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tribuna
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Un tranvía llamado Elon Musk

Twitter se blinda como si fuese Ucrania y el hombre más rico del mundo fuera Putin quien dice que viene a salvarla. Mientras tanto, nadie sabe si el magnate trata de tapar las dificultades de sus fábricas

Elon Musk, durante una entrega de premios en Alemania en 2020.
Elon Musk, durante una entrega de premios en Alemania en 2020.BRITTA PEDERSEN / POOL BRITTA PEDERSEN / POOL (EFE)
Marta Peirano

Cosas de las que depende el futuro de la civilización según Elon Musk: energías renovables (antes o después nos quedaremos sin energía y moriremos o colapsará la civilización); una flota de vehículos completamente eléctricos y autónomos (su valor es disparatadamente gigante y supera la comprensión humana), convertirnos en una especie multiplanetaria (estableciendo una base permanente en Marte); la simbiosis entre inteligencia humana y máquina (nos permitiría seguir siendo relevantes en la era de las tecnologías automáticas) y una plataforma pública que sea máximamente confiable y ampliamente inclusiva. Todas son soluciones que desarrolla en sus propias empresas: SolarCity, Tesla, The Boring Company, SpaceX y Neuralink. Todas menos una, al menos de momento. La semana pasada, se ofreció a comprar Twitter a 54.20 dólares por acción. Si eres periodista de tecnología y crees que la oferta de Musk te ha estropeado la Semana Santa, piensa en Parag Agrawal.

El discreto ingeniero que sustituyó a Jack Dorsey al frente de Twitter el pasado noviembre estaba de baja paternal cuando le pasó por encima un tranvía llamado Elon Musk. Tras comunicar que “revisarían cuidadosamente la propuesta”, Agrawal convocó una reunión de crisis para tranquilizar al equipo que no cumplió el objetivo propuesto. Cuando un empleado preguntó sobre la intención real de la oferta, Agrawal respondió “por qué no vas y se lo preguntas a él”. 48 horas más tarde se blindaron contra la OPA con una píldora envenenada, una estrategia diseñada para encarecer su precio para el hombre más rico del mundo pero a costa de diluir su valor real.

Se blindan como si Twitter fuese Ucrania y Elon Musk fuese Putin que viene a salvarla. Mientras tanto, nadie sabe si Musk quiere comprar realmente Twitter, si está buscando LOL porque está aburrido o si se trata de una bomba de humo para tapar las dificultades de sus fábricas, incluyendo una importante demanda del organismo de derechos civiles de California contra su empresa de Fremont por discriminación racial. Sus exhuberantes promesas sobre la automatización total de sus vehículos y la reinvención de la batería de litio se amontonan incumplidas.

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Ni siquiera está claro que pueda comprar. En el curso de una sola entrevista, en el TED de Vancouver, dice que tiene fondos para comprar la empresa y, al mismo tiempo, que no sabe si conseguirá reunir los 43.000 millones de dólares. Dice que lo hace para garantizar la libertad de expresión y, al mismo tiempo, que Twitter debe estar sujeto a las leyes de cada país. Un hombre que ha crecido en Sudáfrica y tiene fábricas en China y Alemania sabe que la ley establece pautas muy diferentes sobre lo que es lícito y no es lícito decir en los diferentes países del mundo. Irónicamente, es el monstruo que ha creado la propia Twitter, el único escaparate donde un nerd inseguro como Elon Musk puede compartir mesa con Barack Obama y Cristiano Ronaldo y Taylor Swift. Sólo allí puede tener veinte veces más followers que su archinémesis, Jeff Bezos, y cinco veces más que Beyoncé. Es lugar donde un comentario suyo puede disparar o desplomar un valor en bolsa, donde puede trolear a la congresista Elizabeth Warren para hacer reír a Joe Rogan y bañarse en la adoración aspiracional de los criptonotas. Twitter es su lugar feliz y no quiere que cambie. En ese sentido, es indistinguible de Donald Trump.

Por otra parte, Twitter tiene “solo” 211 millones de usuarios. Es una cantidad ridícula frente a los 3.000 millones de Facebook o los 2.000 millones y medio de YouTube. Es más pequeña que Reddit, Pinterest o Snapchat, pero es el espejo donde se miran políticos, instituciones, inversores y periodistas. En Twitter se decide lo que importa, lo que es noticia, lo que funciona en campaña y lo que no. Pero tiene un problema que nadie ha sabido resolver hasta ahora: su poder está ligado a su incapacidad para generar dinero. Cómo conquistar un castillo tan frágil sin que se rompa como una pompa de jabón.

“Cuando tienes una externalidad que no tiene precio no puedes confiar en que el mercado hará lo correcto”, dijo Musk en una entrevista para Big Think en septiembre de 2013. En ese momento se refería a la industria del automóvil, argumentando que no dejará la gasolina hasta que no tenga que pagar sus efectos sobre el planeta, las guerras que provoca y la amenaza que supone para la seguridad nacional. Para muchos de sus adeptos, las externalidades de Twitter incluyen la democracia, la libertad de expresión y el futuro de la prensa, pero nadie sabe exactamente cómo proteger la plataforma de los peligros que la amenazan, o si es imperativo mejorarla o dejarla como está. De momento, lo único que sabemos es que el hombre más rico del mundo dice que puede costarnos el futuro de la civilización, pero ofrece solo 43.000 millones de dólares por ella.

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