tribuna
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La izquierda como holograma

La gente no es facha, solamente tiene mucho miedo a pasarlo peor todavía y resulta más fácil seguir una bandera que a un holograma

Carteles electorales de Jean-Luc Melenchon, sobre una señal de tráfico en París, el 21 de abril.
Carteles electorales de Jean-Luc Melenchon, sobre una señal de tráfico en París, el 21 de abril.JOEL SAGET (AFP)

Como a todo el mundo, a los hippies siempre les ha gustado más la hierba del vecino. Con los países pasa lo mismo. Uno mira (en este contexto, uno es un español, España y uno son dos palabras que salen mucho juntas a lo largo de la historia), pues eso, que uno mira a su derecha en el mapa, que no en la historia, y ve Francia. Y si mira a la izquierda, ve Portugal entero. De Francia sólo se dibuja lo que hay un poco pasados los Pirineos. Los antiguos a esta manera de representar la llamaban pars pro toto (la parte por el todo, como en la prueba de Saber y ganar); pero, hoy, dicho en latín parece que se quiera hablar de música para gente con perilla. Los idiomas, si no se usan, acaban diciendo disparates. Mejor que los diga el hablante. Los idiomas y el taxi son de quienes los trabajan. Estos días, el país vecino por antonomasia (no es el nombre de un poeta, solo otra figura retórica), ha sido Francia a raíz de sus elecciones presidenciales. Las barbas en votos de Emmanuel Macron, o del sistema, y las tijeras de Marine Le Pen, de esas imponentes, de hierro forjado, pensadas para esquilar todas las ovejas de Arles, encontraban una correspondencia entre nosotros. Lo que en Europa es París, entre nosotros es Castilla y León y lo que surja. Me refiero a la derecha que surgió del frío.

El frío, nuestro frío, es el del Valle de los Caídos. Y de ahí emerge esa derecha, como en aquella película de Peter Cushing, La carne y el demonio. Es una derecha ultra, donde el prefijo ultra viene de ultratumba. Estéticamente, aparentan modernidad, o por lo menos actualidad, con la americana apretada y el botón reventón; sin embargo, desde el cine de George Romero, sabemos que la americana es el atributo del zombi, en este caso zombis resucitados en los escaparates del barrio de Salamanca. La ultraderecha de Francia va unos años por delante. Ha pasado por el reanimador de H. P. Lovecraft. Le Pen logró, previo parricidio político, dar una imagen asumible. El aire de europeidad que necesitaba lo arrambló luego de quien de verdad lo tenía, Angela Merkel. El resto es un fotorreportaje para Paris Match. La parte sucia, el lastre, lo ha soltado en provecho de Éric Zemmour. Un polemista de aspecto funesto, por utilizar el nombre, Lefuneste, del vecino de Aquiles Talón. Se ha convertido en un político que parece salido de las novelas de Michel Houellebecq. Tiene esa cosa siniestra que solo puede describir alguien que ha comprendido el tedio de Joris-Karl Huysmans y el horror de Lovecraft. Pero si la ultraderecha francesa puede elegir entre una versión de Gargamel y una falsificación de sus vecinos alemanes, nuestra extrema derecha tiene que conformarse con alguien que aún sigue actuando como un personaje del Guerrero del Antifaz.

Los antifacistas (partidarios del antifaz) son lo contrario de los antifascistas. Del fascismo, solo les molesta el nombre. Aquello quedó atrás. Los zombis no tienen pasado. Ni futuro. Solo son inercia. Pero esa inercia, ¿de dónde viene? ¿De la crisis? ¿Del hartazgo? ¿Del descontento? En un mitin que a principios de abril dio en Niza el izquierdista Jean-Luc Mélenchon (pero no era él en persona, sino que proyectó su holograma), se dirigió a los fachés pas fachos (los descontentos o disgustados que no se han hecho fachas). A punto ha estado Mélenchon de pasar a la segunda vuelta electoral, dejando fuera a Marine Le Pen. Al final, los franceses le han tomado en serio. Cuando abandonó el Partido Socialista, se señaló a Mélenchon como un socialista radical, alguien que se había salido del camino (ahora resulta que el otro camino era vía muerta, 1,7% de los votos). Luego se presentó a sí mismo como insumiso, y el sistema lo enclaustró en una caricaturesca insumisión de personaje colérico, de Ordenalfabétix. Hoy, sus seguidores le llaman el Viejo y lo pasean sobre el escudo como a Abraracúrcix. Su poción mágica: comprendió que los votantes eran antes fachés que fachos. También lo sabe Marine Le Pen y por eso su condición ultra la camufló hace tiempo en la cara oculta de la luna. Hasta ahora, los partidos se disputaban el voto de centro; hoy, el centro es el descontento.

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La izquierda es un holograma. Ha dejado de existir en persona, pero aún dura su idea. Y con eso basta para seguir adelante. La izquierda existe en tanto que tiene a quien dirigirse. En tanto que sabe a quién hablarle. La gente no es facha, solamente tiene mucho miedo a pasarlo peor todavía. Resulta más fácil seguir una bandera que a un holograma. Pero los hologramas hablan y las banderas no. Y la gente quiere que le hablen, que le cuenten cosas. Los políticos gustan cuando cuentan cosas de la vida. No hay una izquierda verdadera, ni una izquierda caviar. Solo hay un montón de gente dispuesta a votar a la izquierda y deseando dejar de vivir como zombis.

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