Tribuna
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La fórmula Ayuso

Lo singular de esta campaña ha sido la combinación de personalización y política negativa, es decir, la movilización en torno al rechazo que generan los líderes

ENRIQUE FLORES

Por cuarta vez en lo que va de año, un Gobierno autonómico acude a las urnas en mitad de la pandemia y sale como vencedor. Primero ocurrió en las elecciones de Galicia y País Vasco. Luego en Cataluña. Y el pasado martes se repitió en las elecciones de la Comunidad de Madrid, aunque con una singularidad importante: mientras en los anteriores comicios la participación había sido muy baja, en Madrid superó todos los registros. Ocurrió a pesar de la pandemia y de que se celebraran en un día laborable, sin otras elecciones concurrentes y para una legislatura con fecha de caducidad, todas ellas condiciones poco favorables a la participación. La polarización política acabó actuando como contrapeso a esas circunstancias y los ciudadanos acudieron masivamente a las urnas en un ejercicio tan revitalizante de la democracia representativa como ilustrativo del grado de confrontación en la política madrileña. La particularidad de estas elecciones no se acaba ahí, pues su desarrollo ofrece claves sobre la naturaleza de la competición política en las democracias avanzadas, y sus resultados abren interrogantes sobre la evolución de la política nacional y el sistema de partidos que surgió en el año 2015.

En la campaña electoral madrileña se han combinado dos fenómenos característicos de la competición política en estos tiempos: la mayor relevancia de los líderes frente a las marcas de los partidos y la movilización del voto negativo. Sabemos por distintos estudios que los líderes han ido ganado peso en el diseño de las campañas y en su influencia sobre el voto de los ciudadanos. Pero la personalización de la política no es algo nuevo. Al fin y al cabo, las elecciones no solo representan un mecanismo para que los ciudadanos miren hacia atrás, valoren la gestión del Gobierno y lo premien o castigan correspondientemente, sino también una manera de mirar al futuro y seleccionar a los gobernantes que pensamos que lo harán mejor. Las campañas negativas tampoco son una novedad. La movilización del rechazo a los oponentes ha sido un ingrediente común en las estrategias de los partidos —recuérdese el conocido lema socialista “si tú no vas, ellos vuelven” de las generales del 2008— y su efectividad se explica en gran parte porque los ciudadanos tendemos a reaccionar más cuando nos exponemos ante información negativa que ante información positiva.

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Lo singular de esta campaña es la combinación de personalización y política negativa, es decir, la movilización en torno al rechazo que generan los líderes. Este rechazo se polarizó durante la campaña madrileña y se ejemplifica tanto en la animadversión que para muchos suscitaba la candidatura de Pablo Iglesias como en la impopularidad de Ayuso entre los votantes de izquierda, muy superior a la de Gabilondo en la derecha. El rechazo de los líderes y su impacto sobre la movilización de los votantes son características compartidas con otras democracias avanzadas, pues algunos estudios indican que cada vez votamos más según los candidatos que menos nos gustan. Ello puede explicar por qué los gobernantes sobreviven incluso cuando los resultados objetivos durante su mandato no han sido buenos. Esta personalización de la movilización negativa va de la mano del fenómeno de la polarización afectiva, pues el aumento de este tipo de polarización, que se mide en la distancia entre los sentimientos que nos generan los grupos con los que nos identificamos políticamente y los que no, se explica porque cada vez valoramos peor a “los otros” y no tanto porque haya aumentado nuestra querencia por “los nuestros”.

Por otro lado, estas elecciones en Madrid plantean una incógnita sobre los efectos de sus resultados en la política nacional. La pregunta que muchos se hacen es: ¿cómo de transferible es la victoria del PP madrileño a otros ámbitos? El eje principal de la campaña de Ayuso, la “nacionalización” de las elecciones a partir de la confrontación con Pedro Sánchez y sus aliados, tanto en el Ejecutivo como en el Congreso, podría “viajar” a otras contiendas electorales autonómicas. Pero el gancho sobre el que se cuelga la confrontación intergubernamental —la gestión de la pandemia— se agotará en un tiempo. Y con ello también lo hará esa forma de oposición al Gobierno central a menos que los líderes populares quieran o puedan encontrar otro tema —ya sea la próxima negociación de la financiación autonómica o los fondos europeos— sobre el que conformar su singularidad. Una cuestión diferente es si esos temas son tan sensibles para la opinión pública como lo ha sido el de la gestión de la covid-19 en un contexto de fatiga pandémica.

En todo caso, si la crítica a Sánchez y a sus aliados también ha sido el motor de la oposición de Casado y no parece haberle reportado beneficios, ¿qué le ha faltado? El ingrediente que aporta Ayuso, y del que Casado carece, es el factor regional. La presidenta ha renovado el relato sobre el que se sustenta la vieja simbiosis entre el PP y la Comunidad de Madrid, alimentando una identificación con lo madrileño que no es identitaria —de lengua o cultura— sino ideológica (basada en la idea de libertad negativa). Además, los votantes populares de Madrid son más liberales y centralistas que en otras regiones y ello ha permitido contener el ascenso de Vox. No está claro que esa fórmula pueda ser igual de atractiva para el electorado conservador en el resto de territorios. Quizás Andalucía se convierta en el siguiente laboratorio.

Posiblemente la implicación más relevante de los resultados de las elecciones en el largo plazo es haber acelerado la transformación de los partidos que en el 2015 pusieron fin al bipartidismo en España: Podemos y Ciudadanos. En el caso de Podemos, el abandono de la política anunciado por Pablo Iglesias tras las elecciones sitúa al partido frente al principal desafío de toda organización joven: la primera transición de líder, especialmente significativa en un partido que nació y creció fuertemente vinculado a la figura de Iglesias. A este reto se le suma el de afianzar territorialmente el aparato tras la pérdida de representación en algunos territorios y la ruptura en varias de sus alianzas. El tiempo juega en su contra, pues mientras traten de apuntalar el aparato se consolidan opciones regionalistas y de izquierda en los territorios, como muestra el caso de Más Madrid o de En Marea.

A diferencia de Podemos, cuya desigual implantación territorial podría acabar en una mayor fragmentación de la izquierda, la evolución de Ciudadanos predice una mayor concentración de voto en la derecha. Si el PSOE no consigue pescar apoyos ante el descalabro de ese partido, los votos que se transfieran al Partido Popular tendrán efectos multiplicadores en las circunscripciones medianas y pequeñas, donde el comportamiento estratégico de los votantes es más probable y en las que la concentración de votos supone un mayor premio en escaños. Si Ciudadanos acaba desapareciendo no habrá opción bisagra entre bloques ideológicos porque, paradójicamente, cuando quiso ejercer ese papel ya era tarde. En su debilitamiento progresivo se vislumbra un futuro equilibrio político, con Vox estabilizado como el segundo partido en la derecha conteniendo los intentos de moderación del PP y la prevalencia del cordón sanitario más resistente hasta ahora: el que divide a los bloques ideológicos.

Sandra León es profesora en la Universidad Carlos III de Madrid y analista en EsadeEcPol.


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