TRIBUNA
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La incompetencia de la política de género y la pandemia

Las mujeres pueden perder la libertad ganada en 50 años de esfuerzos. Si los países no abordan su economía, ni ellas ni el PIB se recuperarán de esta crisis

RAQUEL MARÍN

Las repercusiones económicas de la pandemia de COVID en las mujeres han sido muy similares en todo el mundo. La razón es que las mujeres, en todas partes, están agrupadas en los mismos sectores económicos “femeninos”, sufren de parecida manera el reparto desigual de los cuidados familiares y están en desventaja en el acceso al ahorro, el crédito y el capital. Debido a esas limitaciones comunes, las mujeres se han llevado la peor parte de la crisis y sus perspectivas de futuro se han desdibujado tanto que podrían tener consecuencias históricas para su autonomía y libertad.

En el primer mes de la pandemia, Naciones Unidas advirtió de que las mujeres podrían perder los avances logrados en 50 años si los líderes mundiales prestaban atención a sus circunstancias económicas concretas durante la crisis de la COVID. No hizo caso casi nadie y, como consecuencia, los planes de recuperación que se han elaborado no tienen en cuenta las necesidades específicas de las mujeres para poder superar las circunstancias.

Lo irónico es que los gobiernos, al no pensar en las mujeres, están perjudicándose a sí mismos. En la actualidad, las mujeres trabajadores aportan alrededor del 40% del producto interior bruto (PIB) mundial. De modo que pensar en sus necesidades específicas al iniciar la recuperación no es una cosa sin importancia, ni siquiera desde una perspectiva macroeconómica. Si no se abordan esas necesidades, las economías nacionales tendrán todavía más dificultades para regresar a la vida normal. Y es posible que las mujeres pierdan la libertad ganada durante 50 años de esfuerzos. Por consiguiente, tanto desde el punto de vista económico como desde el de la justicia social, este es un aspecto que merece una atención constante y receptiva por parte de las autoridades.

La economía de las mujeres se encontraba ya en un peligroso punto de inflexión, en España y en todo el mundo desarrollado, desde principios de 2020. La participación femenina en la fuerza de trabajo, un gran generador de crecimiento económico, se había estancado después de crecer durante más de medio siglo. La continua negativa a abordar el cuidado de los hijos como problema económico nacional había provocado un descenso de la natalidad que constituye una amenaza letal para nuestro futuro. Ahora, con la crisis, los obstáculos con los que se topan las mujeres se han agravado; y, aun así, parece que nadie lo tiene en cuenta.

Varios sectores con presencia mayoritaria de mujeres, como la educación, el comercio y la hostelería, fueron los primeros en cerrar cuando apareció el virus, porque el contacto cara a cara que requieren presentaba un mayor riesgo de contagio. Ese es el mismo motivo por el que, según los países, serán los últimos sectores que recuperarán la normalidad. La consecuencia es que, según los datos procedentes de todo el mundo, las mujeres han perdido más puestos de trabajo que los hombres, hasta el punto de que millones han abandonado el mercado laboral de forma permanente. Los planes de recuperación económica deben ocuparse de esos sectores, no solo con el fin de restablecer los servicios en la educación y la alimentación, por ejemplo, sino también para garantizar que la mitad de la población no salga de la crisis en una posición aún más desfavorecida y que la tendencia de la participación femenina en la fuerza laboral que se observaba antes de la pandemia no empeore después de que haya terminado.

En todos los países del mundo, las mujeres tienen muchas más probabilidades que los hombres de trabajar a tiempo parcial, una situación atribuible a la suposición universal de que las mujeres son las que van a hacerse cargo de la mayor parte del trabajo no remunerado en el hogar y, sobre todo, van a sacrificar su seguridad económica para cuidar de los hijos. Los puestos de trabajo a tiempo parcial son los primeros que se eliminan en caso de crisis económica. De modo que también en ese sentido las mujeres han resultado más perjudicadas que los hombres, en todas partes.

Durante los últimos 50 años ha quedado muy claro que los gobiernos deben tomar medidas para integrar en sus infraestructuras guarderías de calidad y accesibles para todo el mundo, con el fin de que las mujeres tengan la opción de participar plenamente en la economía. Pero son pocos los que se han tomado en serio esa responsabilidad. El motivo es que hasta nuestros dirigentes están atrapados en la idea de que las mujeres tienen una deuda de servidumbre involuntaria con la sociedad.

Y en 2020, la sociedad mundial reclamó esa deuda a las mujeres. Por eso, la mayor repercusión de la pandemia en ellas fue, con gran diferencia, el hecho de que las enviaran a casa a asumir una tarea imposible: seguir trabajando en su empleo remunerado, cuidar de la casa y de los hijos y convertirse en profesoras suplentes, a veces para varios niños. En esas condiciones, una mujer tiene que hacer magia para poder mantener el ritmo habitual de trabajo y ser un genio para hacerlo con la calidad habitual. Los datos recogidos muestran que los maridos y los padres “ayudan”, pero que no asumen la carga a partes iguales, ni mucho menos. No es de extrañar que las mujeres estén perdiendo sus puestos de trabajo y hayan visto reducida su jornada laboral en mayor medida que los hombres. Y no cabe la menor duda de que, cuando termine la pandemia, muchos empresarios castigarán a las mujeres por cualquier descenso de la productividad o la calidad y alegarán que ellas decidieron asumir esta carga tan desmesurada y que, por consiguiente, no merecen la misma recompensa.

Pero no son las mujeres las que escogieron esa opción. La decisión la tomó la sociedad mundial. Si no se toman medidas para protegerlas de las consecuencias negativas de haber tenido que regresar, aunque sea brevemente, a una posición de dependencia económica y servidumbre, corremos el peligro de dar marcha atrás en la historia, a una época en la que las mujeres no tenían ninguna posibilidad de elegir.

En todo el mundo y durante miles de años, a las mujeres se les prohibía poseer y controlar su propio dinero, disponer de una cuenta corriente, tener ahorros o incluso quedarse con el salario de su propio trabajo. No hace ni cien años que aún existía una forma de vida en la que las mujeres no tenían seguridad económica ni identidad legal propia.

La salida de esa posición de dependencia total es reciente y todavía frágil. Hace 50 años, a las mujeres no se les solía dejar trabajar si estaban casadas. Era frecuente que existieran “cláusulas matrimoniales” que les prohibían trabajar en cuanto se comprometían para casarse. Muchos países exigían la autorización del marido para poder hacerlo.

Las mujeres casadas tenían que pedir al marido dinero para poder comprar cualquier cosa. Eran totalmente dependientes y, por tanto, espantosamente vulnerables. Se disfrazaba la situación diciendo que era una “tradición” maravillosa, pero la cruda realidad económica era que las mujeres eran unas desposeídas que se veían obligadas a mantener contentos a sus maridos como fuera para no verse arrojadas a la indigencia. Esta circunstancia hacía que fueran también vulnerables a la violencia doméstica y que no les quedara más remedio que soportarla porque no tenían dinero para marcharse. Todavía hoy, en todo el mundo, la principal razón por la que una mujer no escapa de su maltratador es que no tiene dinero para hacerlo. Durante la pandemia, la violencia doméstica se ha disparado.

Los líderes nacionales no están prestando atención a los efectos de la pandemia en las mujeres, que se añaden a una situación que ya era de crisis. Llevan tanto tiempo haciendo caso omiso de la disyuntiva económica de las mujeres que están convencidos de que es posible llevar a cabo un plan de recuperación que no tenga en cuenta el género. ¿Cómo va a ser posible que un plan de recuperación que ignora las limitaciones específicas y la carga abrumadora que sostienen las mujeres compense alguna vez la pérdida del 40% del PIB?

A las mujeres se les ha dicho durante demasiado tiempo que cada país tiene su propia cultura y sus propias normas de género que deben “respetarse”. La pandemia nos ha demostrado de forma concluyente que se enfrentan en todo el mundo a las mismas cargas, las mismas limitaciones y las mismas desventajas y que deben elaborar una estrategia común para llegar a unas condiciones económicas tolerables, dignas e igualitarias.

Linda Scott es profesora emérita de Emprendimiento e Innovación en la Universidad de Oxford y autora de La economía Doble X (Temas de hoy).

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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