Columna
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Avidez de poder y pulsión suicida

Cada cual tiene el derecho de suicidarse a su manera, lo malo es cuando nos afecta a todos. Quedarnos sin oposición no es un trago fácil de digerir, menos aún cuando ni siquiera responde a discrepancias ideológicas, sino a la ya aludida codicia de poder

Isabel Díaz Ayuso y Pablo Casado durante la clausura de la Convención Nacional del PP en el Palau de les Arts de Valencia.
Isabel Díaz Ayuso y Pablo Casado durante la clausura de la Convención Nacional del PP en el Palau de les Arts de Valencia.Mònica Torres

El hombre es un animal orgiástico, siempre quiere más. Está claro en lo referente a las ansias de placeres, riqueza y honores, pero donde es verdaderamente patológico es en el apetito de poder. Aquí no hay límites que valgan, no hay quien lo sacie. Traducido al tema de los últimos días, lo reconocemos enseguida en las dos partes implicadas en la disputa interna del PP, que está acabando como La guerra de los Rose, en una liquidación mutua de los contendientes. Con el escabroso agravante de publicidad, a la vista de todos.

Cada cual tiene el derecho de suicidarse a su manera, lo malo es cuando nos afecta a todos. Quedarnos sin oposición no es un trago fácil de digerir, menos aún cuando ni siquiera responde a discrepancias ideológicas, sino a la ya aludida codicia de poder. Podría llegar a entenderse como una fractura derivada de diferencias estratégicas respecto a qué hacer con Vox, pero no por personalismos enfermizos e impúdicos navajeos barriobajeros. Más aún cuando el efecto inmediato va a ser el subidón de la ultraderecha. Es muy posible que España caiga en una dinámica parecida a la ya sufrida por Italia y Francia, la dinamitación de la derecha liberal tradicional y su conversión en extremismo nacional-populista. Con el agravante, además, de la aparición de nuevas fuerzas radicalizadas. No hay más que ver el fenómeno de Zemmour en Francia y los Fratelli d’Italia en el país transalpino, que ahora mismo es el primer partido italiano en los sondeos. Hemos sido contagiados, pues, con el mal de la derecha eurolatina.

Lo más irónico de todo esto es que lo único que unificaba a todas las tribus de la derecha española, su auténtico cemento, era el odio a Sánchez, uno de los más beneficiados por este giro surrealista. El PP ha hecho un pan como unas tortas. Y esto contribuye a sacar a la luz nuestra principal patología, las divisiones internas. Puede sonar muy crudo, pero cuando ya no unifica ni el odio común, cuando este se traslada al propio bloque, es que tenemos un problema. De nuevo el efecto corrosivo de la avidez de poder. Con el resultado de una mayor fragmentación política y más polarización. El PSOE puede acabar como una especie de partido hegemónico de tamaño mediano en medio de una sopa de letras. Pero la izquierda se equivocaría si se deja llevar por la schadenfreude, la alegría por los males ajenos. El roto sistémico producido es tremendo.

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Por todo ello la gran pregunta es si hay alguna posibilidad de regeneración para el PP. No se me ocurre otra que, en primer lugar, dilucidar el caso del hermano de Ayuso por instancias imparciales y con plena aplicación de la responsabilidad política. No olvidemos que aquí el apetito de poder aparece fundido a la codicia económica de toda la vida. En segundo lugar, la convocatoria inmediata de un congreso extraordinario del partido para proceder a la renovación del liderazgo. Casado ya no puede llevar las riendas. Sus maniobras en la oscuridad y su torpe guerra de poder con la presidenta madrileña lo han abrasado. Regeneración moral y regeneración política. Si aquel trata de evitarlo parapetándose en el aparato del partido no hará más que alargar su agonía y provocar más divisiones y confusión. Queda por saber si hay alguien ahí con capacidad ―y voluntad― para tomar las riendas, ejercer el liderazgo, regenerar el discurso y estar dispuesto a aguantar la travesía del desierto. Pero no hay otra. La alternativa es disolverse en la banalidad de otras derechas clásicas europeas. A fin de cuentas, hacerle el juego a Vox. Y a Ayuso. Y perpetuar a su querido Sánchez, claro.

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