Editorial
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Final del túnel

La vacunación abre un tiempo de esperanza, pero es preciso persistir en las restricciones y las medidas de autoprotección

Un funcionario junto a las cajas de vacuna Pfizer, en Guadalajara.
Un funcionario junto a las cajas de vacuna Pfizer, en Guadalajara.José María Cuadrado / POOL / REUTERS

Hoy es un día importante porque podría convertirse en el principio del fin de una pesadilla. Comienzan a administrarse en España las primeras vacunas contra la covid-19 en una campaña que se ha iniciado simultáneamente en toda la Unión Europea y que en las próximas 12 semanas permitirá inmunizar a 2,3 millones de españoles que por sus patologías, su edad o su profesión están en situación de alto riesgo. El inicio de la vacunación abre un tiempo de esperanza justo cuando la pandemia, que ya ha alcanzado a más de 25 millones de europeos, se encamina hacia una tercera ola. La vacunación es fundamental, por eso es importante que todos los ciudadanos acudan a inmunizarse conforme sean llamados a hacerlo, con la tranquilidad de que las vacunas aprobadas han sido sometidas a las pruebas necesarias de eficacia y seguridad.

Cuando el 30 de enero la OMS declaró la emergencia global, pocos podían imaginar que a final de año el virus habría infectado a 80 millones de personas y se habría cobrado 1.750.000 vidas, mientras paralizaba la economía y los intercambios a nivel planetario. Pero tampoco era previsible que antes de fin de año dispusiéramos no de una sino de varias vacunas seguras y eficaces que se han desarrollado en tiempo récord. Desde que China hizo pública la secuencia genética del virus el 12 de enero, miles de científicos han trabajado para encontrar la manera de inmunizar a la población, pero también para mejorar los tratamientos y las herramientas imprescindibles para detectar la enfermedad, como las pruebas PCR y los test rápidos de detección.

Aunque las vacunaciones han comenzado en Europa unos días más tarde que en el Reino Unido y en Estados Unidos, lo importante es que se ha aplicado una estrategia conjunta que incluye tanto la reserva y adquisición de los viales como su distribución simultánea y equitativa. Es motivo para congratularse que eso haya sido posible tras una primera reacción a la pandemia marcada por el caos y la insolidaridad. La UE supo aprender de sus propios errores y no ha repetido la lamentable pugna inicial que se libró entre países para hacerse con los aparatos de respiración asistida y los equipos de protección disponibles. Esta vez ha actuado como una verdadera unión de países y ha sentado un importante precedente con vistas a futuras crisis: siempre es mejor cooperar que competir.

También España tiene que aprender de sus propios errores. Tras una reacción tardía y poco eficaz, fue uno de los países que con mayor determinación aplicó el confinamiento necesario para contener la pandemia. Consiguió que el virus retrocediera hasta niveles manejables, pero no supo mantener la ventaja lograda con un sacrificio enorme. Una desescalada gestionada por las comunidades autónomas demasiado rápida, y en algunos casos incluso imprudente, provocó un rebrote que nos llevó a una larga y mortífera segunda ola. La gestión de la pandemia se resintió cuando algunas fuerzas políticas la utilizaron desde los Gobiernos que presiden como un instrumento de lucha partidista.

El coronavirus está siendo un severo test de estrés, no solo de la capacidad de gestión, sino de la forma de hacer política. La presidenta de Madrid ha hecho esta semana un amago de utilizar la campaña de vacunación para su estrategia de desgaste del Gobierno. No debería seguir por ahí. Los criterios de distribución de la vacuna en función de la población y por grupos de riesgo son razonables y consensuados. Insinuar agravios que no existen resulta totalmente inaceptable. España tiene comprometida, a través de la UE, la compra de diferentes vacunas y recibirá dosis suficientes para inmunizar a más de 80 millones de personas. Las necesidades de vacunación están cubiertas, pero quedan importantes incógnitas por resolver, entre ellas si las vacunas, además de evitar contraer la enfermedad, impedirán que quienes estén infectados sigan contagiando o cuánto tiempo dura la inmunidad.

En todo caso, el inicio de la vacunación no puede significar que se olvide que el virus sigue expandiéndose y que durante meses habrá que seguir aplicando medidas de prevención y distanciamiento físico. La Navidad empezó con más de 10.000 personas ingresadas, casi 2.000 de ellas en unidades de críticos. La curva de nuevos contagios sigue al alza. El jueves alcanzamos 262 casos por 100.000 habitantes en 14 días, con lo que superamos los 250 de incidencia acumulada que marcan el umbral de riesgo extremo. Hasta ahora siempre se ha ido detrás del virus, con una estrategia más reactiva que proactiva. Es imprescindible cambiar esa dinámica. Se ha demostrado que en cuanto se baja la guardia el virus vuelve a extenderse y que cuanto más tarde se interviene, más cuesta reducir los contagios y las muertes, y más se daña la economía. Mientras la vacuna no haya llegado a toda la población, será necesario seguir luchando con las armas de contención que han demostrado ser eficaces. Es la única estrategia posible.

Hasta que no se haya vacunado a más del 70% de la población no estaremos en condiciones de alcanzar la inmunidad de rebaño que impida al virus circular y reproducirse. Es preciso por tanto persistir en las restricciones y las medidas de autoprotección. La llegada de las vacunas no debe llevarnos a un exceso de confianza que se puede pagar muy caro, sino a todo lo contrario: debe ser un acicate para mantener la solidaridad con los demás y especialmente con los más vulnerables.

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