Humanidad
En el final de 2021 nadie podrá quejarse de aburrimiento. Los acontecimientos, casi todos rodeados por una bruma funesta, se precipitan a una velocidad que cuesta trabajo procesar


En el final de 2021 nadie podrá quejarse de aburrimiento. Los acontecimientos, casi todos rodeados por una bruma funesta, se precipitan a una velocidad que cuesta trabajo procesar. Algunos fracasos se diluyen ya antes de culminarse, como el fiasco de la Cumbre del Clima de Glasgow, de la que en el fondo nadie esperaba mucho más que una nueva demostración de egoísmo e insolidaridad. Luego está la fantasmagórica amenaza del Gran Apagón, la eterna tragedia de la factura del gas que no llega, y qué decir de la Navidad que nos espera. Ya se sabe que no habrá corderos suficientes porque no pudieron cebarse a tiempo, que tampoco habrá juguetes electrónicos bastantes porque faltan chips, que los precios subirán por las dificultades del transporte, en fin, todo un drama y veremos a cuánto nos salen los langostinos. Frente al nigérrimo decorado que nos ofrece el volcán de La Palma, algunas pinceladas de blanco, la determinación de unas mujeres políticas dispuestas a implicarse en un futuro mejor, las cifras del paro, la derogación ―o lo que sea― de la reforma laboral. ¿Algo más? Sí, una guerra. Europa está en guerra, pero no importa mucho porque las armas son seres humanos, munición vulnerable que sólo muere, pero no explota ni destruye los bienes de las multinacionales. Karim, un joven kurdo que huyó de Irak para acabar atrapado entre dos fronteras, quería emigrar a Alemania o al Reino Unido. Porque allí, afirma convencido, hay humanidad. Al leerlo se me saltaron las lágrimas, y todavía no sé por qué. No sé si es más terrible su ingenuidad o nuestro despiadado cinismo, esa falta de humanidad que él, seguramente, ni siquiera puede concebir. Es inconcebible que, ante una guerra, tanta gente invierta su tiempo libre en calcular la relación calibre/precio de los langostinos, pero hasta aquí ha llegado Karim soñando con la humanidad.
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