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Seguridad sin fronteras

Tenemos que empezar a actuar movidos por el convencimiento de que el bienestar propio depende en parte del de los demás

Una voluntaria recibe una inyección durante un ensayo clínico de la vacuna experimental de Oxford en Soweto (Sudáfrica).
Una voluntaria recibe una inyección durante un ensayo clínico de la vacuna experimental de Oxford en Soweto (Sudáfrica).Felix Dlangamandla / Gallo Images via Getty Images

¿Cómo construir consensos internacionales cuando las naciones se enzarzan en controversias intestinas? ¿Cómo lograr mayor concurrencia cuando asoman los fantasmas de una nueva Guerra Fría y la nostalgia de antiguos imperios? La pregunta recoge una conducta perenne del género humano: la fluctuación entre la cooperación y la destrucción. Las sociedades organizan redes de colaboración en el endogrupo, cada vez más extensas y complejas, que se corresponden con un equivalente de violencia extrema hacia los grupos externos. Lo describe Jeffrey Sachs en Las edades de la globalización (Deusto). Actualmente la organización en redes globales se despliega principalmente en la esfera digital, el sistema financiero e instituciones como la ONU, OMS u OMC. El potencial disruptivo, en la acumulación de armas y su inigualable capacidad de devastación, el deterioro del medio ambiente y la rivalidad entre China y Estados Unidos. Los acontecimientos podrían deslizarse en un sentido u otro. Si queremos “evitar que se reproduzcan los contraproducentes patrones de conflicto que tanto han prevalecido a lo largo de la historia”, tendremos “que realizar extraordinarios esfuerzos para consolidar la paz en los próximos años”, escribe Sachs.

La asistencia en beneficio propio ofrece una vía de superación de este marco dual. Actuar movidos por el convencimiento de que el bienestar propio depende en parte del de los demás. Cooperación y solidaridad devienen en seguridad sin fronteras. Sirva de ejemplo la vacunación global. Hasta que no esté inoculada gran parte de la población mundial no desaparecerá el riesgo de nuevas olas. La comunidad internacional busca conciliar el imperativo político de vacunar primero a los nacionales y el solidario de no dejar atrás a terceros. El G-7 del pasado viernes dio un empujón a la campaña de vacunación global, Covax. EE UU, Japón, Alemania y Canadá harán aportaciones económicas. Macron insta a Occidente a destinar el 5% de sus provisiones a las naciones más pobres, “la prueba real del multilateralismo”. Rusia ha lanzado la vacuna Sputnik V, disponible en más de 30 países. En la India, el mayor productor de vacunas del mundo, el Instituto Serum donará 200 millones de dosis a Covax. Pekín, al promocionar Sinopharm, da continuidad a la estrategia de las mascarillas y respiradores con la esperanza de borrar el recuerdo del origen. Se acelera la carrera por la diplomacia de la vacuna.

Ojalá viésemos nuevas carreras globales por otros problemas que nos atañen. Y un día leyésemos que la UE, Rusia, EE UU, las potencias asiáticas y las petroleras se disputan el honor de ser el que más medidas adopta para aminorar la desigualdad, que reduce antes las emisiones de CO2, que cumple primero los objetivos. Una carrera por desviar el péndulo de la peligrosa dirección a la que parece encaminarse.

@evabor3

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