Columna
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No a la guerra

Putin amenaza a Ucrania con una guerra preventiva como la que suscitó las protestas de 2003 contra la invasión de Irak

Un convoy de tanques rusos, por una carretera de Crimea, el martes.
Un convoy de tanques rusos, por una carretera de Crimea, el martes.AP

Lo pensaba incluso el belicoso Winston Churchill, en frase famosa: “Siempre es mejor hablar, hablar, que guerrear, guerrear” (jaw-jaw better than war-war). Es la propuesta de los aliados europeos y americanos. La vía diplomática en vez de las armas. Si Joe Biden es el líder del mundo libre, cosa dudosa, —por su endeble liderazgo, no por la causa de la libertad que defiende decentemente frente al autoritarismo de Vladimir Putin—, su propuesta es el eslogan No a la guerra. El presidente ruso, en cambio, ha dado por cerrada la discusión. Quiere respuestas afirmativas a sus demandas. Y si no las tiene, enseña sus cartas, a las que denomina militares y técnicas: es un ultimátum; es decir, sí a la guerra.

La guerra con la que amenaza Putin supera la famosa guerra preventiva de George W. Bush. No solo es ilegal, sino que culmina sus anteriores actuaciones ilegales, entre las que se incluye la anexión de Crimea y la promoción de la secesión de dos provincias ucranias. Hace tabula rasa de los acuerdos firmados por Moscú desde que terminó la Guerra Fría. Prepara la invasión de un país vecino soberano que en nada amenaza la seguridad de Rusia, una guerra de agresión. ¿O acaso es una amenaza que Ucrania quiera ser democrática y soberana? Lo es en efecto si Putin considera estas pretensiones como un arma de destrucción masiva no para los rusos, sino para su poder autocrático y personal.

Si Rusia ataca a Ucrania, la guerra que los ucranios librarán responderá a todos los criterios legales y morales de la guerra justa. En defensa propia. Para salvaguardar la independencia nacional, la soberanía y la integridad de las fronteras que el propio Kremlin había reconocido primero y vulnerado después. Y bajo la bandera de la democracia y la libertad frente a la dictadura y la opresión que les espera en caso de derrota: basta con observar lo que está sucediendo en Bielorrusia y en Rusia con las elecciones, los periodistas, los disidentes, la oposición e incluso ONG prestigiosas y veteranas como Memorial.

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Hay mucho que discutir razonablemente sobre la seguridad europea, el papel de la UE y de la OTAN e incluso el futuro de Crimea. Es el camino de la política y de la diplomacia. Si la respuesta es la amenaza de una guerra de agresión, no debe quedar margen para la duda: Kiev merece toda la solidaridad europea. Un nuevo No a la guerra, como en 2003 contra la guerra preventiva de Bush en Irak, ahora contra la amenaza de Putin, al menos por parte de las mismas fuerzas que se manifestaron entonces. Ha hecho bien el Gobierno español despejando toda incertidumbre y mandando dos fragatas al mar Negro y una escuadrilla aérea a Bulgaria. Para ayudar en la disuasión, para evitar la guerra, para devolver el contencioso a las instituciones internacionales y a la diplomacia de donde nunca debió salir.

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Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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