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La nueva conversación

La creencia de que los mercados y solo los mercados tenían la llave de la prosperidad y la libertad parece avanzar hacia algo que quizá llamemos “el tiempo de Biden”

DEL HAMBRE

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Dicen que todo es cuestión de perspectiva, por eso es mejor no perderla. Por ejemplo: hay mundo fuera de Madrid, como demuestra el hecho de que lo más relevante que ha pasado esta semana sea, por supuesto, el bombazo del apoyo de EE UU a liberar las vacunas contra el coronavirus, universalizando su uso. Sabíamos que la pandemia provocaría un cambio de enfoque sobre muchas cosas, y una de ellas ha sido (¡Oh, sorpresa!) subrayar la importancia de los bienes públicos, también en su dimensión global. El fogoso y larguísimo periodo de fe ciega en los operadores privados, la creencia de que los mercados y solo los mercados tenían la llave de la prosperidad y la libertad parece avanzar hacia algo que quizá llamemos “el tiempo de Biden”, donde no solo se desnuda el agresivo comportamiento de las industrias farmacéuticas frente a la pandemia, sino la importancia de poner algún límite a esos insaciables mercados. Quién nos lo iba a decir: un hombre blanco y anciano liderando el cambio, por tibio que pueda parecerle a algunos.

Los europeos, por supuesto, somos muy dados a autoflagelarnos, y enseguida nos hemos apresurado a señalar a nuestras instituciones y acusarlas de falta de reflejos. “¿Cómo no lo hemos propuesto nosotros antes?”, gritamos escandalizados, pero lo cierto es que Europa ha exportado la mitad de las vacunas que ha producido, mientras que de las fabricadas en EE UU no ha salido ninguna fuera de sus fronteras. Biden sabe bien que su anuncio tiene poco que ver con el socialismo del que lo acusan los desnortados republicanos; más bien se trata de dar un sonoro aldabonazo y recolocar a la gran potencia en la carrera por el liderazgo en el mundo que disputa salvajemente con China, el otro hegemón global, quien por cierto también defendía liberar las patentes de las vacunas.

Pero lo importante es que los vientos internacionales parecen traernos mensajes optimistas que hablan del fortalecimiento del papel del Estado, del impulso a la justicia fiscal o de un nuevo y sorprendente orden internacional con sus valores de preservación y cuidado desplazando al viejo e ineficaz libertarismo thatcherista. Ojalá que cuando el mundo postpandémico se asiente nos lleguen con más fuerza esos ecos tan esperanzadores. Porque ese es y no otro el debate que debemos abordar, y quizás por eso el Financial Times afirmaba esta semana que “España necesita una conversación pública más inteligente”. Kant decía que la inteligencia se mide por nuestra capacidad de soportar la incertidumbre, y eso incluye inevitablemente que nos esforcemos por entender que, en democracia, la razón solo la da y la quita el electorado. Incluso si en medio de esa razón nos encontramos a alguien como Ayuso.


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