Columna
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Esperpéntico Bezos

No creo que hayamos visto símbolo más preciso del actual capitalismo salvaje y desbocado ni muestra más ridícula de ambición testosterónica

Lanzamiento del cohete New Shepard de Blue Origin.
Lanzamiento del cohete New Shepard de Blue Origin.Tony Gutierrez / AP

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Que vuelva Valle-Inclán y aporte algo de sentido a esta constante sensación de asombro e incredulidad. Del escritor gallego por lo menos conocíamos la intención estilística al deformar la realidad, pero lo grotesco y absurdo del mundo actual no tiene detrás ningún genio literario, más bien parece obra de un inquietante ventrílocuo. Pensé en lo que me asustaban a mí las mandíbulas partidas y los ojos fijos de aquellos siniestros muñecos al escuchar por primera vez la voz de Bezos, cuando compareció antes de emprender su inútil viaje. Ni don Ramón hubiera imaginado que en tiempos de pandemia mundial en los que buena parte de la humanidad no tiene para comer, un señor recién divorciado cuya fortuna no está ni al alcance de la imaginación de cualquier hijo de vecino, gastaría un dineral en elevarse unos minutos en un artefacto con forma de falo. No creo que hayamos visto símbolo más preciso del actual capitalismo salvaje y desbocado ni muestra más ridícula de ambición testosterónica. Ya lo decía uno de los personajes de José Mota: ir pa’ ná es tontería.

Pero resulta que la tontería de Bezos, su fortuna pantagruélica, es fruto de un juego que parece de todo menos limpio. Algunos admirarán sus éxitos y su espíritu emprendedor, pero se mire por donde se mire es un síntoma de decadencia de civilización que el hombre más rico del mundo pague menos impuestos que los asalariados que perciben lo mínimo legal. Por no hablar del hecho de que los billones que no sabe en qué gastarse el bueno de Jeff fueron acumulados a base de competencia desleal y un modelo de negocio que tiene muchas víctimas: trabajadores explotados, pequeño comercio aniquilado, creación de necesidades inexistentes y un impacto medioambiental que pagamos todos.

No sé si es el calor infernal de una Barcelona que parece una zona catastrófica por la cantidad de obras y franjas amarillas dibujadas en muchas de sus calzadas, pero creo que este sistema no funciona si permite bufonadas como el turismo espacial. Se necesita un carnet para conducir un ciclomotor de 50 cc, pero no hay que cumplir ningún requisito para viajar al espacio, basta con tener el dinero suficiente. Más que esperpéntico, este paisaje es monstruoso: o se establecen mecanismos para frenar los delirios cipotudos de los muy, pero que muy millonarios, o estamos abocados a la extinción. Lo cual, para la Tierra, seguro que es un alivio.

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