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Lo que la tribu ju/’hoansi nos puede enseñar del trabajo

La automatización y la pandemia han impactado en el mundo laboral. Es tiempo de repensar nuestra cultura del trabajo, sostiene el antropólogo James Suzman

Un hombre enciende una hoguera en el museo viviente de los ju/’hoansi, en Grashoek, Namibia, en mayo de 2016.
Un hombre enciende una hoguera en el museo viviente de los ju/’hoansi, en Grashoek, Namibia, en mayo de 2016.Oleksandr Rupeta / Getty Images

Durante tres décadas me he dedicado a documentar la vida de los ju/’hoansi, un pueblo que habita en el noroeste del Kalahari, y sus contactos, muchas veces traumáticos, con la modernidad. Forman quizá la más conocida del puñado de sociedades que siguieron viviendo de la caza y la recolección hasta bien entrado el siglo XX. Y, para ellos, hay muy pocos aspectos de la economía mundial y su expansión implacable que tengan sentido.

¿Por qué —me preguntaban— los funcionarios públicos que pasaban el día bebiendo café y charlando en despachos con aire acondicionado cobraban mucho más que los jóvenes a los que enviaban a cavar zanjas? ¿Por qué, cuando la gente cobraba al final de la jornada, volvía a trabajar al día siguiente, en lugar de disfrutar de lo obtenido con su esfuerzo? ¿Y por qué trabajaba tanto la gente para adquirir más riqueza de la que podían disfrutar? No era extraño que los ju/’hoansi me hicieran estas preguntas. Cuando empecé a estudiarlos, ya era de dominio público que eran los mejores ejemplos modernos de cómo debieron de vivir todos nuestros antepasados cazadores y recolectores. Sin embargo, a medida que fui conociéndolos, me convencí de que comprender su estrategia económica no solo permitía conocer mejor el pasado, sino que también nos daría pistas sobre cómo organizarnos en un mundo industrializado y cada vez más automatizado.

Pocas veces han sido estas lecciones tan urgentes como ahora. El año que llevamos confinados ha provocado una oleada de interés por modelos alternativos para reorganizar nuestras vidas laborales. Muchos de esos modelos que ahora empiezan a tomarse en serio —como la semana de cuatro días o el trabajo híbrido— se consideraban frívolos hace solo unos años.

Una plantación de té en la provincia de Yichang Hubei, en China, el 19 de febrero.
Una plantación de té en la provincia de Yichang Hubei, en China, el 19 de febrero.Huang Shanjun / VCG / Getty Images

Nuestra participación en un experimento inmenso, imprevisto y en gran parte conseguido de teletrabajo este último año ha ayudado a acelerar ese interés. También ha contribuido el desempleo de larga duración, muy extendido y, en ciertos casos, por una mayor inversión en automatización. La automatización también impulsó, antes de la pandemia, los debates sobre el futuro del trabajo, centrados en la inquietud que provoca la canibalización implacable del mercado laboral por parte de unos sistemas automatizados cada vez más productivos y la inteligencia artificial.

Es lógico que esto genere tanta preocupación. El trabajo define lo que somos, determina nuestras perspectivas, dicta dónde y con quién pasamos el tiempo e inspira nuestros valores. Hasta el punto de que ensalzamos a los luchadores y condenamos la apatía de los haraganes, y el objetivo del empleo universal es un mantra para los políticos de todas las tendencias.

Pero no era eso lo previsto. Desde los comienzos de la Revolución Industrial ha existido la tentadora perspectiva de un futuro en el que la automatización liberase gradualmente a la gente corriente de las tareas rutinarias. En 1776, el fundador de la economía moderna, Adam Smith, cantó las alabanzas de las “bellas máquinas” que, a su juicio, con el tiempo, iban a “facilitar y abreviar el trabajo”; en el siglo XX, Bertrand Russell hablaba de que, en el mundo automatizado del futuro, “los hombres y mujeres corrientes, con la oportunidad de una vida feliz” se volverían “más amables y menos inquisidores” ya sin “su afición a la guerra”.

Russell confiaba en ver esos cambios antes de morir. “La guerra demostró sin reservas”, observó en 1932, “que la organización científica de la producción permite dar a las poblaciones modernas un bienestar considerable con solo una pequeña parte de la capacidad de trabajo del mundo entero”. En efecto, desde principios del siglo XX hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, las jornadas laborales se redujeron sin cesar en los países industrializados.

El economista John Maynard Keynes, contemporáneo de Russell, pensaba lo mismo. Predijo que, para 2030, la acumulación de capital, las mejoras de la productividad y los avances tecnológicos habrían resuelto “el problema económico” y habrían dado paso a una era en la que, salvo unos cuantos “empeñados en ganar más dinero”, nadie trabajaría más de 15 horas semanales. También opinaba que el zumbido metálico de las cadenas de producción automatizadas constituía la sentencia de muerte de la economía ortodoxa. Las instituciones y las estructuras que organizan nuestras economías parten de la hipótesis de la escasez: la idea de que, aunque los deseos de la gente son ilimitados, los recursos disponibles para satisfacer esos deseos y esas necesidades no lo son. Pensaba que, en el futuro, la escasez absoluta sería cosa del pasado y nos desharíamos alegremente de una infraestructura económica y una cultura de trabajo ya obsoletas.

En retrospectiva podemos decir que se equivocaron. Hace décadas que superamos los tres umbrales que Keynes consideraba necesarios para alcanzar la “edad dorada del ocio”. Sin embargo, casi todos tenemos jornadas de trabajo más largas que los contemporáneos de Keynes y ­Russell. Y, mientras la automatización y la covid-19 corroen el mercado laboral, seguimos obsesionados por encontrar trabajos nuevos que desempeñar, aunque parezcan no tener más propósito que mantener el comercio y mantener el crecimiento. No obstante, al margen de la urgencia de nuestra situación actual, existen buenos motivos para no abandonar la visión de aquellos pensadores sobre un futuro más relajado. Porque, si nos remontamos en la historia de la humanidad más de lo que suelen hacerlo los economistas, descubrimos que muchas de nuestras ideas sobre el trabajo y la escasez tienen su origen en la revolución agraria. Durante más del 95% de la historia del Homo sapiens, la gente gozaba de mucho más tiempo libre que ahora.

Desde un punto de vista muy fundamental, estamos hechos para trabajar. Todos los organismos vivos buscan, capturan y gastan energía para crecer, permanecer vivos y reproducirse. Ese trabajo elemental es una de las cosas que distingue a los organismos vivos, como las bacterias, los árboles y las personas, de los objetos muertos, como las rocas y las estrellas. Pero dentro de los organismos vivos, los seres humanos destacan especialmente por lo que trabajan.

La mayoría de los organismos gastan energía de forma “intencional”. Aunque un observador externo puede discernir el propósito de sus actos, existen pocos motivos para pensar que tienen claro lo que quieren conseguir cuando emprenden su tarea. Los seres humanos, por el contrario, tenemos un propósito deliberado. Cuando nos ponemos a trabajar, no lo hacemos solo para capturar energía.

Al trazar la trayectoria de nuestra especie en su evolución descubrimos que nuestro cuerpo y nuestra mente se han formado gradualmente, a lo largo de miles de generaciones, en función de los distintos tipos de trabajos que hacían nuestros ancestros evolutivos. También descubrimos que la selección natural nos ha convertido en grandes generalistas, especialmente adaptados para adquirir una asombrosa variedad de aptitudes.

Asimismo, el gráfico de nuestra evolución permite pensar que, durante la mayor parte de esa historia, cuanto más deliberados y hábiles eran nuestros antepasados a la hora de obtener energía, menos tiempo y energía gastaban en buscar alimentos. En lugar de ello, dedicaron su tiempo a otras actividades, como crear música, explorar, adornarse el cuerpo y establecer relaciones sociales. Es posible que, sin el tiempo libre que les concedieron el fuego y las herramientas, nuestros antepasados nunca hubieran desarrollado el lenguaje porque, igual que nuestros primos los gorilas, habrían tenido que pasar hasta 11 horas diarias buscando y masticando unos alimentos difíciles de digerir.

Los nuevos datos genómicos y arqueológicos indican que el Homo sapiens apareció por primera vez en África hace unos 300.000 años. Pero solo con esos datos es difícil deducir cómo vivían. Para dar nueva vida a los fragmentos de huesos y piedras que constituyen la única prueba de cómo vivían nuestros ancestros, en los años sesenta, los antropólogos empezaron a estudiar los grupos que quedaban de los antiguos pueblos recolectores: los seres humanos actuales cuya forma de vida es más similar a la de nuestros antepasados durante sus primeros 290.000 años de historia.

El más famoso de esos estudios fue el que se ocupó de los ju/’hoansi, una sociedad descendiente de una línea continua de cazadores y recolectores que viven, en gran medida, aislados en el sur de África desde la aparición de nuestra especie. Sus hallazgos dieron un vuelco a las ideas establecidas sobre la evolución social, al demostrar que nuestros ancestros cazadores recolectores, casi con toda seguridad, no tenían una vida “desagradable, salvaje y corta”. El estudio reveló que los ju/’hoansi estaban bien alimentados y satisfechos, vivían más que los miembros de muchas sociedades agrícolas y, como rara vez tenían que trabajar más de 15 horas a la semana, disponían de tiempo y energía más que suficientes para disfrutar del ocio.

Otras investigaciones mostraron lo diferente que era la organización económica de los ju/’hoansi y otras sociedades pequeñas de recolectores. Y mostraron que, en esas sociedades, los intentos concretos de acumular o monopolizar los recursos o el poder topaban con el desprecio y el escarnio.

Pero, sobre todo, los estudios suscitaron preguntas inesperadas sobre la forma de organizar nuestras economías. Demostraron que los recolectores no estaban ni perpetuamente preocupados por la escasez ni envueltos en una disputa constante por hacerse con los recursos. Porque, aunque el problema de la escasez da por sentado que estamos condenados a vivir en un purgatorio como el de Sísifo, intentando acortar la distancia entre nuestros deseos insaciables y nuestros reducidos medios, los recolectores trabajaban tan poco porque tenían necesidades limitadas, que casi siempre podían satisfacer fácilmente. En vez de preocuparse por la escasez, tenían fe en la providencia de su entorno y en su propia capacidad de explotarlo.

En la actualidad, los ju/’hoansi no tienen demasiados motivos de celebración. Despojados en gran parte de sus tierras, en su mayoría sobreviven como pueden en barriadas marginales de las ciudades namibias y en “zonas de reasentamiento” en las que se enfrentan al hambre y enfermedades asociadas a la pobreza. Incapaces de obtener empleo en una economía con un paro juvenil justo por debajo del 50%, dependen de la mendicidad, los trabajos temporales —con frecuencia a cambio de harina de maíz o alcohol— y las ayudas del Gobierno.

Si nuestra obsesión por la escasez y el esfuerzo no forma parte de la naturaleza humana sino que es una creación cultural, ¿cuál es su origen? Existen ya suficientes pruebas empíricas para saber que nuestra adopción de la agricultura, que comenzó hace más de 10.000 años, fue el origen de nuestra fe en las virtudes del esfuerzo. No es casualidad que nuestros conceptos de crecimiento, interés y deuda, así como gran parte de nuestro vocabulario económico —palabras como “honorarios”, “capital” y “pecuniario”—, tengan sus raíces en el suelo de las primeras grandes civilizaciones agrarias.

La agricultura era mucho más productiva que la recolección, pero daba una importancia inusitada al trabajo humano. El rápido crecimiento de las poblaciones agrarias hacía que sus tierras volvieran a alcanzar la máxima capacidad de producción una y otra vez, por lo que bastaba una sequía, una plaga, una inundación o una infestación para que cayeran en la hambruna y el desastre. Y, por muy favorables que fueran los elementos, los agricultores estaban sujetos a un ciclo anual inexorable: sus esfuerzos, en general, no daban fruto más que en el futuro.

Si Russell viviera hoy, seguramente le agradaría saber que existen pruebas de que nuestras actitudes respecto al trabajo son una herencia cultural de las miserias experimentadas en las primeras sociedades agrarias. Pero quizá se sentiría también desalentado por nuestra intransigencia para cambiar nuestro comportamiento, incluso cuando se nos muestran los costes que entraña un crecimiento sin límites.

Existen muchas razones para revisar nuestra cultura de trabajo: entre otras, que, para la mayoría de la gente, el trabajo ofrece escasas recompensas aparte de un salario. En la trascendental encuesta sobre la vida laboral en 115 países que publicó Gallup en 2017 se reveló que, en Europa occidental, solo una de cada diez personas se sentía comprometida con su trabajo. Probablemente no es extraño. Al fin y al cabo, en otra encuesta llevada a cabo por YouGov en 2015, el 37% de los adultos británicos decía que su trabajo no aportaba nada significativo al mundo.

Incluso si dejamos al margen estos datos, existe otro motivo mucho más urgente para transformar nuestra manera de enfocar el trabajo. Si tenemos en cuenta que, en esencia, el trabajo es un intercambio de energía y hay una correspondencia absoluta entre cuánto trabajamos colectivamente y nuestra huella energética, hay motivos sólidos para alegar que trabajar menos —y consumir menos— no solo será bueno para nuestras almas, sino que quizá sea crucial para garantizar la sostenibilidad de nuestro hábitat.

Ahora, un año después de que estallara una pandemia mundial, hemos tenido la oportunidad de repensar nuestra relación con el trabajo y reevaluar qué tareas son importantes. Ahora habría pocos dispuestos a defender una economía que da incentivos a los mejores para que sean operadores de derivados financieros en lugar de epidemiólogos o enfermeros. También nos hemos vuelto más abiertos a experimentar con ideas como la renta básica universal que hace un año se consideraban fantasías económicas.

Pero lo más importante, quizá, es que la pandemia nos ha recordado que somos mucho más adaptables de lo que solemos pensar.

James Suzman es antropólogo. Su libro ‘Trabajo. Una historia de cómo empleamos el tiempo’, de la editorial Debate, se publica el 11 de marzo.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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