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La tentación nepótica de Sánchez

España corre peligro de ver los fondos europeos de recuperación como un instrumento de altísima rentabilidad partidista

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una rueda de prensa en La Moncloa.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una rueda de prensa en La Moncloa.Andrea Comas

Hasta cierto punto se pueden comprender las tentaciones de Pedro Sánchez. Tiene un escenario muy propicio. En la oposición, el PP sigue bajo terapias casi de guion de Woody Allen, con un Aznar de frenopático que da lecciones persuadido de ser escuchado como Churchill redivivo; Ciudadanos tiene algo pirandelliano de seis diputados en busca de autor; y Vox alcanza la efervescencia deseada... por Ferraz. A la izquierda, Podemos es rehén del poder, y ante la necesidad de acotar su espacio ideológico, este decrece porque se difuma su seudosocialdemocratez y se acentúan sus perfiles muy de Partido Comunista, eso sí, sin la sobriedad del viejo PCE. Y por añadidura, los nacionalistas erosionan, pero también rentan desde el contrato de la moción. Con ese tablero, que ni Fernando VII, oye, es lógico que afloren tentaciones que no será fácil controlar, ni con el ejemplo inspirador de San Antonio, aquel eremita al que Satanás sometió a un programa completo. Y la mayor de esas tentaciones, propaganda al margen, son los fondos europeos del coronavirus. Ahí lo ha retratado el Consejo de Estado, como a San Antonio lo retrataron El Bosco o Cezanne, Piero della Francesca o Max Ernst, Brueghel o Dalí.

El reparto de los 140.000 millones es, por supuesto, una oportunidad única para intervenir en una economía de baja productividad con áreas herrumbrosas, pero también representa una tentación para un político con un instinto bárbaro para el poder como Sánchez. Es lo que se podría denominar tentación nepótica, manejando el riego de tantísimos ceros a la medida de sus intereses de partido. Y algo de eso plantea el informe oculto de casi un centenar de páginas del Consejo de Estado. De entrada, este alerta que la propia denominación del Plan del Gobierno no se corresponde con la realidad, lo que es un mal principio; y entre las advertencias inexcusables —demasiadas veces se repite lo de “esta observación tiene carácter esencial”— destaca la intención peligrosa de suprimir la fiscalización previa como regla general para acortar los plazos. No es lo más tranquilizador.

Aún está por ver los límites que impondrá una Europa que ya presiona para condicionar los fondos a cambios estructurales como la temporalidad en el sector público o la reforma de las pensiones. Entretanto, con el país en los niveles de deuda de la Guerra de Cuba y de vuelta a los 4 millones de parados, el peligro efectivamente es ver esos fondos como un instrumento de altísima rentabilidad partidista, y tanto más ante la debilidad de una derecha atrapada en demasiadas contradicciones fronterizas. En España, de hecho, hay lecciones valiosas de pésimos antecedentes de agilización rebajando los controles con una narrativa de buenas intenciones: los ERE en Andalucía, un enorme agujero negro inclusos descontada la caricatura de los rivales. Aquellas buenas intenciones derivaron en un fondo de reptiles monstruoso con fines clientelares. Tanto que uno de los maniobreros creó las Ayudas Pormisco, cuyo carácter no tardó en desvelarse: “son ayudas pormisco...jones”. Así que, castizamente, ojocuidao. Hay demasiada pista libre y mucho combustible.

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