Editorial
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El alma de Europa

Dinamarca se aparta de la tradición de acogida con una ley que expulsa a los solicitantes de asilo fuera de la Unión

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, en una cumbre de la UE en Bruselas, el pasado 24 de mayo.
La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, en una cumbre de la UE en Bruselas, el pasado 24 de mayo.OLIVIER HOSLET (AFP)

El Parlamento danés ha aprobado la pasada semana una ley según la que los solicitantes de asilo que lleguen a su territorio serán trasladados a otro país no europeo en los que se tramitarán las peticiones y, eventualmente, se garantizará la protección correspondiente. Se trata, sustancialmente, de la abdicación de uno de los principios fundacionales de la Europa moderna, la disposición a ofrecer abrigo a quienes huyen de la persecución y el horror. La ley ha sido promovida por un Gobierno dirigido por el partido socialdemócrata, y presidido por la primera ministra Mette Frederiksen, en un inquietante síntoma del triunfo cultural del ideario de la ultraderecha en materia migratoria.

Dinamarca no ha especificado cuál o cuáles serán los países terceros de acogida, pero sus autoridades han firmado recientemente acuerdos en materia migratoria con Ruanda, y la prensa ha apuntado también a Egipto, Eritrea y Etiopía. El país nórdico sostiene que se asegurará de que el Estado elegido cumple con los estándares legales internacionales. Lo que sí ha dejado claro el Ejecutivo danés es su intención: “Si solicitas asilo en Dinamarca, sabes que serás trasladado a un país fuera de Europa, y por lo tanto esperamos que la gente dejará de buscar asilo en Dinamarca”, afirmó, sin ambages, un portavoz gubernamental. Si los demandantes de asilo obtuvieran finalmente en esos países externos el estatuto de refugiado, no podrán en ningún caso volver al país europeo. La ONU, la Comisión Europea y otras entidades han expresado, con toda razón, su rechazo a la iniciativa.

Se trata de un nuevo paso que revela hasta qué extremos está llegando la dinámica europea de sellado de fronteras, rebotes, externalización. La cuestión migratoria se ha convertido, sin duda, en uno de los asuntos más delicados y lleva dentro un peligroso potencial desestabilizador por el uso político que de ella se hace en el continente. Es comprensible el intento de los gobernantes de atajar flujos irregulares, y que en muchas ocasiones desbordan su capacidad de acogida, pero esto no puede llegar hasta el punto de quebrar principios morales básicos. El radical giro que ha dado la socialdemocracia danesa en materia de migración, haciendo bandera del objetivo de alcanzar la entrada de “cero refugiados”, es una muestra de una deriva que poco tiene que ver con los valores de los que Europa ha hecho gala en su historia más reciente.

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No puede olvidarse, por otro lado, el enorme reto demográfico que afronta el viejo continente, para el que los flujos migratorios pueden representar una solución: hay que organizarlos mejor para que se produzcan de forma legal y beneficiosa. Pero, sobre todo, Europa no debería olvidar la lección de su propia historia. Acoger a los perseguidos es parte de su identidad moderna y debería seguir siéndolo.


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