tribuna
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Tres errores sobre cómo parar a la extrema derecha

Hay cosas que conviene evitar frente a esta ideología que se abre paso en el electorado: pensar que no es una opción política, creer que todos los que dicen querer pararla realmente pretenden hacerlo y focalizarse más en ganarla que en vencer por méritos propios

Marine Le Pen, la líder de Reagrupamiento Nacional, el mayor partido de extrema derecha en Francia.
Marine Le Pen, la líder de Reagrupamiento Nacional, el mayor partido de extrema derecha en Francia.DENIS CHARLET (AFP)

Le Pen ha sido derrotada, pero las alarmas sobre su imparable avance y el miedo a una posible victoria en 2027 han desatado una reflexión en torno a la pregunta ¿cómo se para a la extrema derecha? Si bien no existe una fórmula mágica, el caso de Francia nos permite ahondar en tres grandes errores a evitar en este marco de “todos contra la extrema derecha”.

El primer error es pensar que podemos volver a un tiempo en el que la extrema derecha no sea una opción política. Desgraciadamente, es necesario asumir que la extrema derecha ha llegado para quedarse. Esto se debe a que el auge de estos partidos tiene origen en factores estructurales, tales como la pérdida de estatus de los trabajadores industriales debido a la desindustrialización, el aumento de la importancia de tener estudios universitarios para obtener un buen trabajo, el declive de la afiliación sindical o la reducción del crecimiento del PIB. En este sentido, investigaciones recientes apuntan a que, junto con las preocupaciones culturales, el factor clave es la inseguridad económica. Los votantes de extrema derecha, de hecho, no son los más desfavorecidos, sino aquellos que tienen más riesgo de serlo. Los principales apoyos de la extrema derecha son, por un lado, las viejas clases medias (autónomos y pequeños burgueses), cuyo ingreso está muy expuesto a los vaivenes del mercado, y, por otro lado, las viejas clases obreras. Los trabajos de Thomas Kurer, por ejemplo, enseñan que gran parte de los obreros que votan a la extrema derecha son aquellos que todavía conservan sus puestos, pero que perciben un claro declive de su tipo de trabajo debido a la automatización y la desindustrialización. Es por esto que el reclamo de la extrema derecha de priorizar a los trabajadores nacionales, su crítica a las élites educadas y urbanas, y sus promesas de reindustrialización proporcionan una respuesta muy atractiva para estos votantes.

Por desgracia, la realidad es que no se ha encontrado ninguna estrategia eficaz que logre frenar a la extrema derecha: girar a la derecha implica comprar su marco y legitimar sus posiciones, ignorándola se le deja vía libre para introducir sus temas, y el cordón sanitario refuerza su imagen anti-establishment, lo que atrae a los votantes enfadados con el sistema. Si bien todas estas estrategias han sido y son útiles en algunos casos concretos, ninguna estratagema ha logrado funcionar siempre y en todos los casos. Que la extrema derecha vaya a formar parte de nuestro panorama político en el medio plazo no es una invitación al pesimismo, sino más bien una motivación para lidiar con los problemas de fondo en lugar de quedarse en el nivel más superficial de la estrategia política.

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El segundo error es pensar que todos los actores que dicen querer parar a la extrema derecha quieren realmente hacerlo. Para muchos es, de hecho, electoralmente útil potenciar a los partidos ultra. François Mitterrand, por ejemplo, dio alas al Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen para poder dividir al electorado de la derecha tradicional. Sin embargo, no ha sido el único ya que a Macron le interesa que las elecciones se enmarquen como una lucha entre “liberales y nacionalistas”, puesto que los partidos centristas suelen tener más dificultades en elecciones definidas por la competición entre izquierda y derecha. En este sentido, la estrategia del presidente francés de girar a la derecha en materia económica y migratoria no solo ha funcionado para atraer al electorado de Los Republicanos, sino también para potenciar a la extrema derecha y enfrentarse a Le Pen en la segunda vuelta.

Los partidos conservadores son los que más tienen que perder a largo plazo al adoptar el discurso de la extrema derecha, pero muchos logran buenos resultados a corto plazo. El partido conservador británico con Johnson, por ejemplo, logró la mayoría al mimetizarse con el Brexit, el principal tema de la extrema derecha inglesa. Otros partidos conservadores, como el PP de Feijóo, esperan llegar a la presidencia a través de una coalición de gobierno con los ultras. En definitiva, se hace evidente que no a todos los partidos les interesa parar a la extrema derecha.

El tercer error es focalizarse más en parar a la extrema derecha que en ganar las elecciones motu proprio. Como demuestra el caso de Francia, cuanto más se enmarquen las elecciones en términos de un plebiscito sobre la extrema derecha, más fácil será acabar cediendo a sus posturas para atraer a sus votantes y más hastío y abstención se generará entre la población. Contrariamente a una opinión muy extendida, no es cierto que países como Francia se hayan derechizado, sino que han sufrido más bien lo que el sociólogo Aldo Rubert ha llamado una “des-izquierdización”, es decir, un proceso de desmovilización del votante progresista. Es por esto que la estrategia no debe enfocarse tanto en frenar a la extrema derecha como en movilizar al votante de izquierdas. Ahora bien, ¿cómo movilizar a este electorado?

Primero, es crucial que el debate público lo dominen los temas progresistas. Cuanto más se hable de transición ecológica, de protección social, de igualdad de género y de inversión pública mejor le irá a la izquierda, puesto que la extrema derecha no tiene un programa coherente en estos campos.

Segundo, la izquierda necesita plantear una buena defensa en aquellos temas que domina el campo conservador, pero evitando a toda costa comprarle el marco a la extrema derecha. La inseguridad económica, la inmigración, la desindustrialización y la identidad nacional son temas que importan a todo el electorado y a los se debe dar una respuesta de izquierdas desde la izquierda. Como han demostrado varios estudios, los partidos socialdemócratas que adoptan posturas conservadoras en temas culturales acaban legitimando a la extrema derecha y perdiendo más votos de sus alas más verdes y liberales que los que ganan de la derecha.

Tercero, la izquierda necesita reforzar su organización. A muchos partidos como la Francia Insumisa les sigue faltando una estructura organizacional, sindical y territorial que pueda articular las luchas de manera continua y cotidiana más allá de las elecciones. Mélenchon, por ejemplo, construyó una máquina electoral espectacular que logró doblar su expectativa de voto en los dos últimos meses de campaña tanto en 2017 como en 2022. Sin embargo, el partido ha desaparecido más allá de las citas electorales y parece condenado, como en el mito de Sísifo, a levantar la piedra de los apoyos electorales cada elección desde un suelo (electoral) muy bajo. El discurso no es suficiente si faltan organización y músculo.

En conclusión, es cierto que las transformaciones estructurales que sufre nuestra sociedad favorecen la presencia de la extrema derecha, pero no es cierto que nos condenen a un inexorable avance de las posiciones ultra. Le Pen no tiene por qué ser candidata en 2027 y, en gran medida, ello dependerá de que no concentremos nuestros esfuerzos en parar a la extrema derecha, sino en ganar las elecciones con un programa que dé respuesta, sobre todo, a la inseguridad económica que sufren los ciudadanos.

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