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En busca de inmunidad encontraron impunidad

Tras la crisis sanitaria habrá que comenzar una campaña de recuperación de los valores democráticos en el mundo

Manifestantes sostienen pancartas durante una protesta contra el golpe militar en Mandalay, Myanmar, el pasado 11 de abril.
Manifestantes sostienen pancartas durante una protesta contra el golpe militar en Mandalay, Myanmar, el pasado 11 de abril.STRINGER / EFE

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La pandemia sanitaria arrastra en su estela una enorme consecuencia política: la impunidad. El examen riguroso sobre la gestión de los gobiernos democráticos aún está por hacerse. Cada campaña electoral, incluida la madrileña, es más ruido que debate profundo, lejos de la rendición de cuentas por la pobre gestión y el descuido de los más necesitados. Se han quedado fuera del foco las enormes colas del hambre en las barriadas pobres, las navidades en un suburbio infrarresidencial sin luz ni agua caliente y la reforma de los cuidados de ancianos. Pero al menos en los países democráticos, el debate con la oposición y la cobertura de los medios de comunicación permiten un escrutinio básico. No sucede así en los países que padecen la bota autoritaria, en los que estas consecuencias políticas de la pandemia alcanzan una gravedad insultante. Nos hemos desinteresado por las reivindicaciones de democracia que condujeron a las protestas en Bielorrusia y Hong Kong. La situación en estos lugares ha empeorado, la represión ha aumentado y la anhelada libertad ha sido cancelada por variadas formas de tiranía. Más cercano en el tiempo, la dictadura militar birmana ha aplastado las revueltas con enorme violencia y ha interrumpido el frágil curso de la democracia en su país.

El opositor ruso Navalni, que sobrevivió gracias a médicos de Alemania al envenenamiento, volvió a su país para ser encarcelado en condiciones extremas. Su huelga de hambre se entronca con el aumento de la tensión en la frontera de Ucrania. Las conclusiones de los informes internacionales sobre el asesinato ordenado del periodista Jamal Khashoggi tampoco han acarreado una reacción acorde. Por no hablar de los movimientos sociales que en tantos lugares del mundo son condenados a la impotencia. Para ilustrar la parálisis de las grandes potencias ante un panorama desolador basta asomarse al conflicto de la silla protocolaria en la cumbre de los dirigentes de la UE durante su visita a Erdogan en Turquía. No solo no hay espacio para la rendición de cuentas, sino que apenas hay lugar para la mera formalidad de sentarse a discutir. La crisis sanitaria amenaza con llevarse por delante la exigencia democrática y hace falta remontarse a décadas atrás para recordar una tan constante cadencia de intentos de golpe de estado y limitaciones de las más esenciales libertades.

En el río revuelto, personajes siniestros como Bolsonaro o antes Trump no rinden cuentas por la imprudencia, más bien al contrario, ven reforzada su popularidad por la pantomima de autoritarismo. Algunos quieren que se identifique la impunidad con una forma de gobierno sólida y de orden. Es ese mecanismo mental el que habilita esta nueva dinámica golpista. Los ciudadanos sueñan con alcanzar la inmunidad de rebaño, pero por el momento muchos dirigentes solo quieren el rebaño y si hablan de la inmunidad es para hacer frente a los controles, la crítica y el escrutinio público. Si seguimos por este camino, cuando acabe la campaña de vacunación masiva, uno de los espectáculos de desigualdad más grandes que ha dado la civilización actual, tendrá que comenzar una campaña de recuperación de los valores democráticos en el mundo. El plegamiento hacia el interior de todos los países desarrollados propicia que se cometan atrocidades a plena luz. Camino de la inmunidad nos tropezamos con la impunidad.

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