Columna
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El silencio de los corderos

Los ex altos cargos del PP no saben lo que sucedía con la contabilidad de su partido a pesar de presumir de tener un conocimiento exhaustivo de las realidades nacional e internacional

Mariano Rajoy y José María Aznar en la Convención Nacional del PP en octubre de 2011.
Mariano Rajoy y José María Aznar en la Convención Nacional del PP en octubre de 2011.JORGE GUERRERO (AFP)
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Aznar conocía la existencia de armas de destrucción masiva en almacenes secretos de Irak pero ignoraba lo que sucedía en el despacho contiguo al suyo en la sede del Partido Popular, del que era presidente. Su sucesor en el cargo, Mariano Rajoy, fue capaz de aprenderse de memoria el temario de las oposiciones a registrador de la propiedad (y las alineaciones enteras de los equipos de fútbol de primera y segunda división y de las escuadras ciclistas de los sesenta, según sus compañeros de colegio) pero no recuerda nada de lo que ocurrió en su despacho en las reuniones con el tesorero del partido, cuyos informes contables, según este, trituró delante de él como posteriormente mandaría hacer con su ordenador porque ya no lo necesitaba. En este caso, mandó hacerlo a martillazos, que es la mejor manera de reciclar, en un gesto de respeto al medio ambiente que le honra.

Javier Arenas, Ángel Acebes, Rodrigo Rato, Federico Trillo o María Dolores de Cospedal, secretarios generales o altos cargos del PP en estos años, tampoco saben nada de lo que sucedía con la contabilidad de su partido a pesar de ser sus máximos dirigentes y de presumir de tener un conocimiento exhaustivo de las realidades nacional e internacional, a las que dedicaron sus mejores esfuerzos. Por supuesto, ninguno de ellos cobró un euro de más por su dedicación ni recibió ninguno de los sobres con dinero negro que el tesorero de su Partido, ahora proscrito para todos ellos, dice haberles entregado personalmente durante años. Debemos creerles como debemos creer a todos esos que manifiestan (del rey emérito al último español) que lo que parece evidente no lo es tanto, pues la realidad a veces es engañosa y en ocasiones nos precipitamos en nuestros juicios. Por ejemplo: ¿por qué no va a ser posible que María Dolores de Cospedal no supiera, pese a ser abogada del Estado de profesión, que la indemnización por un despido laboral nunca puede abonarse en diferido o que Cristina Cifuentes, expresidenta de la Comunidad de Madrid, con la de cosas que tendría en la cabeza, olvidara que nunca presentó y defendió su trabajo de fin de máster en la Universidad? Y, por supuesto, ¿por qué hemos de dudar de que el M. Rajoy que aparece en la contabilidad paralela y opaca del extesorero del PP nada tuviera que ver con Mariano Rajoy pese a que, cuando la policía detuvo a aquel, el presidente le mandó un mensaje de ánimo que decía “Luis, sé fuerte” y pese a que por aquella época Mariano Rajoy recibiera de la selección española de fútbol que acababa de conquistar la Eurocopa una camiseta en la que ponía M. Rajoy? La vida está llena de casualidades y a veces confluyen unas cuantas a la vez.

No quisiera estar en la piel del juez que debe decidir sobre la inocencia o la culpabilidad de todas esas personas a las que el extesorero del PP acusa de cobrar dinero negro y de perseguirle policialmente para destruir las pruebas de sus acusaciones obstaculizando de ese modo la acción de la justicia. Difícil papeleta tiene y más con lo malpensados que somos los españoles, que a estas alturas de la película judicial comenzamos a pensar ya que la presunción de inocencia se nos debería aplicar más a nosotros que a los juzgados, pues ya solo falta que nos declaren culpables por gilipollas.

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