “EL PAÍS subestima el grado de información, la sensibilidad y la solvencia intelectual de muchos de sus lectores”.

Tanto Rizzi como Mariano Zafra, redactor jefe de Narrativas Visuales del periódico y firmante también de la información, defienden esa simulación. “Consideramos que es importante ofrecer un conocimiento preciso, no solo abstracto, del potencial destructivo de esas armas”, señala Rizzi. ¿Por qué Barcelona? Zafra lo explica: “Elegimos un escenario reconocible, fácil de situar y de dimensiones reconocibles para lectores españoles y extranjeros. Madrid era otra posibilidad, pero se utiliza en exceso”.

Junto a la explícita y animada representación de la bomba en descenso sobre Barcelona, el artículo tenía otros dos gráficos, esta vez pequeños y estáticos, dedicados a los efectos de un ataque similar sobre Kiev, donde morirían, se añadía, 280.690 personas, y Ciudad de México, con 717.000 muertos.

Zafra y Rizzi recuerdan que medios de prestigio han publicado simulaciones similares. En algún caso también sobre Barcelona, como hizo El Periódico de Catalunya en 2015. The Washington Post (2015 y 2022), The New York Times (2017) o The Atlantic (2018), entre otros, han difundido gráficos de teóricos bombardeos nucleares sobre zonas urbanas.

El aspecto más controvertido y discutible se centra en si esas simulaciones tan explícitas pueden herir la sensibilidad de algunos lectores, como señala César Fueyo, y especialmente de quienes habitan en la ciudad elegida para el simulacro.

Zafra lo ve así: “Es difícil abordar con sensibilidad un ataque tan destructivo”. Rizzi añade: “Si la proyección les ha parecido inadecuada a algunos lectores, lo lamento, pero no creo que esté desprovista de sentido periodístico porque es una herramienta de concienciación ciudadana”.

Los periodistas nos encontramos con dificultades para mantener en estos casos ese inestable equilibrio entre el rigor informativo y la sensibilidad ciudadana. Otros medios con los que puede compararse EL PAÍS, como los señalados, han optado como norma general por no situar los bombardeos sobre mapas detallados en los que se ven avenidas o manzanas de casas concretas sobre las que caería la bomba. Seguramente debemos afinar más esa sensibilidad.

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Sobre la firma

Carlos Yárnoz

Es Defensor del Lector, llegó a EL PAÍS en 1983 y ha sido jefe de Política, subdirector o corresponsal en Bruselas y París. El periodismo y Europa son sus prioridades. Como es periodista, siempre ha defendido a los lectores. Ahora, oficialmente.

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