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TRIBUNA
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Profesión: “Su sexo”

Es necesaria la igualdad, pero también el reconocimiento de la diferencia y la diversidad, y el equilibrio entre ambas no es una tarea sencilla para el feminismo

Manifestación de estudiantes en Barcelona el martes por el Día de la Mujer.
Manifestación de estudiantes en Barcelona el martes por el Día de la Mujer.Marta Perez Marta Pérez (EFE)

La página del libro de familia de mi abuela Miren contiene, bajo el domicilio, este apunte sobrecogedor: ”Profesión: ‘Su sexo”. Esas tres palabras son una síntesis perfecta de la premisa contra la que lucha el feminismo: que lo que una mujer pueda ser en la vida esté determinado por su sexo. El sexo con el que había nacido prescribía que mi abuela se dedicara al cuidado de su marido y de sus hijos. Quién sabe lo que mi abuela y tantas otras mujeres habrían sido si no les hubiera caído encima aquel “su sexo”.

Para explicar que las mujeres no tenían por qué tener un destino biológicamente determinado, una esencia femenina, ni una naturaleza necesariamente cuidadosa, el feminismo crea el concepto de género como el conjunto de papeles, comportamientos y atribuciones socialmente construidos que se consideran propios de mujeres o de hombres. El género es una poderosa herramienta analítica para entender por qué los hombres están por encima de las mujeres en independencia, riqueza, prestigio o poder.

Con el fin de acabar con ese “su sexo”, el género pasó a estar en todas partes. Contra él luchan las fuerzas reaccionarias demonizando la “ideología de género” como amenaza existencial de la familia y los valores cristianos. En las universidades se empieza a hablar de “estudios de género”, que suena más neutral que “estudios de la mujer” o “estudios feministas”. Es difícil encontrar una palabra en el diccionario con mayor nivel de polisemia: la palabra género se utiliza hoy para referirse tanto a la opresión que sufren las mujeres (“violencia de género”) como a la lucha contra esta opresión (“perspectiva de género”). Para complicar aún más la situación, género se usa con mucha frecuencia, especialmente en el ámbito anglosajón, como sinónimo de sexo, quizá por mojigatería. Y, como remate, el término género aparece también vinculado al de identidad, cambiando la perspectiva y trasladándola de un nivel relacional a otro individual. La “identidad de género” sería en este caso la concepción o vivencia interna de uno mismo como hombre, mujer (u otra categoría definida o abierta).

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Este incompleto y apresurado recorrido conceptual por el término “género” es importante porque permite entender uno de los elementos centrales en la actual división del feminismo: ¿es el género una construcción social dañina para las mujeres contra lo que hay que luchar, de manera que cada persona pueda vivir su vida libre de estereotipos y opresiones? ¿O es el género una identidad que hay que proteger en nombre, también, de la libertad individual? ¿Puede ser las dos cosas?

Esta tensión entre estos dos niveles de análisis, individual o relacional, no es exclusiva del género, sino que por extensión también afecta al sexo. Si consideramos el sexo como la organización anatómica de la estrategia reproductiva de nuestra especie, esto nos conduce a observar que la especie humana se reproduce a partir de la fusión de un gameto grande y otro pequeño. Ningún ser humano se ha creado por una vía que no sea esta. La anisogamia (reproducción a través de dos gametos diferentes) implica una concepción binaria del sexo, porque solo hay dos tipos de gametos, aunque dentro de cada uno de los dos sexos haya una importante variedad de características fenotípicas, hormonales e incluso cromosómicas. El sexo femenino es el fenotipo especializado en producir gametos grandes de gestar y parir (independientemente de si se está ovulando, gestando o pariendo). El sexo masculino es el especializado en producir gametos pequeños y móviles. En cambio, considerar el sexo como una característica de los individuos desconectada de su rol reproductivo permite hablar de varios sexos en función de diferentes combinaciones de características individuales, o incluso argumentar que el sexo se construye socialmente igual que se construye el género. De nuevo aquí la pregunta es adónde nos conducen una u otra conceptualización. ¿Cuál nos ayuda a identificar y a luchar mejor contra la explotación sexual y reproductiva de las mujeres o contra la violencia sexual?

El feminismo no lo tiene nada fácil por varias razones. En primer lugar, porque estos conflictos conceptuales no son cuestiones menores fáciles de dejar a un lado para centrarse en aspectos prácticos, sino elementos centrales en el debate cuyas implicaciones hemos de poder analizar con sosiego. En segundo lugar, porque, incluso dando respuesta a estas preguntas, los problemas a los que nos enfrentamos no admiten excesivas simplificaciones. Es necesaria la igualdad, pero también el reconocimiento de la diferencia y la diversidad, y el equilibrio entre ambas no es una tarea sencilla. Finalmente, porque estos conceptos conectan también con importantes cuestiones éticas, es decir, con los límites que como sociedad queramos imponernos en un mundo en el que todo parece posible, al precio que sea. Sobre todo esto hemos de poder tener una conversación.

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