Columna
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El pasaporte del ‘apartheid’

La vacuna contra la covid-19 se ha convertido en el nuevo instrumento global de exclusión

Una mujer recibe una dosis de la vacuna de AstraZeneca contra la COVID-19 en el Hospital Enfermera Isabel Zendal, en Madrid (España).
Una mujer recibe una dosis de la vacuna de AstraZeneca contra la COVID-19 en el Hospital Enfermera Isabel Zendal, en Madrid (España).Eduardo Parra / Europa Press / Europa Press

Los países llamados “ricos” o “desarrollados” están utilizando la covid-19 para crear un nuevo ‘apartheid’. La primera barrera es la división entre los “vacunados” y los “no vacunados”. ¿Qué pasa con los que no tienen vacuna o no tienen la suficiente? La respuesta se encuentra en el lado “pobre” o de los “países en vías de desarrollo”, según la jerga que divide el planeta en función de la capacidad de consumo. Y hay una segunda barrera: la vacuna de primera clase y la de segunda clase. Los que son bienvenidos al verano europeo son los que tienen una vacuna de marca: Pfizer, Moderna, AstraZeneca y Janssen. Llamar a este nuevo proyecto de exclusión “certificado verde”, como pretende la Unión Europea, añade una gruesa capa de hipocresía a un proceso cuyo nombre correcto es apartheid.

Esta vez, la división ya no es por raza o religión, como en el siglo XX. La vacuna como instrumento de exclusión muestra que la guerra climática en curso será terrible. La naturaleza está siendo destruida, y a mucha más velocidad en los países cuyas economías se basan en la exportación de materias primas. La corrosión de los hábitats libera virus antes restringidos a los animales, lo que aumenta el número, la frecuencia y la gravedad de las pandemias. Los laboratorios, ubicados en su mayoría en países ricos, desarrollan vacunas que se utilizarán primero para inmunizar a su propia población. Y luego los países crean un pasaporte u otros controles con el objetivo loable de reducir el número de muertes. Pero ¿quién se queda fuera?

La covid-19 inaugura una razón “humanitaria” para detener a los desesperados del planeta en las fronteras: pueden llevar un microorganismo letal. Así, los que siempre han sido tratados como virus humanos, excepto cuando necesitan convertirse en carne barata para los ricos, se quedarán fuera por una razón justificable. O, ya dentro de estos países, a menudo no están incluidos en los planes de vacunación. Afirmar que los certificados, tengan la forma y el nombre que tengan, no son obligatorios es otra hipocresía.

Los argumentos sanitarios son legítimos, al igual que la discusión sobre la mayor o menor eficacia de las vacunas. La cuestión, sin embargo, es qué hacen con esta información la Unión Europea y otros países ricos de fuera del bloque. Una vez más, ante la crisis, la respuesta es levantar muros en lugar de cruzarlos para tender la mano a los que pueden menos. El debate, una vez más, es cómo proteger a sus ciudadanos de los que pueden menos, y pueden menos por razones históricas y geopolíticas provocadas directamente por los que pueden más. Ante la destrucción de la naturaleza y el consiguiente aumento de pandemias, urge otro tipo de pensamiento y acción, otro tipo de sociedad global. Desgraciadamente, lo que estamos presenciando es el primer capítulo oficial del apartheid climático.

Traducción de Meritxell Almarza.

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