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‘Minima moralia’

Donde debemos fijarnos no es solo en estos pillos aprovechados sino en quienes hicieron posible su aprovechamiento

El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, en el Pleno del Ayuntamiento.
El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, en el Pleno del Ayuntamiento.RAFA ALBARRAN (Europa Press)

Vivimos en momentos de contrastes. Valga un pequeño ejemplo. Mientras en Ucrania asistimos, una vez más, al mal absoluto representado por las imágenes de Bucha o las de la estación de Kramatorsk, en Madrid sale a la luz la surrealista estafa de las mascarillas, el mal banal. Uno representa la quiebra total y absoluta de toda consideración por la dignidad humana, la crueldad y el horror asociado a la guerra; el otro expresa el espíritu de una sociedad frívola, individualizada, ajena a la más mínima decencia. De un lado la inmoralidad demoníaca, de otro la inmoralidad insustancial.

En sentido contrario, casi a la vez que conocimos la carnicería de Bucha, nos enteramos de que la predisposición de Noruega para aumentar su producción de gas se veía limitada por consideraciones de tipo moral. En su Gobierno de centroizquierda se suscitaron motivos de conciencia: no querían aprovecharse de la coyuntura bélica para enriquecerse subiendo los precios. Ignoro cuál sea al final la decisión que tomen, pero no deja de ser un alivio que en medio de este desierto moral podamos acceder a este tipo de noticias. Aunque pasen casi desapercibidas o se agüen apuntando a la inmejorable situación económica, casi paradisíaca, del país nórdico. Lo relevante, a mi juicio, es que nos permite mantener alta la esperanza en la evolución de la conciencia moral. No todo es una catástrofe, y lo vemos también en la generosidad con la que muchos países europeos están acogiendo a los refugiados ucranios.

Algo similar ocurrió durante la pandemia. El sacrificio de quienes estuvieron al pie del cañón en los momentos más críticos —los médicos y sanitarios, pero no solo ellos— permitió sacar a la luz cómo esta sociedad guardaba importantes reservas de solidaridad, que era algo más que un páramo individualista en el que cada cual va solo a lo suyo. Y así fue, en efecto. Por eso mismo chirría tanto la estafa de estos personajes que se aprovecharon de la tragedia de todos en el Ayuntamiento de Madrid. Chirría y duele. Duele, sobre todo, por el contexto de enfermedad, muerte y miedo. Y porque, además, tiene muchos de los ingredientes de una determinada subcultura que hunde sus raíces en el mundo que pensábamos haber abandonado. El aprovechamiento de relaciones familiares, su estatus de celebrities, el destino al que aplicaron el botín: bienes de consumo conspicuo destinados a la promoción del yo dentro de un ambiente donde el valor de cada cual se mide por su capacidad de consumo. En fin, la codicia de toda la vida bajo las condiciones del capitalismo tardío; una quiebra de la moralidad que no encuentra ningún eximente en su trasfondo frívolo, banal, casi ridículo.

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Pero ojo, donde debemos fijarnos no es solo en estos pillos aprovechados, sino en quienes hicieron posible su aprovechamiento. Me temo, además, que este no es un caso aislado. Esas mismas condiciones de urgencia en las licitaciones públicas, muchas veces a empresas fantasma, deberían haber puesto en guardia a los poderes públicos ante los buitres habituales que siempre merodean cada vez que se baja la guardia. Porque si merodean es porque saben a quién contactar, quiénes son sus facilitadores o, ¿por qué no?, quizá quienes les ponen sobre la pista. La exigencia de transparencia y responsabilidad política se hace ineludible. No solo por criterios legales o de una mínima moralidad pública; también porque se lo debemos a quienes tanto se sacrificaron mientras estos otros iban eligiendo el Lamborghini o el modelo de Rolex.

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