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Niños irrepetibles

Seguimos teniendo que lidiar con sectores que asocian el castigo al esfuerzo y que piensan en la repetición como su máxima expresión

Alumnos de la ESO en un instituto público de Valencia.
Alumnos de la ESO en un instituto público de Valencia.Monica Torres

Poner un poco de perspectiva temporal ayuda a enmarcar el debate sobre educación en España. Durante los últimos 40 años hemos convergido en tiempo récord con Europa, erradicando el analfabetismo y universalizando la educación hasta los 16 años. Además, lo hemos hecho con éxito. Hoy nuestros jóvenes están mejor formados que los de hace 40 años por más que se diga lo contrario desde encanecidos pedestales; basta con un test de competencias entre cohortes de edad para comprobarlo. Otra cosa es que haya quien tenga nostalgia adulterada de cuando la formación en España era una cosa de élites.

Sin embargo, es obvio que nuestro sistema educativo tiene problemas. Tal vez el más relevante sea el síndrome del reloj de arena: tenemos un número aceptable de titulados universitarios (sobre la media OCDE), pero apenas hay titulados medios y seguimos siendo récord en abandono escolar temprano, especialmente el masculino. Entre las múltiples razones detrás de esto último juega un papel importante la elevada tasa de repetición escolar durante la enseñanza obligatoria, una política tan ineficaz como injusta.

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De entrada, se sabe que la repetición no mejora los resultados académicos de los estudiantes ni les ayuda a nivelarse con el resto. Es más, lo común es que los empeore. También está documentado que con niveles similares de aprendizaje los alumnos que repiten curso tienen más probabilidad de abandonar la escuela que aquellos que no lo hacen. Hay estudios que señalan que la repetición perjudica el desarrollo socioemocional del adolescente y hasta podría aumentar su agresividad. Además, esta política es tan gravosa para los alumnos como para el sistema; la OCDE ha calculado un coste de 20.000 euros por repetidor en nuestro país.

Por si fuera poco, la forma en la que la repetición se sigue aplicando en España es altamente contraproducente para la igualdad de oportunidades. Con las mismas competencias educativas calculadas mediante el examen PISA se estima que la probabilidad de repetir de alguien de origen modesto es casi cuatro veces superior a la de alguien de origen acomodado. Siendo esto así, los defensores de que la repetición favorece el “mérito” y el “esfuerzo” deberían hacérselo mirar; que dos alumnos de diferente bagaje socioeconómico con el mismo rendimiento reciban tratos distintos casa mal con sus tesis.

Las alternativas a la repetición son de sobra conocidas. Reducir las ratios en el aula, más esfuerzo en orientación escolar y acompañamiento a jóvenes para que no se descuelguen o tener un sistema educativo más poroso, con más pasarelas formativas, son algunas de ellas. Políticas que son buenas para el sistema y para el alumno. Sin embargo, seguimos teniendo que lidiar con sectores que asocian el castigo al esfuerzo y que piensan en la repetición como su máxima expresión. Una premisa terriblemente equivocada porque ninguna sociedad decente puede permitirse decirle a un niño de 12 años que es un fracasado.

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Sobre la firma

Pablo Simón

(Arnedo, 1985) es profesor de ciencias políticas de la Universidad Carlos III de Madrid. Doctor por la Universitat Pompeu Fabra, ha sido investigador postdoctoral en la Universidad Libre de Bruselas. Está especializado en sistemas de partidos, sistemas electorales, descentralización y participación política de los jóvenes.

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