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La fibra moral

Estados Unidos y Europa tienen la oportunidad de reforzar los valores democráticos frente a las querencias autoritarias de otros gigantes

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, el miércoles en la base aérea de Mildenhall, en Suffolk (Reino Unido)a
El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, el miércoles en la base aérea de Mildenhall, en Suffolk (Reino Unido)aJoe Giddens / AP

El nuevo presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha venido de visita a Europa. Llega en un momento complicado, en el que la profunda crisis derivada de la pandemia está afectando de lleno a la economía, pero afortunadamente trae al viejo continente un mensaje positivo. El gigante norteamericano está de nuevo en el mundo, eso es lo que viene a decir, la desidia y el desinterés de Donald Trump por los asuntos internacionales han pasado a mejor vida, y los países que comparten los valores democráticos harían bien en remar unidos para salir fortalecidos de esta pesadilla que ha provocado el virus. Es un buen momento para que vuelvan a resonar esas antiguas complicidades entre un lado y el otro del charco, y que se refuerce aquella fe, que el historiador Bernard Baylin tan bien resumió en Los orígenes ideológicos de la Revolución norteamericana, “en que un mundo mejor que todos los conocidos hasta entonces podría construirse allí donde se desconfiara de la autoridad y se la mantuviese en constante observación; donde la posición social de los hombres derivase de sus obras y de sus cualidades personales, y no de diferencias conferidas por su nacimiento; y donde el empleo del poder sobre las vidas de los hombres fuese celosamente guardado y severamente restringido”. Un puñado de valores democráticos frente al avance de potencias con claras querencias autoritarias.

De lo que se trata es de construir un mundo mejor. Apuntaba también Bailyn en aquel libro que “la preservación de la libertad dependía de la capacidad del pueblo para mantener eficaces controles sobre quienes gozan del poder y, por lo tanto, en último análisis, de la vigilancia y la fibra moral del pueblo”.

Es ahí donde seguramente duele más. El historiador Tony Judt, en unas conferencias que dictó en 1995 y que se reunieron en ¿Una gran ilusión?, observó ya en aquellos días, que “la obsesión con el crecimiento ha dejado un vacío moral en el corazón de algunas naciones modernas”, y que “la condición abstracta y materialista de Europa está demostrando ser insuficiente para legitimar sus propias instituciones y mantener la confianza popular”.

Así están las cosas: esa “fibra moral” del pueblo, tan necesaria en la batalla por preservar la libertad, ha terminado por convertirse en “un vacío moral” en el que naufragan muchas sociedades modernas tras perder la brújula y entregarse por completo a la exigencia de crecer y crecer, sea como sea, no importa el precio, y dejando en el camino a cuantos no fueran capaces de cumplir con el plan. Estados Unidos y la Unión Europea aparecen hoy, en una parte del imaginario colectivo que cada vez cosecha más adhesiones, no tanto como esas democracias donde hay lugar para todos y donde es posible concebir un futuro decente, sino como unas tierras desalmadas en las que se imponen siempre los poderes económicos.

Fuera ya del punto lacrimógeno, el problema más grave que Biden lleva colgado en la espalda es la herencia de Trump (y de enormes errores anteriores, como el de haber querido imponer la democracia en distintos lugares a golpe de bombardeos) y los males que debilitan a la Unión proceden de esos populismos que están devorando las líneas maestras del proyecto europeo con promesas vanas y alta intensidad emocional. Sea como sea, y por insuficiente que sea, la democracia es la respuesta. Y sin esa fibra moral es imposible defenderla.

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