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Pensamiento ‘low cost made in Spain’

España devalúa peligrosamente el trabajo intelectual: empiezas abaratando las ideas y cuando te quieres dar cuenta vives rodeado de ideas baratas

Preparativos para la Feria del Libro de Madrid de 2019.
Preparativos para la Feria del Libro de Madrid de 2019.ULY MARTIN / EL PAIS

El pensamiento en España está de rebajas y los creadores viven en un continuo Black Friday. Mientras otros países inventaron las aerolíneas low cost, nosotros hemos devaluado el pensamiento en una revolución made in Spain sin precedentes. Aquí las ideas no valen nada, el tiempo de pensamiento tampoco, la filosofía mucho menos y en general cualquier persona que dedique su vida a trabajar con la palabra (y por lo tanto a crear pensamiento) estará destinada a la precariedad, la intermitencia y la incertidumbre. El resultado: el pensamiento más barato del mundo. ¿Hemos dejado de pensar? No. ¿Lo hacemos mucho peor que el resto? Mire usted, tampoco. ¿Entonces? España es un caso de éxito. Un país de bares y turismo donde se puede vivir sin pensar. Y en caso de que alguien se atreva hacerlo, debe saber de antemano que lo hará gratis.

El modelo se entiende mejor con ejemplos concretos sobre el valor de la palabra en nuestro país. Presentar un libro: cero euros. Una colaboración en prensa: a partir de 60 euros, según denunciaba la escritora Elizabeth Duval en su cuenta de Instagram reclamando alguna opción digna para la producción cultural. Derechos de autor anuales: por debajo de mil euros para el 80% de autores españoles, según el último Libro blanco del escritor publicado por la Asociación Colegial de Escritores. Creadores que sean capaces de vivir de su escritura: 16%, según el mismo estudio. Autores que publiquen gratis para mantener su firma en medios digitales: no hay cifras, pero diría que todos alguna vez, como mínimo. Conferencias en festivales o ciclos culturales: entre 300 y 500 euros de media. Por cierto (y esto siempre sin contrato que lo refleje ni advertencia previa): si no te importa vamos a grabarte, a subir tu vídeo a varias plataformas y a dejarlo allí para siempre jamás, por el mismo precio. ¿Vale?

Se empieza devaluando el pensamiento y termina uno convencido de que la realidad no necesita ser pensada. La diferencia entre lo uno y lo otro es solo un matiz. Pero ese matiz es tan peligroso como el aleteo del ala del murciélago que nos trajo la covid. Es por ese matiz que cuando una niña tiene grandes aptitudes para pensar con los números, se le anima a continuar con su talento. Igual que cuando encontramos a un virtuoso del violín o del deporte. Solo cuando el talento gira en torno a las palabras se recomendará a la joven promesa que cambie de idea, que busque una profesión de la que pueda comer, que sirva para algo, con la que pueda ganarse la vida. Pero que nadie se engañe, la ciencia y el pensamiento son la misma cosa. Por eso, cuando la palabra se ve amenaza, la ciencia misma está en peligro de extinción. Un secreto: los científicos también piensan con palabras, también necesitan los mitos y se explican con metáforas. ¿Qué es el tiempo curvo sino una gran metáfora?

Vale que la burbuja editorial se pinchó en España en los 90, pero más allá del mercado, de la transición digital y de todos los cambios de modelo que estén por venir, hay un suelo pantanoso del que cada día será más difícil salir: la ciénaga que considera que el pensamiento no sirve para nada, esa es la clave de su devaluación. Y así es como se hunde un país, centímetro a centímetro, como un hermoso palacio veneciano. ¿Qué pasa cuando el pensamiento se desprecia de manera continua y consciente? Pues suceden cosas malas y alguna buena, como en cualquier sistema complejo. El pensamiento español goza de buena salud, dirán algunos optimistas, pues el ejercicio de trinchera y supervivencia que supone trabajar con palabras ha creado la comunidad de creadores más solidaria en muchos años. Puede incluso que la más solidaria del mundo, añado. Las vocaciones subsisten y la cultura resiste… Pero el pensamiento se adhiere cada vez más al dogma, la libertad al interés, el valor al precio y la creatividad a la supervivencia. Son los daños colaterales de un sistema como el nuestro: empiezas abaratando las ideas y cuando te quieres dar cuenta vives rodeado de ideas baratas.

Durante la pandemia el tejido cultural de este país se ha mostrado en plena forma. Directos en redes sociales, talleres de escritura, lectura de poemas en Instagram, filosofía portátil, libreros de barrio con programaciones culturales apabullantes. ¡Y todo gratis! No se trata de pedir subvenciones, no estoy hablando de eso, casi puedo escuchar el rumor de Twitter. Ya están otra vez: artistas, perroflautas, vagos, músicos, actores o escritores pidiendo dinero público. Paso ampliamente de las subvenciones. Lo que denuncio precisamente es el desprecio del mercado hacia el pensamiento. Y de la política. Y de todas las instituciones. Un desprecio tan palpable como dramático. Porque este murciélago será más pronto que tarde un vampiro. Basta pensar un poco para darse cuenta… pero claro. No pagaríamos un centavo ni por nuestros propios pensamientos.

Leo el excelente ensayo Trabajo. Una historia de cómo empleamos el tiempo (Debate) del antropólogo James Suzman y lloro de envidia cuando leo a qué se dedica. Es director de Anthropos Ltd, un grupo de expertos que aplica métodos antropológicos para resolver problemas sociales y económicos contemporáneos. Vive en Cambridge, ya saben, dentro de ese país organizado a partir de subvenciones a perroflautas, en una economía tan poco competitiva como la alemana o la estadounidense. Es curioso pero las culturas que abrazan el libre mercado rara vez dudan de valorar el pensamiento, de potenciarlo, pagarlo y nunca maltratarlo. Al final, van a tener razón los que dicen que llegará el día en que solo se podrá pensar en inglés. Eso o tomarse una caña al salir del curro y brindar por Ayuso y todos sus compañeros de cuadrilla.

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