Columna
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Nacer en un cuerpo equivocado

Hace dos días un niño trans de once años en Pamplona fue agredido por un grupo de chavales que decidieron castigarle por su condición. Eso es lo que ha de importarnos

La escritora Jan Morris, en su casa de Llanystumdwy, al norte de Gales.
La escritora Jan Morris, en su casa de Llanystumdwy, al norte de Gales.Colin McPherson (GETTY)

Hay muchas cosas que una cronista no sabe, pero que quiere aprender, a no ser que decida enrocarse en sus viejos principios como si fueran una tabla de salvación. Algunas de esas realidades que ignora la cronista están estrechamente ligadas a su edad porque su niñez se remonta a los años 60 y se educó en un país sin apenas inmigración en el que negros, latinos, indios o chinos se definían por el retrato jamás individualizado que hacían de ellos las películas americanas. Tampoco había más fervor que el católico, ni más condición que la heterosexual. Éramos un país uniforme. Una de las primeras sorpresas que nos saltaban a la vista cuando respirábamos el oxígeno de un país extranjero era la diversidad callejera; la segunda, la constatación al regresar a España de lo mucho que aquí nos parecíamos unos a otros, de la uniformidad social. Los cambios se han ido produciendo más deprisa de lo que los jóvenes alcanzan a ver porque ellos han crecido en una sociedad compleja, pero creo que la gente mayor reaccionó sin dramáticos aspavientos y con alegría a una realidad mutante. Llegaron la ley del divorcio, la del aborto, las que afectaban a la soberanía de las mujeres, la descriminalización de los homosexuales primero, la aceptación legal del matrimonio homosexual después, por último, la eutanasia. Todo en tan poco tiempo que cabe en la vida de esta cronista nacida en los 60. Pero la realidad sigue desafiándonos más allá de nuestras convicciones y nos exige una posición sincera e individual. Uno de los debates más enconados de estos tiempos está provocado por el proyecto de ley trans. Se diría que hay que escribir cubriendo con matices lo que se piensa. Lejos de mí esa intención. Dejando a un lado mi ignorancia generacional, he tratado de ponerme al día escuchando con amplitud de mente, sin prejuzgar a personas que han vivido un dolor para mí desconocido, a la escritora Jan Morris, por ejemplo, que narró magníficamente el dolor que desde niña le provocaba ser una mujer atrapada en un cuerpo equivocado: “No cambié de sexo —decía en una de sus últimas entrevistas—, realmente absorbí uno en el otro. Hay un debate ahora mismo sobre esto, pero nunca fue blanco o negro. Es una suerte de instinto. Casi una cuestión de espíritu”. Hace dos días, un niño trans de 11 años en Pamplona fue agredido por un grupo de chavales que decidieron castigarle por su condición. Eso es lo que ha de importarnos. Escuchar nos conduce a entender que no es un capricho, ni desde luego una patología, aunque necesita de comprensión en el seno familiar y social. ¿Contempla eso la ley o deja solo al niño y su familia con el peso de la decisión? Eso es lo que me pregunto. No acabo de comprender por qué quienes están en contra de esta ley ofrecen razones tan extraordinarias e improbables, como que alguien se cambie de sexo para ir a una cárcel de mujeres, para entrar en sus baños y violarlas o para cubrir cuotas femeninas de los consejos directivos. ¿De verdad conocen la triste realidad de estos seres humanos destinados a la marginalidad? ¿Alguien cree que las mujeres vamos a ver borrada nuestra condición por integrar a personas históricamente excluidas?

Hay algo que ha dificultado la comprensión de este asunto y quiero decirlo: el lenguaje académico. Los derechos humanos se defienden con el lenguaje del pueblo, comprensible, directo. De qué sirve engolfarse en una jerga destinada a un público universitario. Hemos de hablar para cualquier criatura que se encuentre a disgusto con el sexo con el que nació. El discurso ha de ser comprensible también para su padre, su madre, su entorno, sea este cual sea. Cuanto más oscura y antipática sea la defensa de estos derechos civiles menos efectividad tendrá. Es un porcentaje pequeño de la población que precisa que protejamos su vulnerabilidad, que los acompañemos en un camino tortuoso. De eso se trata.

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Sobre la firma

Elvira Lindo

Es escritora y guionista. Trabajó en RNE toda la década de los 80. Ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por 'Los Trapos Sucios' y el Biblioteca Breve por 'Una palabra tuya'. Otras novelas suyas son: 'Lo que me queda por vivir' y 'A corazón abierto'. Colabora en EL PAÍS y la Cadena SER. Es presidenta del Patronato de la BNE.

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