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Columna
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Parlamentarismo tóxico

La frivolidad en política es renunciar a hacerte cargo del todo y regirse por ese qué hay de lo mío que hace tiempo que campa a sus anchas entre divisiones territoriales, intereses espurios y la extraña actitud suicida del PP

ilustración Máriam 6.02.22
DEL HAMBRE
Máriam Martínez-Bascuñán

Todo fracaso o éxito democrático es fruto de una determinada cultura política común. En el caso de la reforma laboral, Antón Costas, catedrático de economía, lo explicó con elocuencia: “Lo más relevante de la reforma es el camino para alcanzarla”. El camino fue el diálogo y la concertación, y a la vista de lo sucedido en el Congreso es evidente que ninguna forma parte hoy de nuestra cultura política. Hay un tipo de legitimidad que se produce en el proceso democrático mediante el diálogo (afrontar toda discusión con el compromiso de neutralizar cualquier interés que no sea el de buscar el consenso) que habla de la relevancia del cómo en ese camino que describía el profesor Costas.

Es desolador comprobar que lo logrado mediante el diálogo es casi un espejismo bajo el fango de la retórica del Congreso. La sofisticación de una explicación razonada de la legitimidad del acuerdo entre patronal, sindicatos y gobierno contrasta brutalmente con el espectáculo ofrecido por sus señorías. El nivel de mal gusto e inanidad quizá se expliquen por su imposibilidad para integrar los intereses generales en sus decisiones partidistas, pero el bien común no estaba, en este caso, en la estabilidad de la legislatura sino en el paquete de fondos europeos al que va ligada la reforma, y en las medidas pactadas para mejorar la vida material y la seguridad de la gente trabajadora. Esto no importa a Esquerra, quien, como demuestra con insistencia, prefiere estar fuera de las lógicas de gobernabilidad de España, ni tampoco a un PNV sobre el que pesó el puro interés electoralista. ¿Y qué me dicen del cainita comportamiento de la ministra Belarra, contraprogramando a la vicepresidenta Díaz con el anuncio de un permiso de cuidado remunerado mientras aquella defendía la reforma ante la Cámara? Quizá tampoco tenga sentido analizar el oscuro episodio de los tránsfugas de UPN y las complicidades de Vox y el PP, quienes aplaudieron al borde de la carcajada cuando creían haber tumbado la propuesta y colapsado la legislatura: que la alternativa de gobierno no participe de los objetivos estratégicos del Estado es un problema evidente.

La frivolidad en política es renunciar a hacerte cargo del todo y regirse por ese qué hay de lo mío que hace tiempo que campa a sus anchas entre divisiones territoriales, intereses espurios y la extraña actitud suicida del PP. Recuerda a esa parte de Sonámbulos donde Christopher Clark cuenta cómo las grandes potencias europeas iban como zombis hacia la catástrofe de 1914. “¿Comprendían los protagonistas lo mucho que había en juego?”, se pregunta sobre un estallido bélico producido por frivolidad, por inconsistencia, por sonambulismo. La pregunta deberían contestarla aquí Esquerra y el PNV, pues nada se espera del crónico autismo ético de Bildu, aunque “sonambulismo” sea una palabra demasiado hermosa para describir el nivel de chusquería de un Congreso convertido voluntariosamente en taberna, circo o frenopático.

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