Anatomía de Twitter
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

¿Ha dimitido? Algo habrá hecho

Mientras los tuiteros discuten a cara de perro si Lastra y Delgado tienen derecho a renunciar, en la red también se cuelan misteriosas historias de amor

La hasta ahora fiscal general del Estado, Dolores Delgado.
La hasta ahora fiscal general del Estado, Dolores Delgado.Emilio Naranjo ((EPA) EFE)

Twitter es la última taberna. No del estilo de esas bodegas recauchutadas para hipster que tan bien retrata Lucía Lijtmaer en su novela Cauterio, sino una taberna fetén, con denominación de origen, la viva reencarnación de aquellas con el suelo alfombrado de serrín y cáscaras de gambas en las que un televisor colgado del techo hacía las veces de diana para los insultos baratos de un personal abonado al tinto peleón y al palillo en la boca. A la hora del telediario, cada vez que salía un político, no faltaba quien le lanzara un dardo envenenado:

—Mira, cada día más gordo.

—Pues ese es de los tuyos...

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—Pero si son todos iguales...

Puro entretenimiento y desahogo, como Twitter, solo que antes se hacía en compañía y a cuerpo gentil y ahora bajo anonimato la mayoría de las veces y en la soledad del teléfono móvil. Por lo demás, nada nuevo: el parroquiano de antes y el tuitero de ahora suelen estar deseando que los políticos dimitan. Hasta que alguien dimite, claro. En cuanto alguno lo hace, tuercen el morro y enseguida el aire les huele a chamusquina, a gato encerrado...

—¿Ha dimitido? Algo habrá hecho...

—Pepe, la penúltima y nos vamos.

Las dimisiones consecutivas —en un plazo de 24 horas— de la vicesecretaria general del PSOE, Adriana Lastra, y de la fiscal general del Estado, Dolores Delgado, ha revolucionado la taberna, y eso que estaba de capa caída por aquello del verano y la calor. Lastra y Delgado tal vez pensaron que, al atribuir su dimisión a cuestiones médicas, conseguirían que el personal —sobre todo el que estaba deseando perderlas de vista— les aplicara aquello de “a enemigo que huye, puente de plata”. Pero no. Se ve que Twitter no hace prisioneros, y los amigos por amigos y los enemigos por enemigos, la bronca ha sido considerable. Nadie parece creer en la red que los motivos últimos de las dimisiones sean los alegados por las protagonistas —el embarazo de riesgo de Lastra, la lesión grave de columna de Delgado—, sino que detrás está Pedro Sánchez y quién sabe si hasta Villarejo. Hay tuits de todos los colores y todos los calibres, e incluso alguno, como el del diputado socialista Odón Elorza, que no se sabe muy bien qué quiere decir:

—La dimisión de Adriana Lastra, la de la fiscal general, la encuesta del CIS... uf, es como si alguien quisiera hacer olvidar los aciertos del reciente debate de política general. El planeta, la política y la vida; todo convulso y acelerado.

Ya se sabe que si no se entiende un tuit, lo mejor es ir a las respuestas, pero en este caso no hubo suerte. La tuitera Pilar Camacho respondió: “Totalmente de acuerdo”. Y un tal Manolo concluyó: “Nunca llovió que no escampara”.

Mientras el personal seguía decidiendo si estas dos mujeres tienen derecho a dimitir, Twitter también recogió la siguiente historia. El viernes, 15 de julio, el Diario de Mallorca publicó en la portada de su edición en papel un anuncio por palabras que decía: “Mallorquín de Alicante roba el corazón a una navarra el 6 de julio en estos sanfermines. Aludido, escriba a Apdo. 4122. 31007 Pamplona. Navarra”.

El anuncio, letras blancas sobre fondo rojo, volvió a publicarse el sábado, el domingo y el lunes. La mañana del martes, en cambio, ya no salió. Existe la posibilidad de que el ladrón de corazones se pusiera en contacto con la navarra enamorada, o que a esta se le acabara el presupuesto, o quién sabe qué. El caso es que a veces, entre tanto griterío, en la taberna se cuelan historias que merece la pena seguir. No habrá más remedio que volver mañana.


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