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COLUMNA
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Chalecos Rojigualdas

Las recientes movilizaciones de transportistas, agricultores o pescadores en España se interpretan como ideológicas, pero que algunos de sus instigadores sean (muy) de derechas no implica que su causa lo sea. Es un malestar más profundo

El presidente de la Plataforma Nacional por la Defensa del Transporte, Manuel Hernández.
El presidente de la Plataforma Nacional por la Defensa del Transporte, Manuel Hernández.Fernando Alvarado (EFE)
Víctor Lapuente

¿Qué es lo más valioso que tienes? No es el dinero ni tu trabajo, ni tu familia o amigos. Y, a la vez, es una mezcla del dinero, el trabajo, la familia y los amigos. Se llama “estatus social” y los psicólogos insisten en que las personas estamos evolutivamente programadas para desear alcanzarlo.

Para eso, tenemos dos fórmulas opuestas. Podemos adquirir prestigio cultivando nuestros talentos y habilidades al servicio de los demás, como Abel o una neurocirujana de Kiev; o dominar amenazando e intimidando, como Caín o Putin. Y, en una democracia sana, la gente se inclina por servir, no por coaccionar, a sus vecinos. Pero, como señala el psicólogo político Michael Bang Petersen, si en un país se agranda la distancia entre ricos y pobres, muchos individuos (sobre todo hombres) recurren a la coerción. Sienten que no pueden ascender por una escalera social cada vez más empinada y, en consecuencia, deciden romperla.

Así, las sociedades donde aumenta la percepción, fundada o no, de desigualdad sufren epidemias de protestas violentas. Hemos visto este síndrome de descontento político extremo en EE UU (Black Lives Matter), Chile (el estallido social de 2019) o Francia (los “chalecos amarillos”). En todos los casos, precedido de una sensación creciente de injusticia social, de que unos ciudadanos o grupos se enriquecían a costa de otros.

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Esto es esencial para entender las recientes movilizaciones de transportistas, agricultores o pescadores en España. Se interpretan como ideológicas, pero que algunos de sus instigadores sean (muy) de derechas no implica que su causa lo sea. Es un malestar más profundo. Y comprender su origen —la pérdida de estatus social, no de dinero— nos permite buscar mejores soluciones. La semana pasada se dio la paradoja de que cuantas más ayudas prometía el gobierno a los camioneros (primero 500 millones, luego 1000), menos dispuestos estaban algunos a desconvocar el paro. No querían subvenciones, sino sentirse actores económicos autónomos, que puedan negociar dignamente el precio de su servicio, en vez de acatar el impuesto por intermediarios. Y sentirse actores políticos relevantes. Si Pedro Sánchez se hubiera reunido con ellos, además de con los presidentes de las eléctricas, habría sido un gesto particularmente bien valorado. Porque los huelguistas buscaban, sobre todo, respeto. ¿y quién no? @VictorLapuente

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